En agosto de 2011, Madrid se convirtió en el corazón palpitante de la juventud católica mundial. Entre el 16 y el 21 de aquel mes, la XXVI Jornada Mundial de la Juventud reunió a cerca de dos millones de personas bajo un lema que hoy resuena con renovada fuerza: 'Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe'.
Quince años después, aquella marea de mochilas, banderas y cantos sigue viva en la memoria colectiva como algo más que un gran evento, fue una afirmación pública de fe en medio de una sociedad que comenzaba a asomarse con más claridad a la intemperie espiritual de nuestro tiempo.
En aquel contexto, Benedicto XVI lanzó una pregunta que no ha perdido vigencia “¿Cómo puede un joven ser fiel a la fe cristiana y seguir aspirando a grandes ideales en la sociedad actual?”. Su respuesta no fue estratégica ni sociológica, sino radicalmente evangélica.
Recordando las palabras de Jesús (“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”), invitó a los jóvenes a descubrir que la fe no reduce sus aspiraciones, sino que las ensancha; que no es un freno para los ideales más altos, sino su fundamento más sólido. “No os conforméis con menos que la Verdad y el Amor, no os conforméis con menos que Cristo”, exhortó entonces.
Frente a lo que definió como una “cultura relativista dominante” que renuncia a la búsqueda de la verdad, el Santo Padre llamó a proponer con coraje y humildad el valor universal de Cristo como fuente de esperanza. Aquellas palabras, pronunciadas en un momento de incertidumbre social y económica, sonaron como una llamada a no dejarse paralizar por el miedo ni por la debilidad.
Hoy, cuando se cumplen quince años de aquella cita histórica y Madrid se prepara para recibir al papa León XIV, la pregunta vuelve a plantearse con nueva intensidad: ¿Puede esta visita reavivar en los jóvenes el mismo impulso de fe, alegría y compromiso que marcó a toda una generación en 2011?
Quince años después de aquella llamada vibrante en Cuatro Vientos, los signos parecen apuntar a que las palabras de Benedicto XVI no se las llevó el viento. Hoy, en medio de una sociedad aún más acelerada y fragmentada, se percibe un fenómeno silencioso pero consistente: crece la participación juvenil en peregrinaciones, vigilias y adoraciones; se revitalizan grupos parroquiales y movimientos; y muchos jóvenes vuelven a expresar públicamente su identidad cristiana como fuente de sentido y compromiso. Precisamente en un contexto de incertidumbre, buscan estar “arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”.
Ahora toca ponerse a trabajar. La generación Z, esa que vuelve a abrazar a Cristo y que empieza a redescubrir la fe como algo propio y no heredado, no ha vivido una visita apostólica desde que tiene uso de razón y, menos aún, desde que ha comenzado a tomarse en serio su vida espiritual.
Para muchos será la primera vez que vean al Sucesor de Pedro pisar Madrid, y esa novedad encierra una responsabilidad. En un mundo dominado por lo efímero, por el impacto inmediato, por lo viral y lo fotografiable, la Iglesia no puede diluirse en la lógica del espectáculo, sino que debe seguir siendo la piedra que permanece, la casa edificada sobre roca.
Mantener los ritos, la liturgia y la tradición no es una cuestión estética, sino identitaria; es recordar que la fe no nace de una moda, sino de una historia y de una presencia que atraviesa los siglos. Corrientes recientes como Hakuna han demostrado la enorme capacidad de los jóvenes para comunicar la fe con un lenguaje nuevo, cercano y atractivo, y han sido decisivas para volver a tender puentes hacia muchos alejados. Pero, precisamente por eso, en unas jornadas tan esperadas, ese impulso misionero debe integrarse en algo más grande: no reducir la experiencia a una emoción compartida, sino insertarla en la profundidad de la liturgia, en la continuidad de la tradición y en la conciencia de pertenecer a una Iglesia que no pasa, aunque pasen las generaciones y las tendencias.
¿Puede esta visita reavivar en los jóvenes el mismo impulso de fe, alegría y compromiso que marcó a toda una generación en 2011?
En este contexto, la apelación es directa y sin rodeos. A la Conferencia Episcopal Española y a su presidente, monseñor Luis Argüello, les corresponde custodiar la esencia de lo que la Iglesia es y representa, sin rebajar su identidad para acomodarse al clima político del momento. Pero también conviene mirar de frente al Gobierno de España que preside Pedro Sánchez, un Ejecutivo que en los últimos años ha protagonizado decisiones y discursos que muchos creyentes perciben como desconsiderados hacia la tradición cristiana de nuestro país.
La resignificación del Valle de los Caídos, donde se alza la cruz más grande de la cristiandad, no fue solo una actuación administrativa, sino un gesto cargado de simbolismo que afectó a la memoria religiosa de millones de españoles. A ello se suma un clima cultural en el que intervenciones como la de Silvia Abril en los Premios Goya, ridiculizando el regreso de jóvenes a la fe católica, reciben aplauso desde sectores próximos al poder y ponen en tela de juicio el buen porvenir de las jornadas.
Otro ejemplo sería el mismo funeral laico que se pretendía hacer por la tragedia de Adamuz, en la que los propios familiares de las víctimas destacaron que “la única presidencia que queremos a nuestros lado es la del Dios que hoy se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su madre en su advocación cinteña, Huelva es una tierra mariana, Andalucía es un pueblo creyente, y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo”.
En una España crecientemente polarizada, donde el debate público a menudo se desliza hacia el enfrentamiento y la evocación de viejos fantasmas, la Iglesia no puede ni replegarse ni diluirse: debe ser firme sin estridencias, clara sin agresividad, consciente de que su misión no es agradar al Gobierno de turno, sino permanecer fiel a Cristo y sostener a quienes, en medio del ruido político, solo quieren orar, creer y vivir su fe en libertad.
Por eso, pido a nuestro señor que interceda por la Conferencia Episcopal.