Entrar en la planta de Humana en Leganés es enfrentarse de golpe a una realidad poco visible: el destino de toneladas de ropa usada que cada día llega en camiones, empaquetada en bolsas cerradas, procedente de contenedores repartidos por toda España. SoydeMadrid ha estado en estas modernas instalaciones conociendo el trabajo que allí se realiza junto con la alcaldesa de Lozoyuela, Lucía Balseiro, y responsables del proyecto Re-viste, observando de cerca un proceso que combina logística, trabajo manual y un claro enfoque social.
Lo primero que llama la atención es la escala. La nave, de 15.000 metros cuadrados, no se detiene. Las bolsas se abren una a una en grandes mesas de clasificación donde decenas de trabajadoras -la mayoría mujeres- revisan cada prenda con rapidez y precisión. Los responsables de la instalación nos explican que el objetivo es claro: aprovechar al máximo cada pieza.
El proceso es completamente manual en esta fase. Cada prenda pasa por manos expertas que deciden su destino en cuestión de segundos. Las trabajadoras revisan todas las prendas que llegan a su mesa y hacen una selección con los criterios que les marca la empresa, unos criterios que no siempre son los mismos y cambian cada cierto tiempo. Así, pudimos observar cómo un jersey en buen estado se separaba para las tiendas de Humana en España, mientras que otro, con pequeños defectos, se destinaba a mercados internacionales, principalmente en África. Nada se deja al azar: existen hasta 90 categorías distintas para clasificar el material.
En otra zona, el calzado sigue un recorrido paralelo, e igual de minucioso que las prendas textiles. Las chicas encargadas de la revisión analizan el estado del calzado, el material con el que está realizado, el tipo, etc. y los separan por categorías. El calzado de mayor calidad, sin casi muestras de uso, va a parar a las tiendas españolas, mientras que los zapatos o las botas con marcas de uso que aún son funcionales se destinan para mercados internacionales. También se separan botas o pares desemparejados que puede que hayan ido a parar a otras mesas. “Los viernes hacemos una batida”, explicaban las trabajadoras, y muchas veces logran recomponer pares que vuelven al circuito comercial.

Tras esa primera selección, existen mesas de revisión en las que se vuelven a repasar las prendas separadas. Nos explican que ponen especial cuidado en el trabajo de las personas con menos experiencia y les explican los fallos de selección que van cometiendo. El objetivo es que el trabajador cada vez se equivoque menos al seleccionar el destino del textil que pasa por sus mesas lo que redunda en el buen trabajo general de Humana.
El recorrido continúa hacia el área de prensado, donde la ropa ya clasificada y cuyo destino es internacional se compacta en grandes balas listas para su transporte. Aquí la logística es clave: gran parte del material viaja por barco, lo que obliga a optimizar al máximo el embalaje para reducir costes. Algunas de estas balas tardan hasta tres meses en llegar a su destino final.
En el almacén, otra de las paradas de la visita, se acumulan tanto residuos textiles sin clasificar -procedentes de diferentes puntos del país e incluso de Europa- como productos ya preparados para su venta. Explican los responsables de Humana que la planta funciona con una lógica casi de equilibrio constante: cuando hay exceso de material, se almacena; cuando falta, se recurre a ese stock para no detener la actividad. “Parar la planta sería una ruina”, reconocían.

Uno de los datos que mejor resume el impacto de este sistema es que alrededor del 60% del residuo textil se reutiliza. El resto no se desecha sin más: una parte se recicla y se envía, por ejemplo, a Asia, donde se transforma en hilo reciclado. Incluso los materiales aparentemente inservibles encuentran una segunda vida.
Más allá de lo técnico, lo que queda tras la visita es la dimensión humana del proyecto. No solo por el empleo que genera -más de 200 personas trabajan en la planta-, sino por el alcance global de su actividad. La ropa que aquí se clasifica puede terminar en una tienda de barrio en España o en un mercado en África subsahariana, donde se comercializa bajo categorías como “Tropical Mix”, adaptadas al clima local.
La visita se enmarca en el proyecto piloto impulsado por Re-viste en Lozoyuela, un municipio que está probando un modelo de recogida selectiva de textil en entorno rural. La alcaldesa pudo comprobar de primera mano qué ocurre con la ropa depositada en sus contenedores, cerrando así el círculo entre ciudadanía, administración y gestión del residuo.
Salir de la planta deja una sensación clara: detrás de cada prenda que desechamos hay todo un sistema que intenta darle una segunda vida. Y, en muchos casos, lo consigue. Es la base de la economía circular de la que tanto oímos hablar y que para el futuro es indispensable para preservar nuestro planeta.