Parece que en estos tiempos modernos está de moda contar nuestros sueños, por muy extraños e interpretables que puedan parecer a los demás. Así que yo también me voy a atrever a contar uno de los míos. Como dicen es estos tiempos leemos, no juzgamos.
El otro día soñé con un niño que pasaba la tarde en un parque infantil. Pero no era uno de esos espacios modernos, con suelo acolchado y juegos en forma de castillo, donde hasta los golpes parecen estar homologados. No. Era un parque como los de antes, con arena de río y columpios de hierro, de aquellos en los que un descuido podía costarte un chichón o, directamente, partirte la crisma.
De repente, del arenero comenzaron a surgir, como zombis en Halloween, unos folletos que tenían toda la pinta de ser programas electorales. Eso sí, parecían bastante modernos. Nada que ver con aquellos documentos grises y aburridos que uno imaginaba en manos de los políticos de antaño. Estos lucían diseños llamativos, letras de última generación y colorines para todos los gustos.
El niño, más curioso que asustado, empezó a recogerlos.
El primero no le resultó demasiado atractivo. En la portada aparecía una palabra que le recordó al diccionario de su hermana mayor, aquel repleto de expresiones en latín que nadie utilizaba en el patio del colegio. En las primeras páginas descubrió a un señor de barba prominente montado a caballo, acompañado de otros caballeros que parecían escapados de un cuadro del Museo del Prado.
Aquello tenía un aire tan antiguo que el niño llegó a pensar que las páginas desprendían el mismo aroma de colonia barata que usaba su abuelo cuando la televisión todavía era en blanco y negro.
Siguió pasando hojas y se encontró con una historia sobre el voto por correo, otra sobre si los nietos de no sabía quién tenían derecho a votar y una más sobre las supuestas trampas de un perro. El niño no entendía muy bien qué pintaban todas aquellas cosas en un programa electoral. Quizá se trataba de un libro de aventuras al que habían cambiado la cubiertas, pensó, aunque no terminaba de encontrarle el argumento.
Tiró el folleto a un lado y cogió otro que acababa de asomar por la arena.
En la portada aparecía un enorme pájaro. Su primera impresión fue que se trataba de un álbum de cromos dedicado a la fauna ibérica. Pero pronto descubrió que aquello era otra cosa.
En una de las páginas aparecía un hombre con cara de estar más perdido que un pulpo en un garaje. Tenía tal expresión de desconcierto que, si el niño se lo hubiera encontrado en una escalera, jamás habría sabido si subía o bajaba.
Pasó unas cuantas hojas más y volvió a encontrarse con el pájaro de la portada, esta vez en distintas escenas. Ahora sí: era una gaviota.
En una viñeta, el animal aprovechaba el descuido de una familia en la playa para zamparse media tortilla de patatas. En otra, parecía dispuesto a picotear un pupitre escolar. En una tercera, se acercaba peligrosamente a la camilla de una consulta médica.
El niño empezó a preguntarse si aquellos folletos electorales eran en realidad tebeos de humor. Lo que terminó de desconcertarlo fue la frase impresa en la contraportada del que ahora sostenía en sus inocentes manos, con letras enormes: "Victoria o pucherazo".
No entendió qué significaba exactamente, pero dedujo que debía de tratarse de algo muy importante, porque estaba escrito en mayúsculas y con varios signos de exclamación.
Mientras tanto, los folletos seguían brotando de la arena como pompas de jabón. Algunos flotaban por el aire; otros se resistían a salir y había que tirar de ellos con ambas manos.
Uno de color rojo llamó especialmente su atención. En la portada destacaba una gran rosa y, debajo, un título que le sonaba a película de aventuras: Manual de resistencia.
Aquel librito parecía contener de todo. Había imágenes de personajes tan tétricos que daban miedo con solo mirarlos y, justo al lado, fotografías de personas con los ojos encendidos y banderas en las que podía leerse una palabra repetida hasta la saciedad: "Remontada".
