OPINION | Opinión | Democracia en timeout

España vive atrapada en un ruido político que impide leer la realidad con claridad. Entre bloques enfrentados, liderazgos agotados y una democracia convertida en campo de batalla, planteamos una advertencia: antes de gritar, quizá haya que aprender a ver.

España vive atrapada en un ruido político que impide leer la realidad con claridad. Entre bloques enfrentados, liderazgos agotados y una democracia convertida en campo de batalla, planteamos una advertencia: antes de gritar, quizá haya que aprender a ver.

Ruido en el sistema - Aprender a escuchar

A veces, solo a veces

Dicen los viejos de los lugares que siempre se repiten los mismos fantasmas paseando el pueblo, una y otra vez.

Y ahora parece que el fantasma de la Guerra Civil vuelve a salir.

Parece que algunos solo pueden tapar su hijoputez inventando una suerte de conspiración contra aquello que llamamos democracia. Como si todo fuera otra vez el 36. Como si cada crítica fuera un golpe. Como si cada pregunta fuera una amenaza. Como si cada medio que no aplaude tuviera que ser señalado como enemigo.

Ayer lo decía, con un artículo que narraba la realidad de algunos de esos fantasmas, pero dije también que no diría nada de lo que estaba sucediendo en nacional.

Aunque ya sabes que me cuesta callar.

Y aquí me tienes, a las 6:15 de la mañana, escribiendo cómo veo yo esta gran mierda que estamos viviendo.

La veo con extrema preocupación.

El análisis es sencillo. Lo diré en términos ingenieriles: hay tanto ruido en el bus general de acceso al procesador que el northbridge y el southbridge, o sea, las dos partes que gestionan la computación en un ordenador denominado democracia, ya no saben si procesar datos, lanzar una excepción o declarar timeout.

¿Qué significa esto?

Que hay un bloqueo democrático provocado por toda una mierda de políticos que no permiten que su ego deje de mandar en favor del bien común.

O sea: el común criterio para llenarse los bolsillos mientras tú no te puedes comprar una puta casa y te han metido en la cabeza que es por culpa del de enfrente. Como si eso fuese una solución para quien mira por la ventana cuando se levanta.

Como si señalar al vecino arreglara la nevera vacía.

Como si gritar “facha”, “rojo”, “comunista”, “separatista”, “golpista” o “traidor” pagara la hipoteca, bajara el alquiler o devolviera a los jóvenes una mínima posibilidad de construir vida.

Empezamos por Tolanda.

¿Cómo va ella a permitir dejar el sillón cósmico?

Ella, la ministra de los modélicos, con cara de no haber roto un plato. A ver, nunca tocó el Fairy, eso es cierto, pero además de haber jodido una opción política tan respetable como la que pudo representar Anguita, ahí sigue, explicándonos el mundo desde una nube donde el suelo no mancha, la realidad no pesa y el ciudadano parece un concepto estadístico con nómina emocional.

Qué decir del Aitor.

Tor.

Con los bolsillos llenos de pasta. Pasta de verdad. Mirando para otro lado porque es un partido de derechas con aspiraciones a llegar a ser como Bildu, popular, territorial, necesario y permanentemente imprescindible para que el sistema respire por un tubo.

Bildu, qué ver.

Por lo menos, tras drenar de sangre ajena sus cloacas a base de escupir, que no es poco, al menos ya no hay más muertos. Y son los únicos que están logrando anexar votos y votos juveniles a sus filas.

La técnica de no matar y seguir sin pedir perdón les funciona.

Desfasados igualmente, porque no entienden que el mundo no será más pequeño, sino más grande. Pero ellos, con su visión rara del universo, pensarán que el centro del mismo sigue siendo el mismísimo Bilbao y, claro, ahora amplían a Pamplona como segundo eje.

Por lo menos, y no es que me agrade, listos son los más.

Seguimos con el que tiene nombre de colonia.

