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El día que el PCE ya no quiso ser ruso
El Eurocomunismo y la transición al socialismo desde la democracia
Madrid |

La palabra “comunista” se ha convertido en un vocablo muy usado en la actualidad política de España. Una herramienta de polarización utilizada de forma usual en el parlamento y que, incluso, ha protagonizado el eslogan de un popular partido en cierta zona central de la península.

Al hacerlo, se alude principalmente a los regímenes chavista, cubano o estalinista y la multitud de muertos que los acompañaron, especialmente al soviético. Sin embargo, al contrario de lo desprendido del reduccionismo y difuminación del término que conlleva su uso indiscriminado, hubo un tiempo en el que los partidos comunistas occidentales dejaron de mirar a Moscú. De hecho, condenaron actos como la invasión de Checoslovaquia o el golpe en Polonia, posicionándose a favor de un cambio de sistema a través de la democracia de forma gradual, pacífica e institucional. Dicha corriente no es el otra que el Eurocomunismo.

El 'Eurocomunismo' es una tendencia del comunismo alejada de la URSS e integrada en el sistema multipartidista 

Contexto

Hasta finales de los años 60, la identificación de los partidos comunistas occidentales con el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) había sido prácticamente total. Una relación paternalista que comenzaría a resquebrajarse a partir de 1968 y que terminaría por producir el distanciamiento, principalmente, del Partido Comunista Italiano (PCI) y el Partico Comunista Español (PCE).

Para ese año, Checoslovaquia se encontraba en medio de un proceso democratizador y liberalizador político y económico, la llamada ‘Primavera de Praga’. Bajo la figura de Alexander Dubček, secretario general del Partido Comunista de Checoslovaquia (PCCH), el país había comenzado a emprender grandes reformas como la abolición de la censura, la limitación del poder de la policía política, el permiso de fundación de partidos y la decretación de la libertad de expresión. Unos cambios que tuvieron un rápido eco en otros países socialistas como Polonia o Yugoslavia.

Al este, en Moscú, el intento de cambio checoslovaco fue visto con recelo, especialmente por el entonces secretario general del PCUS, Leoid Brézhnev. Este, tras varios intentos fallidos de imponer sus condiciones de forma diplomática, terminaría por invadir Checoslovaquia en un episodio que dejó decenas de muertos y cientos de heridos debido a la resistencia de la población local. Por su parte, Dubček y otros cinco miembros del partido fueron llevado hasta Rusia, donde "se les hizo entrar en razón", firmando el ‘Protocolo de Moscú’.

Reacción

La invasión a Checoslovaquia estuvo muy lejos de ser refrendada por todos los estados y organizaciones comunistas. De forma contraria, países del Este como Albania, Yugoslavia o la Rumania de Ceaucescu condenaron abiertamente la operación, siendo considerada por el presidente rumano como “una violación muy grave de la soberanía nacional checa”.

En Asia, concretamente una República Popular China hacía ya años distanciada de las políticas soviéticas, también criticó la intervención. Una actitud curiosa debido a la propia oposición del gobierno de Mao a las reformas checoslovacas.

Por último, dentro de los partidos comunistas occidentales, la actitud de Moscú creó una brecha insalvable con el PCUS, siendo únicamente respaldada por el Partido Comunista Portugués y su homólogo griego. El resto desarrollarían una postura más o menos crítica, destacando la respuesta, sobre todo, del PCI y del PCE. Hecho que propició la creación de subgrupos dentro de ambas organizaciones financiadas desde Rusia. En España, por ejemplo, el exoficial republicano, Enrique Lister, fundaría el Partido Comunista Obrero Español, de inclinación prosoviética.

Ruptura

Antes de lo ocurrido en Checoslovaquia, el Partido Comunista Italiano ya había mostrado su disidencia respecto al PCUS. Sin embargo, desde 1968 la postura del PCI será mucho más radical y con los años las posiciones no cesarán de distanciarse. Algo parecido le ocurrirá a la formación española, aunque con menor beligerancia. Dentro de estos partidos cabe destacar dos figuras por encima del resto: Enrico Berlinguer, secretario del PCI entre 1972 y 1984, y Santiago Carrillo, secretario del PCE entre 1960 y 1982. Ambos constituirán las cabezas visibles del movimiento, aunque con diferente éxito en cada país.

