Muchas personas llegan a consulta convencidas de que la autoestima es un rasgo fijo, algo con lo que se nace o no. La buena noticia es que no es así: la autoestima es una construcción que se teje día a día a partir de cómo nos hablamos, cómo nos tratamos y qué lugar nos damos en nuestra propia vida. Y precisamente porque se construye, también se puede reparar.
La autoestima no es vanidad ni autocomplacencia. Es la capacidad de reconocernos con honestidad —virtudes y limitaciones incluidas— y, a partir de ahí, tratarnos con respeto y cuidado. Quererse bien no consiste en creerse superior a nadie, sino en poder mirarse sin miedo ni vergüenza y aceptar lo que uno encuentra.
Cuando esta base falla, las consecuencias no se quedan solo en el plano emocional: una autoestima debilitada suele estar detrás de cuadros de ansiedad, ánimo bajo, dificultades en la pareja, inseguridad social e incluso síntomas físicos sin causa médica clara. Por eso trabajar la autoestima no es un lujo estético, es una forma de prevención en salud mental.
Es cierto que gran parte de la imagen que tenemos de nosotros mismos se fue formando en la infancia, a través de la mirada de nuestros padres, maestros y del entorno cercano. Esa historia no la elegimos. Pero aquí está la clave: aunque no decidimos cómo empezó nuestra autoestima, sí podemos decidir cómo continúa.
Podemos pensarla apoyada en cuatro pilares que sí están en nuestras manos:
Cuando alguno de estos pilares se tambalea —por ejemplo, cuando nos criticamos con dureza, nos comparamos constantemente o evitamos cualquier desafío por miedo a fallar— toda la estructura se resiente. La buena noticia es que, trabajando cada uno de estos frentes, es posible recuperar el equilibrio.
Uno de los mayores enemigos de la autoestima es la autocrítica despiadada: ese hábito de juzgarnos con una dureza que jamás usaríamos con un amigo. Decirnos "soy un desastre" en lugar de "esto no me salió bien" no es un matiz menor: convertir un error puntual en una etiqueta sobre quiénes somos ("soy torpe", "no valgo") daña mucho más de lo que solemos pensar, porque deja de referirse a una conducta concreta y pasa a definir a la persona entera.
Lo mismo ocurre con la autoexigencia sin límite. Perseguir la perfección o el "debo ser el mejor en todo" no fortalece, desgasta: genera la sensación permanente de no llegar nunca, y paradójicamente, cuanto más se persigue el éxito como única fuente de valor, más fácil es caer en el desánimo.
La autoestima se construye en la relación con uno mismo, pero también se repara en relación con otros. Cuando las heridas vienen de lejos —de la infancia, de vínculos difíciles o de experiencias de rechazo— el acompañamiento terapéutico puede marcar la diferencia entre intentarlo en soledad y lograrlo con herramientas sólidas.
Trabajamos la autoestima desde un enfoque integrador, combinando terapias de tercera generación con un abordaje corporal, porque muchas veces lo que no logramos decirnos con palabras, el cuerpo lo lleva guardado.
Dra. Yisselle Vázquez