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Tips para usar a Dios
La Biblia se convierte en el arma para ganar las elecciones
MADRID |

"Amarás al prójimo como a ti mismo". Esta es la jaculatoria que más resuena últimamente en parlamentos, redes y mítines; ese rincón donde la derecha y la izquierda se encuentran tras la desaparición del centro. Resulta curioso que la regularización extraordinaria haya rescatado un texto que tiene más siglos que yo —lo cual no es un gran mérito, pero sí un síntoma—. Parece que la política ha descubierto que, para conseguir votos, no hay nada como el aroma del incienso.

La Biblia, un libro con más de mil páginas en las que se recogen diferentes proclamas y, entre ellas, la vida de Jesús y sus enseñanzas. De las más destacas, nos encontramos los dos mandamientos que instauró para resumir las siete normas de las tablas de Moisés: "Amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo". La segunda parte la tenemos masticada, la primera ya es otro cantar.

Es fascinante cómo el lenguaje bíblico ha pasado de ser algo anticuado a una herramienta de marketing emocional. Al citar el "amarás al prójimo", los políticos no están haciendo teología, están buscando un atajo moral, porque acoger al otro es la base de cualquier sociedad que se considere libre. Es difícil llevarle la contraria a alguien que usa una frase que cimenta la civilización occidental sin parecer un desalmado. Un truco 'pleistocénico', pero infalible.

De esta manera tanto Dios como la Iglesia se han posicionado en el centro del debate sin ni siquiera haber pronunciado ni una palabra al respecto. "¡Eso no es cierto! El propio Papa León XIV ya ha hablado de la crisis migratoria". Correcto, porque cuando tienes a una marea hablando por ti, decides tomar el micrófono para que se escuche tu propia voz, sin interferencias, que ya conocemos cómo termina el juego del teléfono escacharrado.

Así, el Papa se ha pronunciado y no solo con palabras, sino con actos que, hasta la fecha, no he visto ejecutar ni siquiera al propio líder de nuestro país. León XIV acudirá a las Islas Canarias para conocer de primera mano la situación que están viviendo, se trasladará este mismo verano entre aplausos y escupitajos, pues algunas declaraciones sirven como citas en discursos políticos, y otras como mensajes "de odio" para seguir denunciando a una Iglesia que, aún callada, tiene más vida que nunca.

En fin. Entre proclamas y arengas, todo se convierte en "sermones", pero nadie ha cogido un avión o un barco para desplazarse a Canarias, a Ceuta, a Melilla o a los lugares más pobres de África, documentarse y, con información veraz, proponer soluciones reales. Y claro que aquí tienen hueco, ¿quiénes somos los españoles para decir: este país es solo mío? Doy un paso más: ¿Quiénes somos las personas para dividirnos entre ciudadanos de primera, de segunda y de decimocuarta?

Más allá de las cifras de una regularización o del frío articulado de las leyes de extranjería, existe una realidad humana que la política esquiva sistemáticamente: las soluciones en origen. Son complejas, costosas y, sobre todo, no caben en un eslogan de mitin. Sin embargo, la eficiencia no debería medirse en votos, sino en dignidad.

¿De qué sirve la acogida si tiene fecha de caducidad? Una vez que se cumple el tiempo establecido para alimentar el 'book personal' de algún dirigente, muchos son abandonados a su suerte. En ese punto, cabe preguntarse: ¿qué diferencia hay entre el empobrecimiento crónico en sus países y el desamparo en nuestras calles? Quizá solo que aquí no hay balazos ni ejércitos que ahoguen de forma explícita, pero el resultado es el mismo: una condena a la invisibilidad. No podemos llamar hospitalidad a lo que es, en realidad, un paréntesis antes de la exclusión.

Hay una muerte silenciosa que está empezando a aniquilarnos: la muerte social. El empobrecimiento extremo, hasta el punto en el que ver una especie de chabola "unifamiliar" enfrente de la Asamblea de Madrid llega a normalizarse. En fin, no quiero ensuciarme más los zapatos.