Os escribo esta carta después de algo que, sinceramente, no esperaba.
Ayer, cumple de Ayuso, publiqué una reflexión sobre la posibilidad de que compartierais un proyecto político nacional.
La acompañé de una portada satírica en la que aparecíais casándoos frente al Congreso, con Abascal oficiando la ceremonia y cara de pocos amigos.
Normal: en la caricatura, Ayuso acababa de hacerle un auténtico Madridgate.
Una irreverencia de las mías.
Y entonces llegó Pedro Sánchez a Fuenla, justo a 300 metros de mi casa!
El beso, el amor…
En la imagen apareció besándose con una mujer, su mujer, acompañada de un lema que parecía escrito expresamente para continuar nuestra broma:
«La fuerza del amor».
¡Hombre, Pedro! ¡Que ya habíamos organizado la boda política de Ayuso y Feijóo
No voy a atribuirle a nadie una inspiración que no puedo demostrar. Pero reconoceréis que la coincidencia tiene su flipe!.
Primero, una boda política imaginaria frente al Congreso.
Después, un beso convertido en símbolo de amor ante un auditorio socialista.
Y yo, que había comenzado todo esto con una profunda reflexión, el amor puede al odio, terminé preguntándome si detrás de tanta ceremonia sentimental no habría una oportunidad bastante más seria.
Porque enamorarse, al menos en política, puede resultar relativamente sencillo.
Lo complicado comienza cuando hay que compartir responsabilidades, administrar las diferencias y levantarse a las dos de la mañana para darle el biberón a España.
Y ahí es donde nuestra pequeña broma deja de ser solamente una broma.
Lo que comenzó como una provocación humorística ha terminado haciéndome reflexionar bastante más de lo previsto.
He recibido mensajes de ciudadanos, empresarios de primer nivel, políticos, personas de vuestro propio partido e incluso de otras formaciones.
Algunos me confesaban que les encantaría ver aquella boda política convertida en realidad.
Otros lo expresaban con bastante menos delicadeza: aquello sería, electoralmente hablando, «una hostia sin paliativos».
Y detrás de esos mensajes he encontrado algo que me parece mucho más importante que la simpatía personal hacia cualquiera de vosotros.
Las ganas de volver a ilusionarse con un proyecto político.
Por eso os escribo.
No como representante de nadie, porque nadie me ha otorgado semejante responsabilidad.
Os escribo desde mi experiencia y desde las conversaciones que esta idea ha provocado.
Y voy a hacerlo como si estuviéramos tomando un café, sin asesores, sin argumentarios y sin esa interminable liturgia con la que la política consigue complicar hasta las cosas más sencillas.
Alberto, Isabel, quizá no seáis plenamente conscientes del momento que os ha tocado vivir.
O quizá sí, pero el ruido diario os impida distinguir lo verdaderamente importante de lo simplemente urgente.
Sé Alberto que te has mudado hace poco a un tercero con tu mujer y tu hijo, pero esto es política, no te generaría ninguna guerra marital!!
Y llevo muchos años observando la política, entrevistando a sus protagonistas y aprendiendo, gracias a nuestra estructura tecnológica
—rara, muy cara y bastante entretenida—
de millones de interacciones de usuarios, miles de errores y otros tantos baneos.
Y os aseguro que uno termina descubriendo cosas fascinantes sobre cómo respondemos los seres humanos a la información, al deseo, a la esperanza y, especialmente, al miedo.
Cada vez encuentro más motivos para pensar que estamos confundiendo el rechazo con la convicción.
Hay ciudadanos que no quieren seguir votando solamente para impedir que gobierne alguien. Quieren volver a votar porque creen en algo.
Pedro Sánchez ha demostrado una notable capacidad para construir y difundir relatos políticos reconocibles.
Y la imagen de Fuenlabrada me sirve para ilustrarlo. Una imagen, un beso y tres palabras
—«La fuerza del amor»—
condensan un mensaje emocional que cualquiera puede comprender sin necesidad de leer un programa electoral.
Podremos compartir o rechazar ese discurso, pero sería un error ignorar la importancia que tienen las emociones en la política contemporánea.
Porque una cosa es explicar a los ciudadanos cómo se pretende gobernar y otra conseguir que se identifiquen con aquello que se representa.
Alberto, tú representas una trayectoria de gestión, experiencia administrativa y estabilidad institucional.
Isabel, tú has construido una identidad política hiperreconocible, capaz de despertar emociones y convicciones intensas.
En eso te pareces a Sánchez: despiertas amores y rechazos que rara vez conocen la tibieza.
No sois iguales, es evidente.
¡Y afortunadamente no lo sois!
Tampoco necesito que seáis los mejores amigos. Sospecho que la convivencia entre dos personalidades fuertes puede ser cualquier cosa menos aburrida.
Pero la historia tiene una manera muy particular de colocarnos en lugares que no habíamos elegido.
Y hay ocasiones en las que nuestra responsabilidad deja de responder exclusivamente a aquello que deseamos para nosotros mismos.
A veces no se trata de estar donde uno quiere, sino de comprender por qué la historia te ha colocado donde estás.
Por eso quiero hablaros de generosidad.
De esa generosidad política que tanto admiramos cuando estudiamos a los grandes protagonistas de nuestra historia y que tanto cuesta encontrar cuando llega el momento de repartir responsabilidades.