Entre salvador sin capa y cobarde de maletero, ese dirigente gestiona siete de los votos que mantienen vivo a Sánchez. Y no los soltará, porque de él depende que pueda venir lo que él cree que tiene que venir.

No se ha dado cuenta de que con una madame no se puede negociar. Siempre te dirá que te la enfundes, que los virus no existen y que la culpa es de otro.

Ellos ya están jodidos y lo saben.

No lo soltarán, pero su muerte está anunciada.

Y ahora el gordito.

Puedo llamarle así porque yo mismo lo soy, y en la mesa de los gordos hay licencia moral.

Quizá ERC sea el partido menos castigado con todo esto, porque sus votantes ya están acostumbrados a lo que ven y además el cuadro que pinta Sánchez lleva sus óleos. No esperemos nada de ellos que no les dé pasta, relato, supervivencia o un poco más de combustible para seguir fingiendo que mandan en algo que cada vez se les escapa más.

Podemos seguir con Coalición Canaria.

Vamos, como si no seguimos.

Dan igual, porque su apoyo les pasará una factura mortal. Pero un año más de vida para un enfermo terminal es un año más. No lo soltarán. O bueno, quizá sí. Quién sabe. Siempre a horas de la muerte se dice que todo se ve con más claridad.

Quizá sean honestos en sus últimos estertores.

Total, partido regionalista que, como ya se ha demostrado, casi siempre la caga.

Mucho.

El bloque de los percebes, pues qué voy a decir.

Ni va ni viene.

Ni dice ni calla.

Ellos siguen a la chupona. No son relevantes, pero son uno más. El que falta. El único imprescindible. Bueno, no. Todavía peor: sin ser imprescindibles, eligen legitimar esta corrupción disfrazada de golpe de Estado.




Ruido en el sistema: Aprender a escuchar

Lo mismo que me dijeron en el cole que pasó en el 31.

Recordemos que entre el 31 y el 39 se sucedieron gobiernos, fracturas, relatos incompatibles, odios administrados y una incapacidad brutal para leer la realidad antes de que la realidad estallara.

A veces, solo a veces, es necesario leer de nuevo la historia para entender qué está pasando.

Porque si ves la hostia llegar, quizá sea bueno recordar si la piedra es la misma.

Y en este caso no es exacta.

Pero sí muy, muy parecida.

Nos quedan los tres grandes partidos actuales.

Seguimos con el de la testosterona.

Macho allá donde los haya.

Voz grave, pecho fuera, bandera al viento y esa forma tan antigua de creer que un país se arregla apretando los dientes, mirando mal al de enfrente y volviendo a soluciones viejas para problemas nuevos.

Solo tenemos que hacer un pequeño análisis para entender por qué gana votos.

Para mí, Vox solo tiene dos vértebras.

Que Sánchez la ha liado muy parda.

Y que Feijóo se ha quitado las gafas.

El resumen de Vox es que, sin entender ni leer bien cómo un sistema avanza, progresa y prospera, gana votos en la inmovilidad de una sociedad que ya no logra procesar el más mínimo vector de progreso.

Cuando una sociedad se bloquea, siempre aparece alguien vendiendo la versión anterior del sistema operativo.

Pero volver a las viejas soluciones en tecnología siempre es malo.

No puedes arreglar una red de fibra con alambre de cobre y nostalgia. No puedes gobernar un país que se enfrenta a máquinas, datos, vivienda imposible, jóvenes sin horizonte, algoritmos que capturan la atención, inteligencia artificial, natalidad hundida, soledad estructural y pérdida de sentido con recetas de puro instinto.

El instinto sirve para sobrevivir.

No siempre sirve para construir.

Vox crece porque muchos han dejado de creer que el sistema pueda avanzar. Y cuando la gente deja de creer en el avance, se agarra a la vuelta. A lo conocido. A lo duro. A lo simple. A lo que suena a orden, aunque muchas veces sea solo ruido con bandera.

