Estonia, ese país diminuto que decidió humillar tecnológicamente a media Europa, nos defiende de Rusia, nos posiciona en China, nos da valor ante USA y nos da fuerza ante Israel.
Hay países que aspiran a liderar Europa a base de cumbres, comisiones, documentos estratégicos de 140 páginas y una fe conmovedora en que ponerle “hub” a cualquier cosa la convierte automáticamente en innovación. Y luego está Estonia, un país pequeño, frío y bastante menos dado al teatro, que tomó una decisión mucho más ofensiva para sus vecinos: hacer bien los deberes. Por eso en Tallin está el NATO Cooperative Cyber Defence Centre of Excellence, el gran centro de referencia aliado para investigación, formación y ejercicios de ciberdefensa. No es un adorno institucional: desde allí se trabaja en tecnología, estrategia, operaciones y derecho, y además organizan Locked Shields, que el propio centro define como el mayor y más complejo ejercicio internacional de ciberdefensa “live-fire” del mundo.
La explicación no es solo que Estonia tenga buena prensa digital, sino que aprendió antes que muchos que internet no era un sitio para colgar fotos bonitas y discutir en redes, sino una infraestructura crítica. Los ciberataques de 2007 contra instituciones públicas y privadas estonias sirvieron de sacudida monumental. Mientras otros seguían tratando la ciberseguridad como una rareza para técnicos con sudadera, Estonia ya había entendido que, si te tumban la red, no solo te atacan ordenadores; te atacan el Estado.
Y luego está el talento, claro. Porque el talento digital no aparece por generación espontánea ni porque un ministro diga “inteligencia artificial” tres veces delante de una cámara. Aparece cuando un país construye un ecosistema en el que la digitalización no es un eslogan sino la forma normal de funcionar. Estonia presume de haber convertido prácticamente todo su aparato público en una arquitectura digital real, operativa y pensada para servir. Es decir, exactamente lo contrario de esa liturgia burocrática tan conocida en el sur de Europa, donde uno tiene la sensación de que cada avance tecnológico debe pedir perdón por molestar a un sello, a una ventanilla o a un funcionario en pausa estratégica.
Por eso da la sensación de que en Estonia está, si no literalmente media plantilla mundial del hacking ético, sí al menos una porción obscenamente alta del talento europeo que sabe lo que hace. No porque allí vivan mágicamente la mitad de los hackers de sombrero blanco del mundo, sino porque han conseguido algo bastante más serio: una concentración desproporcionada de cultura digital, formación técnica y ciberdefensa para su tamaño. Allí entendieron hace tiempo que un país pequeño solo puede competir si corre más, piensa mejor y estorba menos. Y eso, en Europa, ya es casi una extravagancia revolucionaria.
La comparación con España, claro, es inevitable. Aquí, entre el cebo ibérico, la complacencia administrativa y una devoción casi religiosa por el trámite inútil, nos han salido las lorzas de una administración pública demasiadas veces lenta, imprecisa y, en no pocas ocasiones, más freno que acelerador de un ecosistema digital que debería estar naciendo con mucha más fuerza. Porque talento hay, empresas hay, ingenieros hay y ganas también; lo que no siempre hay es un entorno público que acompañe en vez de entorpecer. Y así es difícil competir con países que han entendido que el siglo XXI no se gobierna con procedimientos del XX ni con mentalidad de ventanilla de posguerra.
Ese es el verdadero motivo por el que Estonia pesa tanto en tecnología y ciberseguridad. No por una casualidad geográfica, ni por romanticismo báltico, ni porque un día alguien decidiera montar allí un centro de la OTAN para que quedara bonito en el mapa. Pesa porque convirtió una vulnerabilidad en estrategia, la digitalización en política de Estado y la tecnología en una forma de soberanía. Mientras tanto, aquí seguimos demasiado entretenidos en meternos con quien no debemos, en señalar fuera, en improvisar culpables externos, cuando quizá lo urgente sería arreglar primero el váter de casa, que hace tiempo que se está llenando de mierda.
Y aun así, tampoco conviene caer en el derrotismo folclórico, que en España también se nos da de maravilla. Nunca es tarde si la dicha es buena. Pero para eso hay que dejar de vender humo, dejar de confundir burocracia con control, y dejar de pensar que la innovación consiste en inaugurar foros con canapés. Estonia no ha hecho magia. Ha hecho algo bastante más difícil: tomarse en serio la tecnología. Y eso, visto desde aquí, casi parece ciencia ficción.
Ah!! y se me olvidaba...
Dejar de tocar los "cojones" a todo aquel que lleve sombrero.