Son muchas las voces que predicen la muerte de la democracia mientras agarran el cuello de la prensa. No vivimos tiempos convulsos por naturaleza, por un cambio de sistema “que toca”. Vivimos tiempos donde la crispación encuentra su hueco —acolchada entre acólitos— porque se le ha dado el espacio con toda intención y consciencia.
Este ultraplan pone en el tablero de juego a pseudoreporteros que te asaltan y te persiguen hasta tu casa, supuestos directores de “medios” —comprados hasta las trancas— que advierten de su Cruzada contra periodistas, españoles de a pie que amenazan de muerte a periodistas en la calle. Ese es el país que se nos está quedando; mientras, cabezas jóvenes sucumben a los bulos de tiempos grises. Una realidad que ya no pilla a nadie por sorpresa cuando el monstruo del odio sigue alimentándose gracias a algoritmos financiados.
La cacería a la prensa tiene como único objetivo amedrentar para cortar el pensamiento
Héctor de Miguel, Elena Reines y hoy, de nuevo; Sarah Santaolalla. Dos nombres que han tenido que alejarse del foco por la violencia que sufren y un tercero que no deja de acumular ataques. Hay rostros marcados con la letra escarlata por cafres ultraderechistas. La contienda contra el “enemigo” no cesa. Hoy son ellos, mañana somos todos que —por puro sentido de supervivencia— viviremos con la cabeza gacha para que nuestra voz no desentone.
Es la gran estafa de nuestro tiempo: vender odio como "incorrección política" y el acoso como "libertad de expresión". No nos engañemos. Lo que buscan no es un debate libre, sino un monólogo de pensamiento único; un país donde la crítica sea un deporte de riesgo y el periodismo, una profesión de mártires.
Hay tantas cosas que decir que la lengua se enreda. Son muchos los compañeros que hemos salido al arropo de ‘Los Señalados’, pero como decía David Centeno en Radio Nacional: “El apoyo no basta, esta situación exige medidas judiciales y policiales contundentes. Todo empezó, como no, en las redes y ante la pasividad y la complicidad de tanta gente”.
La equidistancia condena. No se puede ser equidistante entre el bulo financiado y la información contrastada, ni entre quien ejerce el periodismo y quien ejerce el matonismo. Es el cinismo supremo de esos que filtran direcciones mientas se quejan de que “ya no se puede hablar de nada”. Lo dicen desde sus púlpitos digitales victimizándose por una supuesta censura. Lo que empezó como gracietas en redes, acabó sembrando el odio en las calles. De aquellos bulos estos locos.