Una fábrica de alta rentabilidad.
La fábrica de hacer tontos.
Cuando una casta política quiere perpetuarse en el poder, no necesita abolir las elecciones, cerrar periódicos ni sacar los tanques a la calle.
Eso es antiguo.
Ruidoso.
Y, sobre todo, poco elegante.
Hoy existen sistemas mucho más eficaces.
Más baratos.
Y bastante más rentables.
Basta con conseguir que una parte creciente de la sociedad deje de hacerse preguntas.
No hace falta que deje de hablar.
Al contrario.
Puede hablar muchísimo.
Puede opinar de todo.
Puede indignarse cinco veces al día.
Puede publicar cuarenta mensajes, compartir veinte vídeos y discutir durante horas con completos desconocidos.
Lo único verdaderamente importante es que no piense demasiado.
Ahí empieza la fábrica de hacer tontos.
Y lo curioso es que no está escondida en ningún ministerio secreto.
Está delante de nosotros.
En la educación.
En la familia.
En las redes sociales.
En los medios.
En la política.
Y, sobre todo, en nuestra maravillosa capacidad para confundir estar informados con comprender algo.
Porque hoy sabemos muchas cosas.
O eso creemos.
Sabemos quién ha dicho qué.
Quién se ha peleado con quién.
Qué famoso se separa.
Qué político ha insultado a otro.
Qué vídeo se ha hecho viral.
Qué equipo ha perdido.
Qué influencer se ha enfadado.
Tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior y, sin embargo, cada vez parece costarnos más detenernos diez minutos a entender una sola cuestión.
Ése es quizá el gran milagro de nuestro tiempo.
Nunca habíamos tenido tanta información.
Y nunca había sido tan rentable que no supiéramos qué hacer con ella.
La fábrica empieza pronto.
Muy pronto.
Empieza cuando confundimos educar con evitar cualquier frustración.
Cuando el niño no puede aburrirse.
No puede perder.
No puede equivocarse.
No puede quedarse sin premio.
No puede descubrir que otro corre más, estudia mejor, toca mejor el piano o simplemente ha trabajado más.
No.
Tú eres único.
Tú eres especial.
Tú puedes ser lo que quieras.
Una frase preciosa.
Hasta que aparecen otros ocho mil millones de seres humanos a los que sus padres también explicaron exactamente lo mismo.
Entonces llega la primera avería.
Porque resulta que el mundo no estaba obligado a reconocerte como extraordinario.
Y ahí empieza la frustración.
Antes, por supuesto, hemos tenido mucho cuidado de eliminar cualquier incomodidad del camino.
Si se aburre, pantalla.
Si protesta, pantalla.
Si no come, dibujos.
Si no se duerme, teléfono.
Si estamos cansados, tablet.
Y cuando cumple quince años, nos sorprendemos porque no puede mantener la atención durante veinte minutos.
Misterios de la ciencia.
Después llega la escuela.
Una institución que debería enseñar a pensar y que demasiadas veces termina enseñando a superar exámenes.
Memoriza.
Repite.
Aprueba.
Olvida.
Y vuelta a empezar.
Mientras tanto, nuestros maravillosos resultados educativos aparecen cada cierto tiempo para recordarnos que quizá algo no funciona demasiado bien.
Pero tampoco pasa nada.
Siempre podemos discutir sobre quién tiene la culpa.
La ley anterior.
La ley nueva.
El profesor.
Los padres.
Las pantallas.
La pandemia.
La izquierda.
La derecha.
Cualquiera menos nosotros.
Y así vamos produciendo generaciones magníficamente preparadas para un nuevo mundo:
Leen, pero no siempre entienden.
Hablan, pero muy a menudo gritan.
Suman, especialmente cuando pueden añadir un cero a la derecha.
Y restan cada día un poco más de interés por comprender aquello que no cabe en treinta segundos de vídeo.
La atención se ha convertido en un lujo.
Leer una página parece demasiado.
Un artículo largo exige concentración.
Un libro ya roza la actividad de riesgo.
Pero ver durante hora y media vídeos de quince segundos no plantea ningún problema.
Uno detrás de otro.
Uno detrás de otro.
Uno detrás de otro.
Hasta que el cerebro aprende perfectamente la lección:
Si algo no me entretiene inmediatamente, lo abandono.
