MENÚ

8M, Trump, Irán y toda esta gente que quiere que no pienses
Opinión Esteban Hernando
Regional |

Yo no veo a Trump como un santo ni como un demonio.

Lo veo como una anomalía útil.

Un tipo que entra en política como entraría en una negociación dura:

A medir quién aprieta, quién aguanta, quién miente mejor y quién está dispuesto a llegar más lejos.

Por eso desentona.

Porque la política internacional está llena de gente que no ha hecho nada fuera del aparato.

Mucho cargo.

Mucho chófer.

Mucho despacho.

Mucho experto de televisión.

Pero muy poca vida real.

Muy poco riesgo propio.

Muy poca costumbre de pagar ellos la factura de sus errores.

Y entonces aparece Trump, con su cabeza de ejecutivo metida en un corral de burócratas, y les destroza el decorado.

A mí eso no me obliga a adorarlo.

Ni me obliga a odiarlo.

Me obliga a admitir algo peor:

que la clase política mundial lleva demasiados años siendo una mezcla obscena de teatro, cobardía y mediocridad con micrófono.

El error de siempre

Pero tampoco voy a comprar la otra trampa.

Porque el mundo no se arregla ni con el wokismo de guardería emocional ni con el flipado que cree que un país se lleva como una empresa.

No.

Una nación no es un grupo de autoayuda.

Pero tampoco un consejo de administración con himno.

Y entre esos dos delirios estamos atrapados.

Por un lado, los que creen que todo conflicto se resuelve cambiando palabras.

Por otro, los que creen que todo conflicto se resuelve doblando al de enfrente.

Unos viven en una nube de eslóganes.

Los otros en una fantasía de mando.

Y yo no me fío ni de los abrazafarolas ni de los contables con ínfulas imperiales.

Hoy es 8M

Y ya sabemos cómo va la liturgia.

La calle.

Las pancartas.

Los lemas.

Las consignas.

La emoción colectiva. El "no a la guerra".

La "guerra con perspectiva de género".

Y aquí es donde yo me paro y pregunto:

¿de verdad esta es la respuesta inteligente?

Lo digo sin bromita fácil.

Lo digo en serio.

¿Tú de verdad crees que a un fanático, a un régimen criminal o a un Estado que ha decidido imponer su fuerza le frena una consigna bien redactada?

¿De verdad crees que la guerra se deja domesticar porque la miremos con el filtro moral correcto?

Yo no.

Y me niego a fingir que sí para caer simpático.

Claro que la guerra machaca a las mujeres.

Claro que las viola, las desplaza, las revienta por dentro y por fuera.

Eso no está en discusión.

Lo que discuto es otra cosa:

Que reducir una guerra a una sola lente moral no la explica.

La achata.

La vuelve cartel.

La vuelve consigna.

Y una consigna no para un misil.

No desarma a un fanático.

No contiene a un poder que viene a por ti.

"No a la guerra" puede ser un deseo decente.

Pero no es una política.

Y una "perspectiva de género" podrá servir para describir una partedel daño, pero no me llega ni para entender la raíz del conflicto nipara resolverlo.

Porque las guerras no nacen solo del machismo.

Nacen del poder.

Del miedo.

De la religión.

Del territorio.

De la energía.

De la historia mal cerrada.

De la ambición.

Del odio.

Del control.

Y negar eso no te hace mejor persona.

Te hace más blando frente a gente mucho más bestia que tú.

Aquí está la trampa

Quiere tranquilidad.

Quiere una versión masticada.

Quiere una mentira cómoda donde tumbar la conciencia.

Gobierno, oposición, tertulianos, activistas, medios, empresas, redes.

Todos te quieren meter algo en la cabeza.

Todos.

Los tuyos también.

Sobre todo los tuyos, porque saben cómo hablarte para que bajes la guardia.

Por eso yo parto de una idea muy simple: si no sospecho, me comen.

Así de sencillo.

Pensar no es repetir lo que dicen los tuyos con mejor dicción.

Pensar es otra cosa.

Es rascar.

Es desconfiar.

Es leer lo que te fastidia.

Es soportar que quizá llevas años comprando basura envuelta como verdad.

Es darte cuenta de que la libertad no consiste en elegir entre menús cerrados.

Consiste en buscar la verdad antes de elegir.

Yo ahí no tengo dudas: la verdad es la novia del libre albedrío.

Sin verdad no eliges.

Sin verdad obedeces.

Luego lo decoras como quieras.