Y luego está Feijóo.

Aquel gallego que, tras hacerlo bien en su tierra —así se repitió sin que nadie le pusiera demasiado la cara roja—, decidió venir a Madrid a mandar.

Y sí, manda.

Pero no convence.

Solo hay que ver cómo castiga su marca personal en las elecciones regionales celebradas.

Mañueco gana, sí.

Pero ganar no siempre significa convencer.

Y lo peor no es que Mañueco no arrase.

Lo peor es que el PSOE también sube.

Con todo lo que está cayendo, con Sánchez abrasando el sistema, con una parte enorme del país harta, con la izquierda rota, con el cabreo social buscando salida por cualquier rendija, con la corrupción ocupando el centro del debate público y con el Gobierno dependiendo de socios que tensan el Estado hasta hacerlo crujir, el PSOE en Castilla y León no se hunde.

Sube.

Sube dos procuradores.

Y eso, para el PP, debería ser una alarma nuclear.

Porque si tu adversario llega abrasado, rodeado de sospechas, con medio país harto y aun así mejora resultado, el problema ya no está solo en el adversario.

Está en ti.

Está en tu incapacidad para convertir el deterioro del otro en confianza propia.

Está en que ganas, sí, pero no convences lo suficiente.

Está en que una parte de la sociedad mira el incendio, mira al supuesto bombero, y aun así no termina de creer que ese bombero vaya a apagar nada.

En Aragón pasa algo parecido: el PP gana, sí, pero quien realmente parece recoger el cabreo, el empuje y parte de la energía emocional es otro.

¿Nadie ve lo que pasa?

¿Nadie se lo dice?

¿Todo el mundo le pelotea porque sabe que por inercia será presidente?

No necesitamos solo un presidente.

Necesitamos un líder.

Y no un líder de cartel electoral, sonrisa medida y frase de consultor. Necesitamos alguien capaz de volver a coser la realidad.

Porque la realidad se ha descosido.

Por arriba, por abajo, por los lados y por dentro.

Coser no es gritar.

Coser no es señalar.

Coser no es esperar a que el otro se pudra.

Coser es entender qué se ha roto, por qué se ha roto y qué hilos todavía pueden unir a gente que ya no se mira ni a la cara.

Eso se ha hecho en Madrid.

Con muchos, muchos fallos. Sobre todo de las viejas glorias. Con contradicciones, con errores, con intereses, con cosas que chirrían y con mucha política de la de siempre.

Pero cosido está.

Hay estructura.

Hay dirección.

Hay una percepción de orden.

Y eso, nos guste más o menos, la gente lo nota.

Cuando la gente nota orden en mitad del ruido, vota orden.

Pero Feijóo no parece orden.

Parece espera.

Y esperar no es liderar.

Parece inevitable, pero no necesario.

Parece próximo, pero no ilusionante.

Parece presidente por agotamiento del contrario, no por construcción de una esperanza común.

Y España no necesita que alguien llegue a Moncloa solo porque el otro se caiga podrido.

España necesita a alguien capaz de volver a coser la realidad.

Por último, nos queda Sánchez.

¿Qué aportar de nuevo?

Por eso hablaba de pereza.

Pero bueno, toca hacerlo porque si no reviento.

Quizá lo más peligroso de esta situación no sea solo Sánchez, ni su Gobierno, ni sus pactos, ni sus socios, ni su forma de convertir cada crítica en una agresión contra la democracia.

Quizá lo más peligroso sea la ceguera a la que está sometiendo a mucha gente.

Y la ceguera trae dos cosas: dependencia y desconfianza.

Un ciego que toda la vida lo ha sido sabe dónde está. Ha aprendido el espacio. Conoce la distancia. Sabe dónde empieza la mesa, dónde está la puerta, dónde hay un escalón.

Pero un recién cegado no sabe nada.

