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Un Gobierno por los pelos
Feijóo puede ofrecer gestión. Ayuso, una identidad política reconocible.
Madrid |

Feijóo puede ofrecer gestión. Ayuso, una identidad política reconocible. Y quizá la verdadera grandeza de un líder consista en comprender que compartir el protagonismo no significa perderlo.

Hay afirmaciones que merecen ser escuchadas, especialmente cuando contradicen aquello que estamos convencidos de saber.

Iván Redondo ha vuelto a poner su prestigio profesional sobre la mesa al sostener que Pedro Sánchez podría superar electoralmente al Partido Popular. Y no hablamos de un tertuliano cualquiera. Hablamos de alguien que conoce las entrañas del poder, comprende la complejidad de nuestro sistema electoral y sabe que unas elecciones generales se deciden también en esas provincias donde unos pocos miles de votos pueden cambiar un escaño.

Yo no comparto necesariamente su pronóstico. Pero lo respeto.

Y, sobre todo, me interesa comprender qué está viendo que otros parecen incapaces de interpretar.

Porque hay una pregunta que el Partido Popular debería hacerse antes de volver a explicarnos por enésima vez los errores de Pedro Sánchez.

¿Por qué alguien que está profundamente decepcionado con su Gobierno podría volver a votarle?

La respuesta, a mi juicio, tiene bastante menos que ver con la gestión de lo que algunos parecen creer.

La gestión ya no enamora

Llevo muchos años trabajando con información, comunicación y comportamiento de audiencias. En nuestra estructura tecnológica manejamos datos de millones de usuarios y observo continuamente cómo responden a los estímulos informativos que reciben.

Sé que determinados titulares despiertan inmediatamente el interés de ciertos públicos mientras otros pasan inadvertidos. Sé que una misma noticia puede provocar respuestas radicalmente diferentes dependiendo de cómo se presente. Y sé que la identificación previa del lector condiciona extraordinariamente su disposición a prestar atención.

No voy a convertir esta columna en una exposición de nuestros modelos de análisis ni de nuestra tecnología. Tampoco pretendo presentar estas observaciones como una encuesta electoral.

Pero sería absurdo ignorar lo que aprendo diariamente de esa interacción entre información y comportamiento humano.

Y mi conclusión es inquietante.

La gente no siempre busca información para comprender lo que sucede. Con demasiada frecuencia busca información para confirmar aquello que ya cree.

En política, ese comportamiento adquiere una dimensión extraordinaria.

El ciudadano no vota necesariamente a quien administra mejor. Vota también a quien representa sus convicciones, sus temores, sus aspiraciones y, especialmente, su identidad.

Y ahí encuentro una de las grandes dificultades del Partido Popular.

Feijóo continúa reivindicando una política de gestión, solvencia administrativa y estabilidad institucional, mientras Vox ha construido una identidad mucho más explícita alrededor de determinadas posiciones ideológicas.

Vox no necesita exhibir una trayectoria de gobierno nacional para disputar ese espacio. Su principal argumento es precisamente su discurso político.

Y crece en un terreno donde el PP parece empeñado en responder con balances administrativos.

En el otro extremo, Pedro Sánchez ha comprendido la importancia de la identidad política. Ha intensificado su discurso hacia la izquierda, compitiendo con las formaciones situadas en ese espacio y aprovechando el rechazo que una parte del electorado socialista siente hacia las alternativas de derecha.

No necesita que todos sus votantes estén satisfechos.

Le basta con que muchos consideren inaceptable la alternativa.

Y esa es una diferencia esencial.

Una cosa es votar por descarte y otra votar por convicción.

El Partido Popular parece confiar demasiado en el primero y dedicar insuficiente atención al segundo.

Feijóo tiene Galicia. Ayuso tiene Madrid.

No pretendo minusvalorar la trayectoria de Alberto Núñez Feijóo. Gobernar Galicia durante años constituye una experiencia política relevante.

Pero Galicia y Madrid no tienen la misma proyección sobre el conjunto de España.

Madrid es mucho más que una comunidad autónoma. Es la capital del Estado, uno de sus principales centros económicos, un destino universitario para miles de jóvenes y una referencia sanitaria para ciudadanos de numerosas provincias.

Un segoviano que acude a Madrid para recibir un tratamiento especializado, una familia de Teruel que envía a sus hijos a estudiar a la capital o un empresario de Valladolid que desarrolla aquí parte de su actividad conocen Madrid de una manera que trasciende las fronteras administrativas.

Y esa realidad tiene consecuencias políticas.

Madrid dispone de una centralidad nacional que convierte su actividad cotidiana en una experiencia compartida por ciudadanos que no participan en sus elecciones autonómicas.