Con ideología.

Con victimismo.

Con moralina.

Con patriotismo de plató.

Me da igual.

Pero si no has buscado la verdad, no has elegido nada.

Has tragado.

Y luego has bautizado tu sumisión con una palabra bonita.

En España esta pelea también tiene caras.

Ayuso, Madrid y el odio que provocan

Ayuso es una.

Madrid es otra.

Y a mí me parece evidente por qué ponen tan nervioso a tantofarsante.

Porque rompen el guion.

Porque Madrid, con todas sus miserias, todavía conserva una energíaque no pasa por pedir perdón cada cinco minutos por existir, produciro respirar.

Y eso enloquece a mucha gente.

Ayuso irrita por lo mismo.

No porque sea perfecta.

Ni falta que hace.

Irrita porque no sale al escenario como una funcionaria triste del consenso prefabricado.

Sale a disputar el marco.

A meter el dedo.

A no dejar que toda la conversación venga ya decidida de casa.

A veces se pasa.

A veces simplifica.

A veces va por intuición.

Sí.

¿Y qué?

También ha entendido antes que otros que hoy la política no va solo de gestionar.

Va de impedir que te secuestren la cabeza.

Y Madrid, al final, representa justo eso.

La posibilidad de decir "no" al catecismo obligatorio.

Por eso la odian tanto.

Porque todavía no se ha arrodillado del todo.

Lo que yo creo de verdad

Pero si voy al fondo, mi discusión no termina ni en Trump, ni en Irán,ni en Ayuso, ni en el 8M.

Yo creo algo más grande.

Y no lo digo como posibilidad.

Lo digo porque es lo que pienso.

El universo no es solo materia y energía.

El universo es información ordenada que fluye.

Eso es lo real.

No una metáfora bonita.

No una licencia poética.

No un truco para sonar profundo.

Información.

Orden.

Patrón.

Sentido en movimiento.

Y si eso es así, entonces el ser humano tampoco es solo cuerpo.

El cuerpo cuenta, claro.

Pero no manda.

Lo central no es la carne.

Lo central es la conciencia.

Yo no creo que seamos solo biología que un día aprendió a hablar.

Creo que somos conciencia atravesando materia.

Conciencia aprendiendo.

Conciencia recordando.

Conciencia buscando.

Conciencia diciendo.

Por eso me importa tanto la verdad.

Porque no estamos aquí solo para sobrevivir, producir, votar, comer,pagar y morir.

Estamos aquí para aprender.

Y para decir.

Para entender mejor la trama en la que existimos.

Para empujar el pensamiento un poco más allá de la mentira, del miedo y de la pereza.

El alma, sí

Y por eso no me da miedo usar ciertas palabras.

Alma, por ejemplo.

Esa palabra que tantos listos han intentado mandar al desván paraparecer modernos.

Yo creo que volverá al centro.

Y no como superstición de mercadillo.

Ni como abalorio para gurús de saldo.

Volverá como problema serio.

Como pregunta seria.

Como núcleo serio.

Porque cuando entendamos de verdad cómo se organiza esa información que sostiene la realidad, acabaremos tropezando con la misma pregunta de siempre: qué demonios es la conciencia.

Qué observa.

Qué unifica.

Qué decide.

Qué permanece.

Y entonces descubriremos que mucha de la política que hoy nos parece tan gigantesca era solo ruido de superficie.

La guerra ocupará su sitio.

La tecnología ocupará su sitio.

Los gobiernos ocuparán su sitio.

Y nosotros también.

Porque el salto de verdad no será ponerse más piezas.

Será comprender qué somos.

Mi conclusión

Así que no, yo no me creo ni al predicador sentimental ni al gerente del apocalipsis.

No me creo al que me pide que mire la guerra como una performance moral.

Ni al que me vende mano dura como si gobernar fuera una subasta de testosterona.

Yo creo en otra obligación.

Buscar la verdad.

Aunque moleste.

Aunque quite amigos.

Aunque te obligue a corregirte.

Aunque te deje solo un rato.

Porque sin verdad no hay libertad.

Hay obediencia con maquillaje.

Y ese es el drama de este tiempo: no nos faltan datos.

Nos falta coraje.

No nos faltan discursos.

Nos falta hambre.

No nos faltan líderes.

Nos sobra gente encantada de que le digan qué pensar.

Primero la verdad.

Luego la elección.

Después, que cada alma cargue con su cuerpo.

Opinión Esteban Hernando