El niño no sabía muy bien qué había que remontar, pero dedujo que debía de ser algo parecido a subir una cuesta muy empinada.
Casi al final encontró la imagen de un señor apoyado en la barra de un bar, vestido con una vieja chaqueta de pana, que reclamaba la cuenta a gritos porque la comida que le habían servido no era de su agrado. El niño cerró el folleto. Aquello parecía una mezcla de álbum familiar, libro de agravios y catálogo de personajes pintorescos.
Y, sin embargo, todos aquellos documentos tenían algo en común: en ninguno había conseguido encontrar una explicación clara de lo que sus autores pretendían hacer con el país. Cierto es que al niño poco le importaba lo que le contarán sobre estas cosas de mayores, sólo quería descubrir si los que iban a mandar conservarían el parque en el que tantos buenos ratos había pasado con los amigos del barrio, nada más.
Pero el sueño todavía tenía reservada una última sorpresa.
De pronto, la zona comenzó a llenarse de gente. Hombres y mujeres salían de todas partes y se abalanzaban sobre los folletos. Cada cual recogía tantos como podía y, en cuanto tenía un buen puñado bajo el brazo, en vez de ponerse a leerlos con interés, empezaban a lanzárselos a quienes tenían enfrente.
Al igual que le pasaba a él, no parecía importarles demasiado lo que decían aquellas páginas. Pero estos eran mucho más bestias. Bastaba con que el folleto fuera del adversario para convertirlo en proyectil. Unos gritaban que los otros hacían trampas; los otros respondían que los primeros eran unos marrulleros. Había quien cogía solo los de unos determinados colores y se ponía a gritar como loco "¡confluyamos!".
El niño contemplaba la escena sin dar crédito. ¿No se suponía que aquellos papeles servían para explicar lo que cada cual quería hacer cuando llegara al gobierno? Eso al menos le contaban sus padres ¿Por qué, entonces, nadie los leía?
En medio de aquel alboroto, una voz surgida de algún altavoz invisible anunció que las elecciones estaban cerca. La noticia pareció animar todavía más a los contendientes, que redoblaron sus esfuerzos para acertar con los folletos en la cabeza de sus adversarios.
Fue entonces cuando desperté.
Todavía con las imágenes del sueño rondándome por la cabeza, encendí el televisor y volví a la realidad de mis días. Allí estaban, una vez más, los políticos, las declaraciones, los reproches y las controversias electorales. Todo me recordó demasiado a aquel parque infantil en el que los adultos se lanzaban programas a la cabeza sin molestarse en leerlos. Había candidatos, listas, remontadas, acusaciones y hasta amenazas de pucherazo, pero ¿dónde estaban las propuestas? ¿Qué planteaba cada partido para afrontar los problemas de la vivienda, el empleo, la educación, la sanidad o las pensiones? ¿Qué modelo de país defendían y cómo pensaban construirlo?
Quizá el problema no sea que los programas electorales salgan de debajo de la arena, sino que, una vez fuera, casi nadie parece interesado en leerlos. En vísperas electorales hablamos de todo: de quién encabeza las listas, de quién ha metido la pata, de quién puede ganar y de quién denuncia trampas. Pero las elecciones deberían ser algo más que una competición de eslóganes, reproches y estrategias para conquistar el poder. Deberían servir para comparar propuestas y decidir qué país queremos construir. Ya lo sé, llamadme raro, solo hace falta ver las cosas que sueño.
Apagué el televisor y volví a imaginar aquel parque. Tal vez, enterrado bajo tantos folletos, hubiera uno que nadie se había molestado en recoger. En su portada solo se leía: Proyecto de país. Sin grandes titulares ni promesas espectaculares, únicamente una invitación a leer antes de votar. Claro que eso, en estos tiempos, quizá no dé para demasiadas tertulias ni consiga convertirse en tendencia.