No es ningún secreto que la ultraderecha ha sabido moverse bien en las redes sociales. Los bulos campan a sus anchas, casi tanto como los contenidos aleccionadores que llegan a las pantallas de la población más joven y que disfrazan de rebeldía el conservadurismo más rancio. Este 8M se abre paso en un momento retador en el que los más jóvenes rechazan identificarse con el feminismo y dicen no reconocerse en los principios de igualdad que promueve.
"Me rodeo de ideas feministas, pero no me considero moralmente lo suficientemente perfecta como para considerarme dentro de un -ismo". Este sí, pero no de Rosalía es quizás el ejemplo más claro del punto en el que nos encontramos. El auge de la extrema derecha ha traído aparejado el deseo de un modelo aspiracional que se encargan de patrocinar algunas estrellas y, sobre todo, una enorme comunidad de creadores de contenido con millones de seguidores y seguidoras.
Es complicado sacar los pies del tiesto cuando han puesto de moda el movimiento tradwife, el stay at home girlfriend y los (supuestos) hombres de valor, más confundidos y frustrados que estoicos y proveedores. Aunque nunca debería haber sido una tendencia, lo cierto es que, desafortunadamente, muchas grandes marcas se encargaron de hacerlo rentable y, ahora, el feminismo ya no vende. Las multinacionales no te ponen en el escaparate camisetas con la palabra ‘feminista’ escrita en el pecho porque, en los últimos años, han llenado sus stands de productos faciales orientados a convertir el cuidado de nuestra piel en una larga lista de tareas que hacer. Una responsabilidad más que nos mantiene ocupadas y pensando con qué maquillaje podemos combinar todas esas cremas para convertirnos en la perfecta clean girl.
Hemos perdido la diversidad. Ya no hay flequillos. No hay rayas en el ojo. No hay colores ni estridencias que rompan la cadena de producción en la que parecen habernos metido. Todo es más recatado, más coquette, más glamoratti, más old money, aunque no tengas money... Ahora lo importante no es lo que tienes y, mucho menos, lo que piensas. La clave está en proyectar la imagen de aquello que anhelas ser, en imitar a los nuevos referentes en forma y, sobre todo, en fondo.
En un mundo digital plagado de mensajes que nos incitan a replicar este modelo aspiracional conservador y con una manosfera que carga contra las que se salen de la norma y utilizan su voz, es demasiado fácil acorralar a las mujeres que no encajan en el molde que el patriarcado tiene preparado para nosotras. El peligro es real y la violencia también. Este tipo de inputs se combinan con los discursos machistas que se pronuncian desde las tribunas y algunos micrófonos y que, por supuesto, contribuyen a que el acoso crezca en las redes sociales y en las calles. La verdadera razón de la inseguridad reside ahí y provoca que sigamos sufriendo desigualdad y feminicidios. Este 8M ponemos pie en pared y recordamos que, ni ante el fascismo, vamos a dar un paso a atrás.