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MUNDIAL 2026: España mete gol en propia
La sociedad no es apática por elección, sino por asfixia
MADRID |

Estos días, mientras la pelota rueda y nos paralizamos colectivamente con el Mundial, demostramos algo extraordinario: que somos capaces de unirnos. Vecinos que no se saludan en el ascensor celebran juntos en las terrazas, desconocidos se abrazan en las plazas y una energía vibrante recorre el país de punta a punta. Hay fuerza, hay comunidad, hay un latido común.

La tragedia no es que nos emocione el fútbol; la tragedia es el dantesco contraste. El sistema político ha conseguido extenuar tanto a la ciudadanía que somos capaces de movilizarnos en masa por un partido de fútbol, pero nos quedamos sin fuerzas para pelear por nuestra propia vida. Esa vida que, fuera de los estadios, languidece en una pobreza silenciosa que no para de crecer y en una lenta muerte social. No es culpa de la gente —bastante tiene el ciudadano de a pie con sobrevivir a final de mes—; es el éxito de unos gobernantes que prefieren vernos anestesiados y divididos.

Mientras el ciudadano común gasta su último aliento en la cola del supermercado o en la grada de un bar, en las alturas del poder nacional se juega a otra cosa: al blindaje absoluto de las siglas a costa del Estado de derecho.

Las investigaciones por presunta corrupción que cercan la Moncloa y al PSOE no se gestionan con la ejemplaridad que exige una democracia, sino con un ataque frontal a la separación de poderes. Al inventar y agitar la patraña del lawfare, los gobernantes intentan deslegitimar a los jueces para situarse por encima de la ley. Si todo el que investiga es un "conspirador", nadie tiene que rendir cuentas.

Y es en este fango nacional crecen fuerzas como Noviembre Nacional. Se presentan en las redes como los adalides de la pureza moral, el último bastión frente a la decadencia. Sin embargo, no son más que un síntoma de la misma enfermedad: un populismo reactivo que siembra dudas sobre derechos históricos ya conquistados, reduciendo las conquistas sociales a meras promesas de papel mojado mientras agitan el odio.

La sociedad no es apática por elección, sino por asfixia. Nos consume la energía una clase política extractiva que nos obliga a vivir en modo supervivencia.

Asistimos al desmantelamiento de la Sistema Nacional de Salud, al encarecimiento salvaje de la vivienda y a la pérdida constante de poder adquisitivo. Y ante esto, la respuesta de nuestros gobernantes es el insulto, la polarización y el "y tú más" diario.

No es que la sociedad no quiera defenderse de su propia muerte social. Es que los de arriba la han arrastrado a un estado de agotamiento tal que el único espacio de unión real que nos permiten sin etiquetarnos de "fachas" o "rojos" es la camiseta de la selección. Nos quieren cansados, nos quieren mudos. Es hora de demostrarles que la misma pasión y unidad que tenemos para gritar en un estadio sigue viva para exigirles que dejen de saquear nuestras instituciones y nuestro futuro.