La prosperidad madrileña no nació con Ayuso, pero su Gobierno forma parte de la etapa política que hoy observamos.

Y existe otra diferencia todavía más importante.

Ayuso ha construido una identidad política reconocible.

Se puede compartir o rechazar su discurso, pero resulta difícil confundirlo con el de cualquier otro dirigente.

Feijóo representa una forma de liderazgo asociada a la administración y a la estabilidad.

Ayuso representa una forma de liderazgo mucho más explícita en el terreno de las ideas y de la confrontación política.

Y aquí es donde aparece una posibilidad que merece abandonar los pasillos del partido para convertirse en un debate público.

¿Y si uno más uno fueran dos?

¿Por qué no una vicepresidencia del Gobierno de España para Isabel Díaz Ayuso?

¿Por qué no explorar una dirección política compartida en la que Feijóo conserve la presidencia y Ayuso asuma un protagonismo real, con responsabilidades propias y una identidad reconocible?

No estoy hablando de una fotografía de campaña.

Estoy hablando de una concepción diferente del liderazgo.

Feijóo aportaría su experiencia administrativa y su perfil institucional. Ayuso incorporaría su trayectoria madrileña y una identidad ideológica que ya ha desarrollado ante la opinión pública.

La Constitución permite una o varias vicepresidencias del Gobierno, aunque no contempla una copresidencia del Ejecutivo. Pero el liderazgo político puede organizarse de muchas maneras dentro de los límites institucionales y de las normas internas de un partido.

Lo verdaderamente importante no sería el nombre del cargo.

Sería la voluntad de compartir el proyecto.

Estamos acostumbrados a interpretar el poder como una propiedad indivisible. Si alguien gana protagonismo, otro necesariamente debe perderlo.

Pero ¿quién ha establecido que dos dirigentes con capacidades diferentes no puedan construir una dirección en la que ambos conserven su personalidad política?

¿Por qué la suma debe producir siempre uno y no dos?

Aquí entra en juego una palabra que echo extraordinariamente de menos en nuestra política.

Generosidad.

Se nos habla continuamente de emergencia nacional, de momentos históricos y de la trascendencia de las próximas elecciones.

Pues bien, cuando se invoca semejante excepcionalidad, también debería existir disposición a tomar decisiones excepcionales.

La grandeza de un dirigente no consiste exclusivamente en demostrar que puede hacerlo todo.

Consiste también en reconocer lo que otros pueden aportar.

Y la grandeza de una organización no debería medirse por la capacidad de sus dirigentes para eclipsarse mutuamente, sino por su inteligencia para construir un proyecto común.

Pedro Sánchez ha demostrado, desde otra estructura política, que el protagonismo gubernamental puede distribuirse entre distintas organizaciones. Yolanda Díaz ha mantenido responsabilidades ejecutivas y una identidad propia dentro de un Gobierno presidido por un socialista.

No es una fórmula idéntica. PSOE y Sumar son partidos diferentes, mientras Feijóo y Ayuso pertenecen a la misma organización.

Pero precisamente por eso resulta interesante la comparación.

Si un Gobierno de coalición puede albergar liderazgos diferenciados, ¿por qué un partido con distintas sensibilidades no puede explorar una dirección que las reconozca expresamente?

La generosidad política no consiste en regalar cargos.

Consiste en comprender que el propósito colectivo puede ser más importante que la exclusividad del protagonismo.

Y entonces aparece Vox

La consecuencia ideológica de esa decisión merece una reflexión particular.

Hasta ahora, una parte de la competición entre PP y Vox parece organizada alrededor de una diferenciación bastante clara.

El Partido Popular reivindica especialmente su capacidad de gestión. Vox ofrece un discurso identitario más contundente.

Pero una dirección compartida entre Feijóo y Ayuso cambiaría los términos de esa discusión.

El PP dejaría de presentarse exclusivamente a través del perfil administrativo de su presidente y reconocería dentro de su dirección nacional una sensibilidad ideológica mucho más explícita.

Y eso importa.

Porque si dentro del mismo partido existen dos liderazgos capaces de representar dimensiones diferentes de su proyecto, la discusión con Vox ya no se desarrolla exactamente en los mismos términos.

No estoy diciendo que desaparezcan las diferencias programáticas ni que los votantes de Vox cambien automáticamente de posición.

Estoy señalando algo más profundo.

Una cosa es necesitar los escaños de otro partido para gobernar y otra aceptar que ese partido monopolice la representación de determinadas convicciones políticas.

La aritmética parlamentaria seguirá dependiendo de los ciudadanos.

Pero la identidad de una organización depende también de cómo decide representarse.

