OPINION | CARTA DEL DIRECTOR | La inmoralidad de Javier Ayala

Recuerdo hace ya ocho años cuando reconociste públicamente la labor de mi hijo mayor

Recuerdo hace ya ocho años cuando reconociste públicamente la labor de mi hijo mayor

Carta del director del medio, Esteban Hernando.

Imagen: Redacción

Apreciado alcalde.

 

Aunque no te lo creas, aún te tengo aprecio.

 

Recuerdo hace ya ocho años cuando reconociste públicamente la labor de mi hijo mayor. Tenía solo doce años y pasó las Fuenlicolonias ayudando a uno de nuestros ingenieros para que los chavales aprendieran Minecraft como algo más que un simple juego.

 

Hoy tiene veinte años. Y, gracias en parte a aquellas palabras tuyas, delante de las cámaras de Telemadrid, a aquel empujón que le diste sin saberlo, hoy se ha convertido en una persona con unas capacidades extraordinarias en ciberseguridad.

 

Por eso, aunque no te lo creas, te sigo teniendo aprecio.

 

Pero hasta aquí.

 

 

 

 

Porque ocho años después toca hacer balance. Y la realidad es que has llevado Fuenlabrada a estar bastante peor de como la encontraste.

 

Sé que te molestará leerlo, pero Manolo Robles y Pepe Quintana fueron mejores alcaldes que tú. Y no porque lo diga yo. Lo dicen las conversaciones de la calle, los bares, los barrios, la gente que lleva aquí toda la vida.

 

De ti, casi siempre se escucha lo mismo.

 

Que te has vuelto un prepotente.

 

Que nadie puede llevarte la contraria.

 

Que todo el que discrepa acaba etiquetado como "facha".

 

Y eso, Javier, es el síntoma de alguien que hace tiempo dejó de escuchar. Dejaste de escuchar para mirarte una y otra vez en el espejo equivocado. El de la egolatría. Ese espejo en el que uno acaba creyendo que él mismo es el proyecto y donde los vecinos pasan a ser simples espectadores.

 

¿Dónde quedó aquel PSOE de gente humilde? Aquel que caminaba por los barrios y hablaba con la gente sin necesidad de focos. Ahora muchos parecen estrellas de rock, más pendientes de la foto que de quien no llega a fin de mes.

 

Fuenlabrada está hoy entre las ciudades con más dificultades económicas de la Comunidad de Madrid. Quizá tu antecesor, Pepe Quintana, exageraba en la última entrevista cuando decía que la pobreza también genera fidelidad política. O quizá no tanto. Pero la sensación que queda es que la ciudad ha dejado de aspirar a más.

 

Ahora somos campeones del mundo. Será gracias a Fuenla y a sus murales.

 

Y eso sí me duele.

 

Me duele por Fuenla.

 

Y sí, también por mí.

 

Durante años ninguneaste el trabajo de mi familia. Entonces pensaba que simplemente no nos soportabas. Hoy creo que el problema era otro: no te gustaba que hubiera gente haciendo cosas sin pedirte permiso.

 

Hace quince años recibimos un premio a la innovación por un proyecto que recogía teléfonos móviles para financiar a más de treinta ONG, desde Niños con Cáncer hasta Madre Coraje.

 

Organizamos conciertos solidarios.

 

Llenamos Fuenlastock de colas de vecinos entregando móviles.

 

Apoyamos la lucha de los trabajadores de Coca-Cola con un concierto de Kiko y Sara pagado de nuestro bolsillo.

 

Recibimos un premio al periodismo de innovación entregado por Nadia Calviño.

 

Pero daba igual.

 

Seguíamos teniendo "tufillo".

 

Siempre había un motivo para colocarnos enfrente.

 

Ahora resulta que el problema también será mío porque me marcho de Fuenla.

 

Sí, me tengo que ir. Y no me digas que Fuenla es segura porque ya no cuela, Javier. No nos tomes por tontos. Yo he vivido otra Fuenla. Una en la que las chicas podían volver tranquilas a casa y en la que los machetazos eran noticia porque no existían, no porque se hubieran convertido en rutina.

 

Me marcho porque ya no siento que esta sea la ciudad en la que quiero que crezca mi familia.

 

Llevo toda mi vida llevando Fuenlabrada por bandera. Presumiendo de ser de aquí. Y has conseguido algo que jamás pensé que ocurriría: quitarme ese orgullo.

 

Y eso es muy jodido escribirlo.

 

Porque Fuenla también soy yo.

 

Mis amigos.

 

Mis recuerdos.

 

Mis empresas.

 

Mis fracasos.

 

Mis aciertos.

 

Toda mi vida ha girado alrededor de esta ciudad.

 

Y, sin embargo, hoy me voy.

 

No porque haya dejado de querer Fuenlabrada.

 

Sino precisamente porque ya no reconozco la Fuenlabrada que quería.

 

Lo peor no es el asfalto levantado ni las obras interminables.

 

Lo peor es que muchos hemos dejado de aspirar a más.

 

Los de Fuenla siempre tuvimos algo de espartanos.

 

Peleones.

 

Emprendedores.

 

Orgullosos.

 

Con ganas de prosperar.

 

Ahora parece que nos conformamos con sobrevivir mientras discutimos entre nosotros y aceptamos que el futuro consiste en inaugurar murales. Esa derrota sí es grave.

 

Mientras tanto, la ciudad se deteriora.

 

Más inseguridad.

 

Más reyertas.

 

La Policía Nacional entrando y saliendo continuamente.

 

Obras eternas desde la pandemia.

 

Calles abiertas durante meses.

 

Polvo.

 

Asfalto levantado.

 

Excavadoras trabajando ocho horas como si las ciudades no pudieran construirse también por turnos.

 

Y mientras tanto...

 

Murales.

 

Muchos murales.

 

Como si un mural pudiera dar trabajo a un chaval de veinte años.

 

Como si un mural hiciera que una familia decidiera quedarse a vivir aquí.

 

Y luego está la hipocresía.

 

Porque mientras se demoniza la propiedad privada y se habla constantemente de especulación inmobiliaria, resulta que tú acumulas cinco viviendas.

 

Cinco.

 

No una.

 

Cinco.

 

Y además un Tesla.

 

Que oye, enhorabuena. De verdad.

 

Lo que chirría no es tener patrimonio.

 

Lo que chirría es dar lecciones a los demás mientras haces exactamente aquello que criticas desde el atril.

 

Eso no es socialismo.

 

Eso es incoherencia.

 

Y quiero terminar con una cosa.

 

Porque aquí no ha fallado el socialismo.

 

En Fuenlabrada el socialismo funcionó durante muchos años.

 

Lo que fallan son las personas cuando dejan de gobernar para sus vecinos y empiezan a gobernar para sí mismas.

 

Tengo la sensación de que hace mucho tiempo dejaste de pensar en Fuenlabrada.

 

Y quizá el mayor drama sea que ya casi nadie piensa en Fuenlabrada.

 

No hay proyecto.

 

No hay ilusión.

 

No hay orgullo.

 

Solo resignación.

 

Y mira qué ironía.

 

Si hace diez años alguien me hubiera dicho que acabaría escribiendo estas líneas, me habría reído.

 

Yo, que siempre pensé que moriría aquí, he terminado haciendo las maletas para proteger a mi familia.

 

Nunca imaginé que acabaría sintiendo que Fuenlabrada ya no era mi casa.

 



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