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NOTICIAS | Pedro Sánchez y el coraje de los necios

Artículo de opinion de Esteban Hernando

Artículo de opinion de Esteban Hernando

Pedro Sánchez y el coraje de los necios

El que no sabe, puede aprender.

El que no quiere saber, es un necio.

El que sabe y dice no saber, es un listo.

Y el que sabe, lo usa para el mal y encima se envuelve en palabras bonitas, en España tiene nombre y apellidos: Pedro Sánchez Pérez-Castejón.

 

 

Por más que intento comprender cómo funciona la política española, cada vez entiendo menos. Y no será por falta de intentarlo. Miro los hechos, escucho las explicaciones, intento encontrar un patrón, una lógica, una razón que explique cómo hemos llegado hasta aquí. Pero llega un momento en que la explicación clásica se queda corta.

 

 

Codicia, sí.

Mangoneo, también.

Ansia de poder, por supuesto.

Partidismo, relato, colocación, clientelismo, supervivencia personal… todo eso está ahí.

 

Pero ya no basta.

 

Porque lo que estamos viendo en España no se explica solo por torpeza. Tampoco por simple ambición. Hay momentos en que uno empieza a sospechar que debajo de todo esto hay algo más grave: una forma consciente de degradar la verdad, de romper los límites, de convertir el poder en una máquina de resistencia personal, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

 

Y en el centro de esa máquina está Pedro Sánchez.

 

No como accidente.

No como error.

No como pobre hombre superado por las circunstancias.

Sino como arquitecto principal de una forma de hacer política que ha convertido la mentira en herramienta, el escándalo en rutina y la resistencia moral de España en una especie de chiste de sobremesa.

 

Lo más inquietante no es ya Sánchez. De Sánchez, sinceramente, cada uno puede seguir haciéndose el despistado si quiere. Pero a estas alturas nadie puede decir que no ha visto suficiente. Nadie puede decir que no huele nada. Nadie puede decir que todo esto es normal.

 

Lo verdaderamente preocupante es la gente.

 

Esa gente que hace unos meses murmuraba en voz baja, que reconocía que esto olía mal, que decía aquello de “yo no soy sanchista, pero…”, y que ahora, de repente, parece haber recuperado una especie de orgullo fanático. Como si cuanto más barro aparece, más ganas les entraran de meterse dentro y llamarlo piscina.

 

Eso sí que me cuesta entender.

 

Cuanta más mierda sale, más se aprietan.

Cuanta más evidencia aparece, más gritan.

Cuanto más se deteriora todo, más se convencen de que el problema no es el deterioro, sino quien se atreve a señalarlo.

 

La maquinaria política del PSOE está funcionando. Y funciona muy bien. Hay que reconocerlo. Sánchez podrá ser muchas cosas, pero tonto no es. Ha entendido algo que la derecha todavía no termina de comprender: en política ya no gana quien explica mejor la realidad, sino quien consigue que su gente necesite emocionalmente no verla.

 

Ahí está el truco.

 

El sanchismo no pide a sus fieles que crean. Les pide algo mucho más eficaz: que no miren.

Que no miren demasiado.

Que no pregunten demasiado.

Que no unan demasiados puntos.

Que no comparen lo que decían antes con lo que justifican ahora.

Que no apliquen al PSOE el mismo criterio moral que aplicarían al PP, a Vox o a cualquier otro.

 

Porque si lo hicieran, se les caería el tenderete entero.

 

Durante un tiempo pensé que el problema era solo la incompetencia mediática de Alberto Núñez Feijóo. Y ojo, existe. Feijóo tiene una capacidad casi artística para convertir una ocasión clara en una rueda de prensa con anestesia. La derecha institucional española lleva años logrando lo imposible: tener a veces razón y explicarla como si pidiera perdón por molestar.

 

Pero ya no creo que sea solo eso.

 

Feijóo comunica mal, sí.

El PP llega tarde, muchas veces.

La oposición institucional parece jugar con guantes de látex mientras enfrente le están tirando piedras.

 

Pero el problema es más profundo.

 

El problema es que una parte de España ya no quiere saber. Y cuando alguien no quiere saber, no basta con enseñarle los hechos. Porque los hechos ya no entran por la cabeza. Rebotan contra la identidad, contra el odio al contrario, contra el miedo a admitir que llevan años defendiendo algo indefendible.

 

A muchos votantes de Sánchez ya no les importa tanto lo que Sánchez haga. Les importa que no gobiernen los otros.

 

Y esa es la gran victoria moral del sanchismo: haber convencido a millones de personas de que cualquier cosa es tolerable si evita que gobierne “la derecha”, “la ultraderecha”, “los fachas”, “los reaccionarios” o cualquiera de las etiquetas que el aparato reparte cada mañana como si fueran pienso ideológico.