Y en ese terreno, una dirección compartida modificaría la ecuación política.

Del voto contra Sánchez al voto por un proyecto

Aquí llegamos al verdadero corazón de mi reflexión.

El Partido Popular dedica una parte considerable de su discurso a explicar por qué Pedro Sánchez no debería continuar gobernando.

Pero demostrar los errores del adversario no equivale a construir una alternativa que despierte identificación.

El rechazo puede movilizar.

La convicción también.

Y no producen necesariamente la misma relación entre ciudadanos y representantes.

Ayuso despierta adhesiones políticas intensas entre sus partidarios. Feijóo proyecta una imagen política distinta. La cuestión es si esas formas de representación podrían convivir dentro de una propuesta nacional y qué respuesta encontrarían entre ciudadanos que hoy votan al PP, a Vox, a otros partidos o se abstienen.

No basta con trasladar los resultados de Madrid al conjunto de España. Tampoco sería riguroso afirmar que la presidenta madrileña despierta el mismo entusiasmo en todas las provincias.

Pero sería igualmente limitado descartar su proyección nacional únicamente porque su experiencia electoral se ha desarrollado en una comunidad autónoma.

Esa es precisamente la hipótesis que merecería comprobarse.

¿Podría una dirección compartida transformar la percepción del PP entre ciudadanos que hoy lo contemplan principalmente como una alternativa administrativa?

¿Podría representar sensibilidades que actualmente buscan su expresión en otras formaciones?

¿Y qué electores podrían alejarse de esa fórmula?

La respuesta no puede obtenerse mediante una simple suma de popularidades.

Necesita datos, análisis territorial y una comprensión mucho más profunda de las motivaciones electorales.

Madrid puede cambiar de presidenta

Una eventual incorporación de Ayuso al Gobierno de España obligaría a afrontar su sucesión en la Comunidad de Madrid.

Naturalmente.

Pero Madrid dispone de instituciones y procedimientos para garantizar la continuidad de su Gobierno.

Ninguna comunidad autónoma debería depender de manera insustituible de una sola persona.

Y tampoco España.

Por eso me interesa especialmente la dimensión institucional de esta hipótesis.

Si quienes consideran que España atraviesa una situación excepcional creen realmente en la gravedad de su diagnóstico, deberían estar dispuestos a examinar soluciones que no se limiten a repetir las estructuras habituales de liderazgo.

Eso no convierte automáticamente cualquier fórmula nueva en una solución acertada.

Pero sí obliga a distinguir entre preservar las instituciones y preservar los protagonismos personales.

Porque no son lo mismo.

Un Gobierno por los pelos

Volvamos a Iván Redondo.

Puede acertar. Puede equivocarse.

Pero su pronóstico merece atención porque nos recuerda que las elecciones no se deciden mediante el convencimiento de quienes consideran que su adversario merece perder.

Se deciden mediante votos, circunscripciones, escaños y acuerdos parlamentarios.

Y en esa compleja aritmética intervienen motivaciones que no siempre aparecen reflejadas en los balances de gestión.

El Partido Popular tiene ante sí una discusión que trasciende la figura de Feijóo y la de Ayuso.

¿Quiere construir su identidad nacional alrededor de un único estilo de liderazgo o está dispuesto a reconocer expresamente las distintas sensibilidades que conviven en su organización?

¿Concibe el poder como una posición que debe concentrarse o como una responsabilidad que puede compartirse?

¿Y qué entiende por generosidad política cuando habla de la importancia histórica de las próximas elecciones?

La hipótesis de una vicepresidencia de Ayuso no resuelve por sí sola esas preguntas.

Pero obliga a formularlas.

Y eso ya tiene valor.

Porque un Gobierno puede depender de un puñado de escaños.

Una mayoría, de unos pocos miles de votos.

Y una legislatura, de acuerdos que hoy parecen improbables.

Un Gobierno por los pelos.

Pero si algo debería preocuparnos más que la estrechez de una mayoría es la estrechez de una concepción del liderazgo que confunda compartir responsabilidades con perder autoridad.

La historia política está llena de dirigentes que consiguieron acumular poder.

Mucho más interesante resulta preguntarse cuántos supieron compartirlo sin perder de vista el propósito para el que lo recibieron.

Porque la grandeza política no siempre consiste en ser imprescindible. A veces consiste en construir algo que pueda ser más grande que uno mismo.

Y, puestos a hablar de generosidad, de proyectos compartidos y de matrimonios de conveniencia política, permítanme terminar con una pequeña irreverencia:

Alberto, quizá sea el momento de casarse con una jovenzuela.

Eso sí, procura que el matrimonio sea de dos. Que los terceros, en política, suelen salir caros.