Cuando pensamos en el duelo, casi siempre lo asociamos a la muerte de alguien querido. Pero hay otras pérdidas que también duelen, que también necesitan ser lloradas y que, sin embargo, rara vez se nombran como lo que son. Una casa que ya no existe, un huerto que se quemó, un barrio irreconocible: también eso es duelo. Y quienes lo atraviesan tienen derecho a que se les acompañe.
Existe un concepto en psicología llamado pérdida ambigua, que describe aquellas pérdidas que no encajan en el molde social que solemos dar al duelo. Cuando muere una persona, hay un funeral, un pésame, un ritual compartido que legitima el dolor. Cuando se pierde una casa, unos animales o unos objetos con historia, en cambio, es frecuente escuchar frases como "menos mal que estáis todos bien" o "son solo cosas materiales".
Esas frases, aunque bien intencionadas, minimizan un dolor real. Porque detrás de una casa quemada no hay solo ladrillos: hay la habitación donde creció un hijo, la cocina donde se celebraron cumpleaños, el jardín que alguien cuidó durante veinte años. Detrás de los animales perdidos hay vínculos afectivos genuinos. Y detrás de los objetos, memoria viva de quienes ya no están o de etapas que no volverán.
Tras un incendio, muchas personas atraviesan duelos múltiples y simultáneos: el duelo por el hogar, por la seguridad que se daba por hecha, por los proyectos que había en marcha, por los animales, por los recuerdos materiales y, en los casos más duros, por personas queridas. Cada una de estas pérdidas tiene su propio peso y su propio tiempo, y no es necesario jerarquizarlas ni compararlas con las de otros para que sean legítimas.
Es habitual escuchar hablar de "fases del duelo" —negación, ira, negociación, tristeza, aceptación— como si fueran un camino recto y ordenado. En la práctica clínica sabemos que no funciona así. Estas fases son más bien estados emocionales que se alternan, se repiten y a veces conviven en un mismo día: se puede sentir alivio por seguir con vida y, minutos después, una culpa que no se sabe de dónde viene; se puede estar organizando papeles del seguro y, de pronto, romper a llorar por una fotografía.
Nada de eso es contradictorio. Es, simplemente, cómo funciona el duelo cuando es real.
Si estás atravesando esta pérdida, hay algunas ideas que pueden ayudarte a sostenerte:
Permítete nombrar lo que perdiste, sin minimizarlo. No hace falta compararlo con lo de otros para que tu dolor tenga sentido.
Date tiempo. No existe un plazo correcto para "estar bien". El duelo no se cierra por decreto ni por calendario.
Habla de ello, si te ayuda. Contar lo que pasó, lo que sentiste, lo que echas de menos, es una forma de empezar a integrar la experiencia.
Cuida los rituales, aunque sean pequeños. Volver a un lugar, plantar algo nuevo, guardar una foto en un sitio especial: estos gestos simbólicos ayudan a dar un lugar a lo perdido sin que ocupe toda la vida.
Permítete también los momentos de alivio o alegría. Sentir un rato de calma o incluso de risa no significa traicionar lo que se ha perdido. Es parte de seguir vivo.
Si tienes cerca a alguien que ha vivido esta pérdida, evita frases como "podría haber sido peor" o "tienes que ser fuerte". En su lugar, ofrece presencia: "no sé qué decirte, pero estoy aquí", "cuéntame lo que has perdido, quiero saberlo", "tómate el tiempo que necesites". A veces, lo que más ayuda no son las palabras perfectas, sino la disposición genuina a escuchar sin corregir ni apresurar.
Los incendios de estos días han dejado, además de un paisaje herido, muchos duelos que todavía no tienen nombre en la conversación pública. Ponerles palabra es también una forma de empezar a sanarlos.
Si esta pérdida te ha tocado de cerca y sientes que necesitas acompañamiento, no dudes en contactarme.
Soy la Dra. Yisselle Vázquez, psicóloga clínica especializada en duelo y trauma, y estaré encantada de ayudarte a transitar este proceso.
Psicóloga Clínica en Pozuelo de Alarcón, Madrid.