Zapatero investigado.
Y lo peor no es Zapatero.
Lo peor eres tú. Y soy yo. Y somos todos leyendo la noticia con la misma cara con la que miramos el tiempo. Nublado por la mañana, posible corrupción por la tarde, saqueo institucional al anochecer. Y a la cama.
Ya ni se nos mueve la puta ceja.
Esa es la victoria más asquerosa del sistema, no que roben, no que coloquen a los suyos como si el Estado fuera una finca familiar con chófer y despacho, no que mientan mirando a cámara con cara de estadista; la victoria es que nos hayan robado hasta el cabreo.
Hace veinte años una imputación así habría incendiado plazas. Hoy dura dos tertulias, tres memes, cuatro insultos en X y mañana estamos mirando otra mierda. Nos han convertido en espectadores drogados de nuestro propio expolio. Consumidores de escándalo. Adictos al indignómetro que nunca llega a ningún sitio.
Y mientras arriba se reparten España por fascículos, abajo hay una generación entera de chavales de treinta años que no puede comprarse una puta casa ni soñando fuerte.
Han estudiado. Han currado. Han obedecido. Han hecho todo lo que les dijeron que había que hacer. Y aun así no llegan. Viven de alquiler dejándose media nómina, compartiendo piso a una edad en la que sus padres ya tenían casa, hijos y una vida mínimamente construida.
Esa es la juventud real de este país: formada, quemada y expulsada del futuro.
Y enfrente está la otra España.
- La España de los apellidos.
- La España de los hijos colocados sin que nadie sepa muy bien por qué mérito.
- La España de las fundaciones con sueldo y sin trabajo visible.
- La España de los consejos de administración que se rellenan como cuotas de partido.
- La España de las consultoras que facturan a organismos públicos sin que nadie explique qué consultan exactamente.
- La España de los chiringuitos con moqueta y logotipo institucional.
Mientras un chaval no puede pedir una hipoteca, hay hijos, hijas, primos, cuñados y fontaneros del poder pasando por empresas, patronatos y sociedades con cifras que un currante no verá juntas en su puta vida.
Y la gente lo sabe.
No necesita que se lo explique nadie con gomina. Lo sabe en el bar, en el taxi, en la cola del súper, en la conversación de ascensor donde alguien dice “es que son todos iguales” y nadie lo discute porque en el fondo todos saben que aunque sea injusto con algunos, nace de una verdad brutal: demasiadas veces el juego ya estaba repartido antes de que tú llegaras a la mesa.
Esa sospecha generalizada no es populismo. Es la herida moral más grave de este país.
No es solo corrupción. Es algo peor: la certeza de que el mérito es para los de abajo y el premio para los de arriba. Siempre. Sin excepción visible. Sin consecuencias reales.
Y mientras tanto el Gobierno sigue tensando instituciones, rompiendo puentes, incendiando consensos y sobreviviendo a base de relato, aparato y resistencia numantina. La legislatura cruje por todas partes. Que nadie se haga el sorprendido si pronto vienen movimientos gordos en el Congreso. Esto no se sostiene: se arrastra. Y los cadáveres políticos que se arrastran huelen.
Ahora bien. No todos los políticos son una mierda.
Y hay que decirlo precisamente para poder golpear mejor a los que sí lo son.
Conozco gente dentro de la política que intenta hacer las cosas bien. Que se quema. Que pelea. Que se traga sapos de su propio partido. Que intenta cambiar una esquina mínima del sistema mientras el sistema le pasa por encima con una apisonadora. A esos, respeto y gracias. Hacen falta.
Pero el problema no son ellos.
El problema es la máquina.
- La máquina que tritura al honrado y asciende al obediente.
- La máquina que premia al trepa y destruye al incómodo.
- La máquina que convierte la vocación pública en carrera privada y el servicio en negocio.
- La máquina que hace que izquierda, derecha y centro sean demasiadas veces tres disfraces distintos para el mismo animal: llegar, colocar, repartir, tapar, y salir.
España no tiene un problema de un partido concreto, tiene un problema de arquitectura del poder.
Y Europa también huele a podrido. La corrupción ya no parece una anomalía. Parece el sistema operativo. Cambian los iconos, cambia el fondo de pantalla, cambia el discurso moral de temporada. Pero debajo corre el mismo programa de siempre: opacidad, privilegio, captura y obediencia.
Durante años me tragué esto con la mandíbula apretada y el cabreo bien guardado, hasta que me cansé de quejarme como otro gilipollas más en la barra del bar, y empecé a construir.
Por qué un tío sin escaño escribe diez libros
Empecé escribiendo sobre el propósito.
Sobre por qué una vida puede ir aparentemente bien por fuera y estar muerta por dentro. Sobre por qué hay gente con empresa, casa, familia, agenda, reuniones y éxito aparente que tiene, aun así, un agujero negro en medio del pecho que ninguna productividad llena.
Y mientras escribía me cayó una hostia intelectual que todavía noto: Lo que le pasa a una persona sin propósito le pasa también a un país sin propósito.
- Una persona sin propósito funciona por inercia.
- Un país sin propósito acaba gobernado por gestores de la inercia.