Un recién cegado se queda inmóvil.

O peor: empieza a usar el bastón para dar leches a todo lo que se acerque.

Y ahí está el riesgo.

Una sociedad recién cegada es una sociedad peligrosa. No porque sea mala. Sino porque está asustada. Porque no sabe dónde está. Porque ya no distingue una pared de una mano tendida. Porque confunde advertencia con ataque, crítica con odio, información con conspiración y discrepancia con golpe.

Sánchez ha convertido la política en una máquina de cegar.

Primero te quita la vista.

Luego te da un bastón.

Después te señala contra quién tienes que usarlo.

Y mientras tú golpeas al de enfrente, él sigue andando.

Allá en el 22 me dieron el premio a la innovación en el periodismo y, en el escenario del CaixaForum, ante varios ministros sanchistas, dije que la democracia estaba en serio peligro. Muy, muy serio peligro.

También dije que sin medios, el poder nos sacaría los ojos.

Nadia Calviño, cuando subió al escenario, me replicó que estaba equivocado.

Mira cuánto me equivoqué.

Habría sido el ser más feliz del mundo si me hubiese equivocado. Incluso bajo multa de cien latigazos. O mil. Lo que hiciera falta.

Pero no.

Nadia, no me equivoqué.

A veces, solo a veces, es mejor equivocarse que llevar razón.

Y en este caso, mi ego habría sido muy feliz asumiendo mi error.

Pero no puedo asumirlo.

Porque no era error.

Era diagnóstico.

La democracia no se rompe solo cuando llegan los tanques.

También se rompe cuando el sistema entra en timeout y todos los procesos siguen fingiendo que la pantalla no está congelada.

También se rompe cuando el poder llama conspiración a la crítica.

También se rompe cuando los partidos se reparten la máquina mientras el ciudadano cree que está votando el futuro.

También se rompe cuando los medios desaparecen, se callan, se compran, se asustan o se convierten en terminales de propaganda.

También se rompe cuando el que debería fiscalizar aplaude, cuando el que debería preguntar obedece y cuando el que debería contar la verdad calcula si la verdad le conviene.

Y entonces llega el ruido.

Ruido en el bus.

Ruido en la placa.

Ruido en la memoria.

Ruido en el procesador.

Ruido en la calle.

Ruido en la tele.

Ruido en las redes.

Ruido en la cabeza.

Ruido en el alma.

Y el sistema democrático, que necesita datos limpios para tomar decisiones colectivas, empieza a procesar mierda.

Basura de entrada, basura de salida.

Garbage in, garbage out.

Luego nos preguntamos por qué votamos mal, por qué odiamos más, por qué entendemos menos, por qué cada conversación acaba en trinchera y por qué cada ciudadano parece vivir dentro de una guerra civil portátil.

Pues quizá porque nos han llenado el bus de ruido.

Quizá porque antes de pensar ya estamos reaccionando.

Quizá porque antes de escuchar ya estamos insultando.

Quizá porque antes de mirar ya nos han dicho qué tenemos que ver.

¿Qué coño podemos hacer entonces?

Aprender a leer la realidad antes de pensar.

Pensar antes de hablar.

Y hablar una vez que el de enfrente haya hecho lo mismo.

Porque si hablas antes de leer, metes ruido en el bus.

Si piensas antes de mirar, programas sobre datos corruptos.

Y si gritas antes de entender, el procesador democrático vuelve a entrar en timeout.

A veces, solo a veces, el verdadero acto revolucionario no es gritar más fuerte.

Es aprender a ver.

Y después, cuando ya se ha visto, entonces sí.

Hablar.

Aunque sean las 6:15 de la mañana.

Aunque uno haya prometido callarse.

Aunque dé pereza.

Aunque la gran mierda siga ahí.

Porque a veces, solo a veces, callarse también es una forma de dejar que el fantasma vuelva a pasear por el pueblo.

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