La reciente visita y declaraciones del Papa al Congreso de los Diputados han funcionado como un reactivo químico: han bastado unas pocas palabras sobre la centralidad de la dignidad humana, la acogida al migrante y el peligro de las "simplificaciones estériles" para retratar, una vez más, las costuras y las vergüenzas del panorama político español. Ningún partido sale bien parado de la foto.
El caso más flagrante de disonancia cognitiva lo firma VOX. El partido que se autoproclama como el único y verdadero "adalid de la libertad" frente al pensamiento único, la formación que presume de dar batallas culturales sin complejos, ha decidido ponerse la mordaza a sí mismo. Que sus cargos no puedan acudir a debates a confrontar ideas sobre el discurso del Papa —salvo que cuenten con el plácet explícito del portavoz nacional— es un monumento a la hipocresía. Resulta que la libertad, para los de Abascal, es un concepto que se defiende de puertas para afuera, pero que dentro de casa se gestiona con el centralismo democrático más rígido. Si no eres del núcleo duro, mejor calladito, no vaya a ser que la doctrina patine frente a las encíclicas.
Por su parte, el Partido Popular asiste al escenario con el pie cambiado y una evidente empanada estratégica. El discurso social de la Iglesia (especialmente en materia de migraciones) y su toque de atención al crecimiento de la crispación ultra los deja en una posición incomodísima. No saben si aplaudir la llamada al orden institucional o ponerse de perfil para no enfadar a su flanco derecho. El PP gallega entre el respeto institucional y el despiste absoluto, demostrando una vez más su incapacidad crónica para liderar un relato propio cuando el viento no sopla a favor de obra.
En el Palacio de la Moncloa han recibido las palabras del Pontífice como agua de mayo, utilizándolas como escudo moral y balón de oxígeno. Sin embargo, la realidad es tozuda. Mientras el PSOE intenta estirar la alfombra roja del Vaticano para tapar las vergüenzas, el día a día del partido sigue embarrado en comisiones de investigación, respirando al ritmo que dictan los titulares judiciales y los escándalos de presunta corrupción pendientes. La "cultura del encuentro" que pide Roma contrasta radicalmente con un Gobierno acorralado por la aritmética parlamentaria y sus propios fantasmas internos.
¿Y qué pasa con los demás? El bloque de la izquierda a la izquierda del PSOE y los socios nacionalistas e independentistas han optado por el manual de instrucciones previsible. Unos, cayendo en el anticlericalismo de trazo grueso y las protestas de pancarta, incapaces de diseccionar la profundidad política y económica del mensaje papal. Los otros, los socios de investidura, sumidos en su eterno bucle autonómico y calculando con lupa si la presencia o ausencia en el hemiciclo les da o les quita un puñado de votos en su territorio.
Las declaraciones del Papa no han cambiado nada, pero lo han destapado todo. Han dejado al descubierto una política española infantilizada, donde la libertad de expresión es de consumo interno, la oposición carece de brújula, el Gobierno vive al día entre juzgados, y el resto del arco parlamentario sigue incapaz de levantar la mirada del suelo.