Hoy, domingo, pensaba descansar. Ha sido una semana dura, quizá, para mí, la semana más dura desde el atentado del 11-M. Se han juntado dos grandes vivencias. La semana pasada viví en Perú cómo la pobreza y la opulencia conviven, con incertidumbres, pero conviven. Vi un país donde todos los días la gente se juega la vida por llegar a los sitios. Tartanas que aquí no valdrían casi para chatarra allí hacen posible que la gente se gane la vida. Autobuses que parecen sacados del NO-DO, sin cristales, pasan a diario por zonas controladas por venezolanos a punta de pistola.
Aterricé y el lunes lo pasé entre el distrés y el cambio horario. El martes arranqué y el miércoles, llegando a la oficina, me encuentro con el posible accidente. Consigo hablar con un amigo que no estaba de servicio en la GC, pero me dice que hay otro compañero suyo que acaba de llegar y que le decía que era una catástrofe, que quizá habría más de 100 muertos.
100 muertos.
No daba crédito. A unos kilómetros de mi casa…
¡¿Qué hago?! ¿Ir? ¿Servirá de algo? Aún recuerdo cómo nos fuimos un grupo de amigos al 11-M a ver si podíamos ayudar en algo…
Dantesco…
En los albores de la comunicación cuántica, 100 muertos porque un puto sistema basado en australopitecos no se ha cambiado.
Ahora dicen que 170 veces se cayó en lo que llevamos de año…
¿Te imaginas que el sistema de seguridad del banco donde guardas tu dinero se quedara expuesto 170 veces, vigilado por un tipo con porra, pero sin pistola?
Se queda sin las cámaras, sin la alarma y sin siquiera el control de accesos porque al ministro del banco le ha dado por colocar a sus amigotes a contar los billetes que hacen falta para mejorarlo y desviarlos a las empresas de sus amigotes, incluso en República Dominicana.
Mientras, 70 personas mueren porque todo eso falló.
Podría entrar en el detalle de las declaraciones de ayer de Puente, pero solo diré una cosa: las víctimas —estas, las de la dana, las de Adamuz y todas las víctimas—, si pudiesen hablar con libertad y sin miedo a la presión mediática, no pedirían solo tu dimisión: ¡pedirían colgarte del palo mayor!
¿Entiendes, Óscar? ¿Qué alivio tendrían, dices? Pues que esto no pasará por una tercera vez… ¿Te parece poco? El alivio no solo lo tendrían ellas… Lo tendríamos todos…
¡Hijo de la gran puta!
No tienes ni las capacidades ni la integridad moral para seguir ni un solo segundo más dirigiendo los destinos de millones de personas que, por necesidad, tienen que viajar en tren.
Solo tú sabes por qué lo haces, y la respuesta es clara: si te vas, otros sacarán a la luz rápidamente que tu gestión ha sido genocida, por inacción y, lo que es peor, por dejación absoluta de tus funciones, sin entrar siquiera en el fondo de si realmente eres consciente de ellas, porque creo que la inteligencia que te otorgó el universo es inversamente proporcional al tamaño de tu organismo.
Llevo semanas diciendo que algo gordo se venía. Nunca pensé esto, pero el patrón, elecciones tras elecciones, en España se repite: un drama antes de votar.
En esta ocasión creo que la realidad ha superado el guion y nos hemos encontrado con un estremecedor accidente en el que muchas vidas humanas han sido segadas, pero todas ellas han hecho un gran, grandioso servicio a su país.
Su muerte no será en vano. Sé que es muy duro verlo desde esta perspectiva, lo sé, pero su muerte pondrá fin a una tragedia quizá aún mayor.
Siento de corazón cada una de esas muertes como si de un trozo de mí se tratase. No soy capaz de ponerme en cualquiera de esos rostros y no sentir el dolor.
Pero no es solo este accidente: fue el covid y su inacción, fue la dana y su inacción, fue Adamuz, fue Ceuta, fue el resurgir de ETA, fue la polarización social, media España facha…
En fin, termino dándoles las gracias a todas estas personas que han dejado su vida aquí. Sin el sinsentido de su muerte, quizá este ser que aprendió en las saunas de su suegro los valores éticos de la sociedad habría seguido siendo el presidente de una nación, ahora sí, fallida…
Este es el principio del fin y el fin de la agonía.
Ahora toca reconstruir y dignificar a los muertos.
Nunca pensé que diría algo así.
¡Viva España, y vivan todos aquellos que, por nuestra culpa, murieron injustamente!