Como parte fundamental de la crítica, PCI y PCE se posicionaban en contra de la llamada ‘Doctrina Brezhnev’, anunciada 1968. Esta justificaba la intervención en países comunistas, en caso de que iniciaran reformas y tratasen de “cambiar el desarrollo de algún país socialista hacia el capitalismo”. De esta manera, otorgándole a Moscú una posición dominante sobre el resto de los estados socialistas e incapacitándoles para desarrollar su propio camino. Por el contrario, las agrupaciones políticas occidentales renegaban de esa primacía, reivindicando un policentrismo que permitiera la construcción del socialismo por vías propias de cada país, nunca a partir de un mismo modelo.

Tal y como se ha citado, el distanciamiento entre partidos críticos y las posiciones prosoviéticas se agudizaron durante la segunda mitad de la década de 1970. Precisamente, consecuencia del desarrollo del ‘Eurocomunismo’. Una tendencia que para la Conferencia de Partidos Comunistas de 1976 ya tendría el consenso de la mayoría de las organizaciones comunistas occidentales.

En dicha conferencia, las posiciones eurocomunistas conjuntas se basaron, en primer lugar, en la ya mencionada independencia de cada partido respecto a cualquier centro dirigente. En segundo lugar, siendo este el mayor cambio respecto a 1968, las diferentes organizaciones marxistas occidentales optaron por un cambio en la forma de conseguir sus objetivos. Alejándose de la idea de revolución que caracterizaba la ideología comunista, a partir de entonces defenderán el transito del capitalismo al socialismo a través de las vías democráticas y de las libertades individuales. Un buen ejemplo de esto es la posición del PCE de Carrillo en la ‘Transición’ española.

Sin embargo, dicha postura conllevaría algunas contradicciones. Entre ellas, cabe destacar el mantenimiento de relaciones con estados muy alejados de un sistema democrático, como era la Rumanía de Ceaucescu. Presidente con el que el líder del PCE tendría algo cercano a una relación de amistad, siendo muy conocido el episodio del Cadillac que regaló el ‘Conducator’ a Carrillo.

Eurocomunismo: auge y caída

La apuesta eurocomunista tuvo una vida relativamente corta, ya que para la caída del muro de Berlín en 1989 era un capítulo cerrado. Sin embargo, desde 1976 hasta entonces llegó a gozar de relativa fuerza y apoyo, principalmente y de forma muy destacada, en Italia.

En el estado italiano, el PCI llegó a contar con el 34,37% de los votantes. De hecho. rozó el poder. No obstante, desde ese momento comenzó un progresiva pérdida de votos hasta bajar al 29,89% en 1987. El resto de los partidos europeos también sufrieron retrocesos electorales esos mismos años, aunque muy lejos de los resultados de Berlinguer. Por ejemplo, el Partido Comunista Francés (PCF) pasó de un 21,39% en 1973 a un 11,32% en 1988. Por su parte, el Partido Comunista Portugués (PCP) disminuiría desde el 17% cosechado en 1980 al 12,2% de 1987.

Un caso curioso es el del PCE. Este partido, principal fuerza antifranquista durante la dictadura y cabeza del eurocomunismo, nunca llegó al 11%. De hecho, Santiago Carrillo abandonaría la secretaría general en 1982 tras cosechar unos pésimos resultados del 4%. Hecho que provocó la formación de Izquierda Unida en 1986.

Así terminaría la aventura del ‘Eurocomunismo’. Un gran tema de debate e interés social que copó multitud de páginas durante los años 70 y 80. Sin embargo, desde los 90 comenzaría a desaparecer hasta la actualidad, momento en el que parece un gran tema olvidado. De forma totalmente contraria, constituyó una importante alternativa dentro del juego demócrata pluripartidista. Una forma de llegar al sistema socialista de forma diferente a la revolución. Una posición interesante en un mundo en transición entre la sociedad industrial y la postindustrial. Hasta ahora, el último intento real de cambio de sociedad.

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