Articulo de Yisselle Vázquez

Articulo de Yisselle Vázquez

La vergüenza que no se nombra: cuando el trauma vive en silencio

Esa sensación tiene nombre: vergüenza crónica. Y en consulta, aparece con una frecuencia que sorprende incluso a quienes llevamos años trabajando con ella.

 

La investigadora Patricia DeYoung, referente internacional en el estudio de la vergüenza, la describe como uno de los fenómenos más poderosos y generalizados de la experiencia humana, y sin embargo uno de los menos reconocidos. No porque no esté ahí, sino porque la vergüenza tiene una habilidad asombrosa para esconderse. Se camufla en la autocrítica constante, en la dificultad para pedir ayuda, en esa sensación de que los demás son mejores, más capaces, más dignos. Aparece cuando alguien te mira y miras hacia otro lado, cuando recibes un cumplido y no sabes recibirlo, cuando te esfuerzas sin parar pero nunca te sientes suficiente.

 

 

¿De dónde viene esta vergüenza?

 

La vergüenza crónica no nace de la nada. Se construye, ladrillo a ladrillo, en los primeros años de vida, en el espacio que existe entre un niño y quienes lo cuidan. Un niño necesita, sobre todo, ser visto. Ser recibido con coherencia, con calidez, con sintonía emocional. Cuando eso falla de manera repetida —cuando el llanto no encuentra respuesta, cuando la emoción se ignora o se castiga, cuando el niño aprende que sus necesidades son demasiado, o que él mismo es demasiado— algo se asienta en el cuerpo y en la mente. Una traducción silenciosa: "si no consigo lo que necesito, debe de haber algo mal en mí".

 

Esto es lo que la psicología del trauma llama herida relacional. No siempre hay un acontecimiento catastrófico que señalar. No siempre ha habido maltrato explícito. A veces el trauma más profundo es el de las ausencias repetidas: la mirada que no llegó, el consuelo que no vino, el adulto que estaba físicamente presente pero emocionalmente ausente. El trauma oculto, como lo describe la investigación actual, es precisamente ese: el que no tiene una cicatriz visible, pero que organiza la manera en que una persona se relaciona consigo misma y con los demás durante décadas.

 

 

Vergüenza y trauma: una pareja inseparable

 

El trauma complejo —aquel que surge de experiencias relacionales repetidas en la infancia— y la vergüenza crónica son, en muchos sentidos, dos caras de la misma moneda. El trauma desorganiza el sistema nervioso, fragmenta la experiencia interna y deja al cuerpo en un estado de alerta permanente. La vergüenza, a su vez, se convierte en la narrativa que da sentido a ese caos: "si me siento así es porque soy así".

 

Lo que hace especialmente difícil de reconocer esta dinámica es que la vergüenza raramente aparece con su propio nombre. Llega disfrazada de perfeccionismo, de hipercrítica, de dificultad para establecer límites, de relaciones en las que uno se borra para no molestar. Llega como ansiedad que no tiene una causa clara o como una depresión que cede un poco cuando hay logros externos pero vuelve en cuanto el ruido se apaga. Llega, sobre todo, como una sensación de fondo que dice: "no soy suficiente, y en algún momento los demás se darán cuenta".

 

 

Lo que sana la vergüenza: la relación

 

Aquí hay algo que siempre me parece profundamente esperanzador: si la vergüenza crónica nació en una relación, también es en una relación donde puede sanar.

 

No a través de la explicación intelectual —aunque entender lo que ocurrió ayuda—, sino a través de la experiencia directa de ser recibida sin juicio, de que lo que uno siente sea acogido en lugar de corregido, de aprender que es posible existir tal como uno es y seguir siendo digno de conexión. Esto es lo que ocurre en una terapia orientada al trauma y al cuerpo: no se trata de hablar sobre el pasado de manera abstracta, sino de ir al núcleo de cómo ese pasado vive hoy en el sistema nervioso, en las decisiones cotidianas, en la manera en que uno se mira al espejo.

 

El trabajo con la vergüenza exige tiempo, paciencia y mucho cuidado. Pero también, a su manera, es uno de los procesos más transformadores que existen. Porque cuando alguien deja de verse a sí mismo como el problema, algo esencial se libera.

 

Si te reconoces en estas líneas, quiero que sepas que esa sensación que llevas años cargando no define quién eres. Es la huella de algo que pasó, no una sentencia sobre lo que mereces. Y eso, siempre, tiene solución.

 

 

Dra. Yisselle Vázquez Rosado

Psicóloga clínica ·

Especialista en trauma, apego y psicosomática

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