Y entonces llega la política.
Y descubre que le hemos hecho buena parte del trabajo.
Porque un ciudadano formado puede ser de izquierdas, de derechas o mediopensionista, pero tiene un defecto terrible:
Piensa.
Y cuando alguien piensa, empieza a hacer preguntas incómodas.
¿Por qué pago esto?
¿Por qué debo aquello?
¿Por qué me prometieron una cosa y ahora ocurre lo contrario?
¿Cuánto cuesta realmente?
¿Quién ha firmado?
¿Quién cobra?
¿Quién se beneficia?
¿Por qué este dato se presenta así?
¿Dónde está el documento?
¿Es verdad lo que acabo de compartir?
Un ciudadano así es agotador.
Mucho más sencillo es un ciudadano emocional.
Uno que no necesite argumentos.
Sólo necesita equipo.
Los míos.
Los tuyos.
Buenos.
Malos.
Fachas.
Progres.
Machistas.
Feministas.
Ricos.
Pobres.
Jóvenes.
Viejos.
Madrid.
Cataluña.
Madrid contra cualquier cosa, en realidad.
Una vez elegido el equipo, el resto funciona solo.
Si lo hace uno de los míos, habrá una explicación.
Si lo hace uno de los tuyos, será un escándalo.
Si mi político cambia de opinión, evoluciona.
Si cambia el tuyo, miente.
Si mi partido coloca a uno de los suyos, es un nombramiento.
Si lo hace el contrario, es nepotismo.
Y mientras nosotros discutimos, la fábrica continúa funcionando.
Porque ése es el producto perfecto.
No una persona silenciosa.
Una persona permanentemente enfadada.
Una persona que discute mucho y pregunta poco.
Una persona convencida de que piensa por sí misma porque repite exactamente las frases que comparte todo su grupo.
Y aquí aparece otro socio fundamental de la fábrica:
Nosotros.
Los padres.
Las familias.
La sociedad que después protesta por aquello que lleva veinte años construyendo.
Queremos hijos independientes.
Pero mejor que no sufran.
Queremos que tengan criterio.
Pero mejor que piensen como nosotros.
Queremos que sean fuertes.
Pero intentamos quitarles cualquier piedra del camino.
Queremos que maduren.
Pero si pueden quedarse en casa hasta los treinta y muchos, calentitos, entretenidos y convencidos de que el frigorífico se rellena por generación espontánea, tampoco pasa nada.
De paso, quizá así, cuando envejezcamos, no tengamos que ir nosotros a una residencia.
Todo son ventajas.
Les ponemos un gato.
Un perro.
Tres plataformas.
Un teléfono de mil euros.
Una conexión permanente con el mundo.
Y cada vez menos contacto con cualquier cosa que requiera paciencia.
Compartir también empieza a estar sobrevalorado.
Esperar turno.
Negociar.
Ceder.
Aceptar que alguien piensa distinto.
Aceptar que alguien tiene razón.
Aceptar, incluso, que uno mismo puede estar equivocado.
Eso último ya es de otra época.
Y así llegamos al adulto perfecto para el sistema.
Primero fabricamos al tonto.
Después nos escandalizamos porque vota como un tonto.
Y finalmente aparece un político dispuesto a gobernarlo como a un tonto.
Negocio redondo.
Porque la política moderna ha descubierto algo extraordinario:
Ya no hace falta convencer a todo el mundo.
Basta con mantener a cada grupo suficientemente enfadado con el grupo de al lado.
No necesitas que el ciudadano entienda una ley.
Sólo que sepa a quién culpar.
No necesitas que lea los presupuestos.
Sólo que repita que los otros roban.
No necesitas que comprenda la economía.
Sólo que sepa quién es el malo de esta semana.
Y si la realidad resulta incómoda, siempre se puede cambiar el nombre.
No es una crisis.
Es una oportunidad.
No es una subida de impuestos.
Es una contribución solidaria.
No es una rectificación.
Es una adaptación a las nuevas circunstancias.
No es un incumplimiento.
Es una nueva interpretación del compromiso.
El lenguaje político tiene una propiedad maravillosa:
Puede conseguir que una decisión tomada por alguien parezca un fenómeno meteorológico.
No lo decidió nadie.