- Una persona sin propósito se vende por comodidad.
- Un país sin propósito se entrega por cansancio.
Por eso no me salió un libro. Me salieron diez.
Y al final, casi sin buscarlo, me salió hasta una constitución entera.
A ese modelo lo llamo Nexocracia.
Sí, suena raro. Mejor. Las palabras normales ya las han vaciado todas.
Qué es la Nexocracia
La Nexocracia parte de una idea que parece simple y lo cambia todo: El poder no debería estar arriba.
El poder debería estar donde siempre estuvo de verdad: abajo. En cada persona capaz de pensar, decidir, corregir, vigilar y responder.
La democracia actual te pide una cosa cada cuatro años: que metas un papel en una urna y luego te calles. Te venden soberanía y te entregan delegación. Te dicen “has votado” como quien dice “ya has firmado el contrato, ahora a esperar”. Y durante cuatro años tu poder circula por despachos donde tú no entras, se negocia en mesas donde tú no estás y se usa en tu nombre aunque muchas veces vaya directamente contra ti.
Eso no es soberanía. Es una firma en blanco con música electoral de fondo.
La Nexocracia propone otra cosa: poder continuo, trazable, formado y corregible. Que cualquier ciudadano que quiera participar de verdad pueda formarse para hacerlo con criterio real. Que las decisiones públicas dejen rastro auditable. Que el dinero público se pueda seguir euro a euro. Que los cargos tengan consecuencias reales cuando mienten o roban. Que dirigir no sea patrimonio del que mejor trepa dentro de un partido sino función temporal de quien demuestra criterio, honestidad y capacidad de rendir cuentas.
- Sin casta.
- Sin apellidos mágicos.
- Sin sillones blindados.
- Sin lealtades de partido que pesen más que la verdad.
Utopía es seguir creyendo que esta mierda se arregla votando cada cuatro años al siguiente vendedor de esperanza con sonrisa de dentífrico.
La tecnología no es el enemigo. Es el arma que nos estaban escondiendo
Te han enseñado a temer la inteligencia artificial.
Y hacen bien en tenerte asustado, porque una ciudadanía que teme la tecnología se la deja entera al poder. Y una tecnología en manos del poder sin vigilancia popular no libera: ata.
Pero usada desde abajo, la tecnología es la primera arma seria que hemos tenido nunca contra la opacidad del poder. Concretamente:
- Trazabilidad del dinero público. Cada euro que entra y sale de una administración puede registrarse en sistemas que nadie pueda borrar ni alterar a posteriori. No un PDF escondido en un portal infumable. Registros sellados, auditables, imposibles de maquillar. Se acabó la factura que aparece y desaparece.
- Auditoría algorítmica en tiempo real. Una IA puede cruzar contratos, adjudicaciones, sociedades, patrimonios, fechas y parentescos. Puede detectar al primo que gana siempre el concurso, la empresa creada tres semanas antes de la adjudicación, el patrimonio que no cuadra con el sueldo, la consultoría que factura sin que nadie explique qué coño consulta. Lo que a un juzgado le cuesta cinco años a un sistema bien diseñado le cuesta una tarde. Y no se cansa. No se acojona. No recibe una llamada para mirar hacia otro lado. No aspira a que le nombren director general.
- Deliberación continua. Una sociedad adulta puede ser consultada, medida y activada de forma permanente. No para votar todo a lo loco, que sería otra estupidez. Para impedir que el poder actúe como si la ciudadanía fuera un mueble decorativo que se visita cada cuatro años.
- Explicación obligatoria. Si una máquina o un político decide algo que te afecta, tienes derecho a saber por qué, quién lo ordenó, qué criterio siguió y quién responde si sale mal. La opacidad no puede seguir siendo el refugio del corrupto, del incompetente y del cobarde.
La idea es demoledora precisamente porque es simple: quitarle al poder la oscuridad, porque la corrupción no necesita ideología, necesita sombra.
Enciende la luz y verás correr a las cucarachas.
Pero la herramienta no vale una mierda sin lo otro
Tecnología sin ciudadanos que piensan solo cambia de amo.
Lo difícil no es votar distinto. Lo difícil es pensar distinto.
Votar sin pensar es el negocio perfecto de los de siempre. Pensar sin estructura es el paraíso del charlatán con buena oratoria. Necesitamos las dos cosas a la vez: herramientas para vigilar y cabezas formadas para usarlas. Porque el día que una masa crítica de gente aprenda de verdad a mirar, el sistema empieza a temblar sin necesidad de quemar nada.
No hace falta una revolución de piedra y fuego, hace falta una revolución de criterio. Y aquí está el corazón de todo, la idea que más me importa que te lleves: El poder siempre estuvo abajo.
Siempre.
Algunos se creen que el milagro económico de China lo hizo su dictadura.
Y un cuerno.
Lo hicieron millones de chinos levantándose cada puta mañana, trabajando, produciendo, aprendiendo, fabricando y sosteniendo. El régimen se colgó la medalla, como hacen siempre los de arriba. Pero el músculo estaba abajo. Siempre está abajo.
El mundo no lo construye el que firma con boli de oro en la foto.