Alberto, ¿y si tu mayor decisión política no consistiera en demostrar que puedes hacerlo solo, sino en demostrar que sabes compartir el protagonismo?
Isabel, ¿y si tu responsabilidad histórica ya no terminara en las fronteras de Madrid?
No hablo de subordinaciones ni de renuncias personales.
No quiero un jefe y una súbdita. Eso no se entendería bien, y menos aún tratándose de dos personalidades como las vuestras.
Hablo de dos liderazgos. Como nuestra Constitución establece una sola presidencia del Gobierno, habría un presidente y una vicepresidenta, pero con responsabilidades políticas propias, competencias diferenciadas y el compromiso de consensuar las grandes decisiones antes de salir a anunciarlas.
Uno más uno seguiría siendo una sola dirección de Gobierno, pero con la capacidad de trabajo, contraste y representación de dos liderazgos.
Y todavía existe otra dimensión.
Madrid importa, y mucho.
Pero Madrid tiene instituciones, equipos y personas preparadas para garantizar su continuidad.
Un Pache, una Millán o un Novillo son nombres que invitan a pensar que la responsabilidad de gobernar puede transmitirse sin que desaparezca la capacidad de gestión.
Las instituciones sólidas no son aquellas que necesitan eternamente a sus dirigentes, sino aquellas que saben continuar cuando estos asumen nuevas responsabilidades.
Permitidme ahora una deformación profesional.
En tecnología aprendimos hace tiempo que los sistemas más robustos no dependen de un único nodo. Porque, tarde o temprano, el nodo falla. Y normalmente lo hace cuando menos conviene, con el procesador quemado y todo el mundo preguntando por qué no funciona nada.
Por eso distribuimos cargas mediante sistemas de load balancing y establecemos mecanismos de failover que permiten mantener el servicio cuando uno de los componentes deja de responder, está demasiado busy o, trasladándolo a la política, tiene un empacho de poder.
Y me pregunto por qué seguimos construyendo organizaciones políticas como si toda su inteligencia, toda su capacidad de decisión y toda su representación debieran concentrarse en una sola persona.
Dos liderazgos bien coordinados pueden aportar capacidades diferentes a un mismo proyecto.
Y eso supondría una transformación extraordinaria de nuestra cultura política.
En el reparto de responsabilidades, en el equilibrio entre sensibilidades, en la representación de mujeres y hombres en los espacios de decisión y, especialmente, en la capacidad de poner límites al ego.
Porque todos necesitamos a alguien que, cuando nos excedemos, tenga la confianza suficiente para decírnoslo.
Vamos, Alberto, que como estás casado sabes perfectamente de lo que te hablo.
Eso exige confianza, responsabilidades claras y, sobre todo, la humildad necesaria para reconocer que ninguno posee toda la razón.
Y aun así hay que entenderse.
Porque el biberón toca a las dos de la mañana, aunque ninguno tenga ganas de levantarse.
Quizá ahí resida la verdadera grandeza política.
No en acumular poder.
Sino en comprender cuándo compartirlo permite construir algo que merece la pena.
Alberto, Isabel, no sé si esta propuesta os parecerá descabellada. Total, a estas alturas ya hay bastantes personas convencidas de que estoy un poco zumbado.
Tampoco conozco todas las dificultades personales, políticas y organizativas que podría entrañar.
Aunque una cosa sí tengo clara: muchas de las dificultades que consideramos insalvables empiezan a parecer bastante más pequeñas cuando existe verdadera voluntad de resolverlas.
Es una cuestión de ganas.
Ganas. Con mayúsculas.
Después de leer los mensajes que me han llegado, creo que esta idea merece ser escuchada.
No porque las personas que me han escrito representen necesariamente el sentir mayoritario de España, sino porque sus palabras expresan una necesidad que me preocupa profundamente: recuperar la ilusión, la confianza y la posibilidad de reconocernos en un proyecto común.
Y si realmente estamos atravesando un momento de tanta trascendencia como continuamente nos dicen nuestros dirigentes, quizá haya llegado la hora de demostrarlo mediante decisiones que estén a la altura.
La historia no siempre nos pregunta si estamos cómodos con el papel que nos ha reservado.
A veces simplemente nos coloca ante una responsabilidad y nos deja decidir qué hacemos con ella.
Ojalá sepáis reconocer la vuestra.
Os mando un abrazo a los dos.
Y Alberto, permíteme terminar con la misma irreverencia con la que comenzó todo:
Quizá haya llegado el momento de casarte con una jovenzuela es del 78 tú ni te acuerdas jajaja.
Eso sí, procura que sea un matrimonio de dos. Que los terceros, en política, suelen salir caros.
Y recordad algo que Pedro nos ha recordado desde Fuenlabrada:
el amor puede ser una fuerza extraordinaria.
Mucho más poderosa que el miedo!!! Por eso Pedro que es listo la usa….
también usa el miedo…
Pero cuando se acaba el mitin, se apagan los focos y desaparecen los aplausos, alguien tiene que quedarse cuidando de España.
Y el biberón no se prepara con discursos.
Hay algo más grande que el amor a una mujer!!
El amor a tus hijos!
Esteban Hernando