Simplemente ocurrió.
Ha llovido.
Ha subido el impuesto.
Se ha aprobado el contrato.
Se ha concedido la subvención.
Se ha firmado el acuerdo.
Y si alguien insiste demasiado preguntando quién tomó la decisión, siempre aparece la respuesta definitiva:
Los técnicos.
La burocracia como capa de invisibilidad.
Documento.
Informe.
Comisión.
Mesa de trabajo.
Grupo de expertos.
Cualquier cosa antes que pronunciar la frase más peligrosa de todas:
«Lo decidí yo».
Pero la fábrica no vive sólo de la política.
También necesita titulares.
Necesita escándalos.
Necesita enemigos.
Necesita temas nuevos cada mañana.
Hoy todos indignados por una cosa.
Mañana por otra.
Pasado mañana nadie recuerda ninguna.
La indignación industrial tiene una enorme ventaja:
Consume toda la energía que podríamos emplear en comprender.
Y además genera tráfico.
Clic.
Clic.
Clic.
Otro titular.
Otra bronca.
Otro vídeo.
Otro enemigo.
Otra certeza instantánea.
Hasta que llega un momento en que el ciudadano ya no quiere saber qué ha ocurrido.
Sólo quiere saber quién ha ganado la discusión.
Ahí la fábrica ha completado su trabajo.
Ya no hace falta censurar.
La gente se distrae sola.
Ya no hace falta prohibir preguntas.
Basta con enterrarlas bajo veinte polémicas nuevas.
Ya no hace falta imponer una versión oficial.
Es mucho más eficaz fabricar tantas versiones que nadie tenga tiempo ni energía para comprobar ninguna.
Y, llegados a este punto, aparece Pedro Sánchez.
Pero podría aparecer cualquier otro.
Ése es precisamente el problema.
Porque un sistema que premia al político capaz de dominar el relato terminará produciendo políticos especializados en dominar el relato.
Unos mejor que otros, naturalmente.
Y Sánchez ha demostrado tener una extraordinaria capacidad para entender ese terreno.
Cada contradicción encuentra una explicación.
Cada giro, una nueva circunstancia.
Cada problema, un adversario.
Cada decisión, un relato.
Y alrededor, millones de españoles discutiendo entre ellos sobre si es un genio o el demonio, mientras casi nadie dedica el mismo tiempo a leer aquello que realmente se ha aprobado.
Pum.
Pum.
Pum.
El bombo continúa.
Quizá por eso aquella imagen del bombo de Broncano tiene algo de metáfora nacional.
Un país entero siguiendo el ritmo.
Pum.
Pum.
Pum.
Sin preguntar demasiado quién toca.
Ni por qué.
Ni hacia dónde vamos.
Total, mientras haya espectáculo...
Y por eso conviene apagar el bombo alguna vez.
Dejar el teléfono.
Leer algo más largo que un titular.
Escuchar a alguien con quien no estamos de acuerdo.
Preguntar.
Contrastar.
Dudar.
Volver a preguntar.
Quién gana.
Quién paga.
Quién firma.
Quién se beneficia.
Quién decide.
Y, sobre todo, quién necesita que nosotros dejemos de hacernos esas preguntas.
Porque quizá el problema no sea que nos gobiernen los tontos.
Quizá el problema sea que hemos aceptado que gobernar consiste en tratarnos como si lo fuéramos.
La fábrica de hacer tontos trabaja veinticuatro horas.
Pero tiene una debilidad.
Necesita nuestra colaboración.
Cada vez que compartimos algo sin comprobarlo, gana.
Cada vez que sustituimos una pregunta por un insulto, gana.
Cada vez que preferimos un culpable sencillo a una explicación compleja, gana.
Cada vez que defendemos a «los nuestros» aunque sepamos que están equivocados, gana.
Cada vez que dejamos que otro piense por nosotros, gana.
Y cada vez que confundimos tener una opinión con tener criterio, la cadena de producción acelera un poco más.
La buena noticia es que el interruptor sigue estando bastante cerca.
Pensar.
Puede parecer poca cosa.
Pero para determinados negocios resulta peligrosísimo.
Y ahora sí:
Tontos al compás de un buen jefe.
Dale a tu cuerpo alegría, Pedro Sánchez.