Lo construye el que madruga. El que monta. El que limpia. El que programa. El que conduce. El que cuida. El que paga. El que sostiene callado mientras otro se lleva el aplauso y la pasta.
El poder real es la suma de millones de vidas que todavía no se han creído su propia fuerza.
Por eso seguimos dando las gracias al que nos pisa.
Diez libros. Una sola infección.
No te pido que me creas.
Te pido que leas, te enfades, me contradigas si puedes, y pienses por tu cuenta. Cada libro apunta al mismo sitio desde una edad distinta. Porque el virus tiene que entrar donde el lector está, no donde yo quiero que esté.
Todo saldrá junto. En una caja. Se llamará El Virus. Porque eso quiere ser exactamente: un virus de la duda. No la duda cobarde que paraliza. La que rompe la cuchara de oro con la que te sirven la realidad ya masticada y te obliga a mirar otra vez lo que dabas por evidente.
Pablo y el Hilo (10 años). La semilla. Un niño descubre que vivir es coser con otros la parte del mundo que te toca tocar. Parece un cuento. Es la base de todo.
Rufo, quiero ser influencer (15 años). Un chaval cree que quiere ser famoso. Lo que descubre es cómo las redes capturan el pensamiento, dopan el cerebro y esterilizan la cabeza de manera fríamente maquiavélica. El poder ha aprendido a colonizarte antes de que llegues a votar.
Ya elijo (18 años). Una chica de 18 llega perdida a unas prácticas y descubre que elegir no es marcar una casilla: es aprender antes a no dejar que otros elijan por ti. La misma cría que no sabe qué hacer con su vida ya puede votar. Ahí está el golpe.
¿Se puede saber qué es el amor? Una novela sobre deseo, poder y vacío. Empieza con una frase brutal: “si me lo follo, soy alcaldesa”. Porque a veces la política no empieza en las ideas. Empieza en la instrumentalización del cuerpo, del deseo y de la ambición. ¿Ficción? Piénsalo otra vez.
100 preguntas para que leas los frutos libros. La puerta gamberra. Preguntas incómodas, respuestas sin corbata, alguna hostia con humor y la conexión con SoyDe. Para el que quiere asomarse antes de comprometerse.
Propósito. El centro de todo. Por qué una vida sin propósito puede parecer viva y estar funcionando como un cadáver con agenda. Y por qué lo mismo le pasa a un país.
Tú importas. Mi parte. Mi familia, mis muertos, mis errores gordos, mi mujer, mis hijos, mi forma de acertar y de hacer el idiota. Sin trampa ni cartón. Me desnudo para que veas que quien habla no es un teórico limpio desde un púlpito.
Tú eres el Estado. El puente. Donde el yo entiende que no es un súbdito que pide permiso. Es parte de la estructura. Y cuando millones lo entiendan, el poder cambia de manos sin disparar un tiro.
Constitución Nexocrática. El modelo completo. Duro, discutible, mejorable. Pero al menos una propuesta entera frente a tanta queja vacía. Destrózala si puedes. Mejórala si te atreves.
Y ahora ya me puedo morir. El cierre. Lo que uno deja, lo que debe desaparecer con él y cómo retirarse sin convertirse en estatua ni en carga para nadie.
A lo que iba
Yo no soy nadie.
No tengo partido.
No tengo escaño.
No tengo chófer.
No tengo un asesor escribiéndome las frases redondas.
Pero tampoco soy nada.
Tengo empresas que pisan calle de verdad. Tengo medios que intentan informar sin pedir permiso al amo de turno. Tengo hijos a los que no quiero dejarles un país convertido en vertedero moral. Y tengo una certeza cada vez más dura y más clara:
Con más inteligencia y más propósito, el mundo iría infinitamente mejor.
No es una frase bonita.
Es una amenaza.
- Una ciudadanía inteligente amenaza al corrupto.
- Una ciudadanía formada amenaza al manipulador.
- Una ciudadanía con propósito amenaza al parásito.
- Una ciudadanía que entiende que el poder está abajo deja de comportarse como público y empieza a comportarse como dueña.
Zapatero hoy. Mañana otro. Pasado otro más.
La lista seguirá creciendo mientras la máquina siga intacta, engrasada y produciendo los mismos resultados con distintas caras.
- No la cambia un partido.
- No la cambia un líder nuevo.
- No la cambia otro cartel electoral con sonrisas de dentífrico y promesas de cambio de tres euros.
La cambia una ciudadanía que despierte y descubra que el poder de arriba siempre fue prestado.
Y que lo prestado se devuelve.
Por eso escribo diez libros. Por eso hablo de Nexocracia. Por eso insisto aunque me llamen raro, intenso o los dos.
No porque me crea alguien.
Sino porque estoy hasta los cojones de no ser nada haciendo nada.
Y a la política de la cuchara de oro, del sillón heredado, del contrato amañado, del familiar colocado sin mérito y de la puerta de atrás bien engrasada, solo hay que decirle una cosa:
Aparta.
Porque abajo estamos aprendiendo a mirar.
Y cuando abajo mira de verdad, arriba empieza a tener miedo de verdad.