 

Da igual el escándalo.

Da igual la contradicción.

Da igual el deterioro institucional.

Da igual el ridículo.

Da igual que ayer dijeran una cosa y hoy la contraria.

 

Siempre habrá una excusa.

 

Y cuando no haya excusa, habrá ruido.

Y cuando no haya ruido suficiente, habrá miedo.

Y cuando el miedo tampoco alcance, aparecerá la superioridad moral de cartón piedra: “al menos nosotros somos los buenos”.

 

Esa frase ha hecho más daño a España que muchos decretos.

 

Porque cuando alguien se cree moralmente superior, deja de fiscalizar a los suyos. Y cuando deja de fiscalizar a los suyos, el poder lo sabe. Y cuando el poder lo sabe, se desata.

 

Eso es Pedro Sánchez: un político que ha descubierto que puede estirar la cuerda mucho más de lo que parecía posible porque buena parte de sus votantes no le piden decencia, le piden victoria. No le piden verdad, le piden relato. No le piden ejemplaridad, le piden que los proteja de tener que reconocer que se equivocaron.

 

Y mientras tanto, España se acostumbra.

 

Se acostumbra a que lo anormal sea normal.

A que la mentira sea estrategia.

A que la contradicción sea inteligencia.

A que la vergüenza sea cosa de antiguos.

A que el poder pueda colonizarlo todo siempre que lo haga con una sonrisa, una rueda de prensa y tres palabras mágicas: progreso, democracia y convivencia.

 

Pero no.

Esto no es progreso.

Esto no es democracia sana.

Y esto, desde luego, no es convivencia.

 

Esto es una degradación política en directo.

 

Y lo peor es que muchos lo ven. Claro que lo ven. Pero prefieren mirar hacia otro lado porque mirar de frente les obligaría a cambiar de sitio. Y cambiar de sitio, en España, cuesta más que cambiar de opinión. Aquí hay gente que antes reconoce que la Tierra es plana que admitir que Pedro Sánchez le ha tomado el pelo.

 

Por eso creo que ya no basta con esperar a las elecciones.

 

Las elecciones son necesarias, claro. Pero no van a resolver por sí solas una infección que ya no está solo en las instituciones, sino en la cabeza de mucha gente. No se trata solo de echar a Sánchez de La Moncloa. Se trata de desmontar el mecanismo mental que ha permitido que Sánchez llegue hasta aquí y todavía haya quien le aplauda.

 

Y eso empieza cerca.

 

En la familia.

En el bar.

En la empresa.

En el grupo de WhatsApp.

En la conversación con ese amigo que dice “todos son iguales” justo cuando necesita justificar que los suyos no tienen justificación.

 

Hay que hablar.

Hay que preguntar.

Hay que incomodar.

Hay que no dejar pasar ni una.

Hay que repetir, con calma o sin ella, que esto no es normal.

 

Pero también hay que entender una cosa: a quien tiene una mentira instalada en la cabeza no se le desinstala solo llamándole tonto, aunque a veces se lo gane con entusiasmo.

 

La pregunta más eficaz sigue siendo la más simple:

 

Si esto mismo lo hiciera Ayuso, Feijóo o Abascal, ¿tú qué dirías?

 

Ahí se acaba mucha tontería.

 

Porque el problema no es que no sepan juzgar. El problema es que juzgan distinto según quién lo haga. Y eso no es ideología. Eso es sectarismo.

 

Pedro Sánchez no ha inventado la necedad española, pero la ha organizado políticamente mejor que nadie. Ha convertido la falta de criterio en militancia. La doble vara de medir en escudo. La mentira útil en virtud democrática. Y la resistencia al dato en identidad de grupo.

 

Por eso cada escándalo no le destruye necesariamente. A veces incluso le refuerza. Porque el escándalo obliga a los suyos a elegir entre la realidad y la pertenencia. Y muchos, demasiados, eligen pertenecer.

 

Aunque sea a una mentira.

Aunque sea a una maquinaria.

Aunque sea a un país que se va degradando mientras ellos aplauden para no oír el crujido.

 

No sé si España despertará a tiempo. Lo que sí sé es que ya no podemos permitirnos el lujo de callar por educación, por cansancio o por miedo a discutir.

Porque el que no sabe, aún puede aprender.

El que no quiere saber, todavía puede ser confrontado.

El que sabe y dice no saber, debe ser desenmascarado.

Y el que sabe, lo usa para el mal y encima presume de salvarnos, debe ser señalado con nombre y apellidos.

 

Pedro Sánchez no es el único problema de España.

 

Pero ahora mismo es el nombre más visible de una enfermedad mucho más grave: la de un país que empieza a confundir la inteligencia con la trampa, la democracia con el poder y la verdad con aquello que conviene repetir hasta que el necio se sienta valiente.



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