Ayer llegué pronto a casa después de un día de esos en los que la cabeza no descansa.
Muchos temas, muchas conversaciones, muchas mierdas procesadas. Encendí la tele casi sin pensar y me encontré con la imagen del Papa.
Porque el Papa, te guste o no, creas en Dios o no, no proclama cosas malas para la humanidad.
No sale ahí diciendo: roba, miente, pisa al débil, humilla al pobre, usa al otro, sálvate tú y que se joda el resto.
Dice algo mucho más sencillo y, por eso mismo, mucho más difícil:
Y claro, de repente, mientras ves esa imagen, te viene a la cabeza España. La situación política que tenemos.
Ves a cientos de miles de personas reunidas alrededor de una idea que, incluso aunque no creas en Dios, habla de respeto, ayuda, amor, compasión, humildad y verdad. Y después ves la soledad moral de muchos políticos, rodeados de asesores, cámaras y palmeros, pero absolutamente solos por dentro.
Y vuelves a mirar al Papa.
Y vuelves a mirar España.
Y te preguntas:
¿Cómo puede ser que, habiendo tanta buena gente, creyente o no creyente, casi siempre acaben todos gobernándonos personas que ponen sus intereses por encima de los demás?
Joder, no lo entiendo.
O no lo entendía del todo.
-- Una máquina no sustituye a Dios. -- Una IA no sustituye al alma. -- Un algoritmo no sustituye al propósito. --
Porque hace unos días también vi otra imagen, mucho más pequeña, menos televisiva, sin plaza enorme ni cámaras internacionales.
Fue en la asamblea de una pequeña asociación de segovianos.
Empresarios en el exterior de Segovia.
Gente nacida o vinculada a una región de pueblos pequeños, de calles frías, de piedra, de campo, de esfuerzo, de silencios largos y de esa boina que aún se estila en algunos sitios como si fuera una declaración de principios.
Y allí había algo.
No sé cómo explicarlo sin que suene cursi.
Había empresarios. Muchos ya mayores, otros no tanto, algún joven también.
Gente distinta.
Cada uno vestido a su manera.
Cada uno con su carácter.
Con su humildad, con su prepotencia, con su retranca, con su forma de mirar, con su historia encima.
Pero todos compartiendo algo que no se improvisa: experiencia, tiempo, sabiduría, lealtad y capacidad de generar riqueza.
Y no una riqueza de esas que huelen a pelotazo, a BOE, a despacho cerrado o a favor político. No. Riqueza ganada con inteligencia, trabajo y honradez. Muchos de ellos, con más dinero del que pesan, no lo usan solo para mirarse el ombligo, sino para hacer el bien a su manera.
Allí se mamaba otra cosa.
Segovia encierra ese tesoro. Puede parecer pequeña desde fuera. Puede parecer antigua. Puede parecer una tierra de pueblos donde no pasa nada.
Pero en lugares así se conserva, a veces, una forma de humanidad que las grandes ciudades pierden entre tanta prisa, tanta pose y tanta tontería moderna.
Y entonces lo entendí un poco mejor.
La humanidad no está vacía.
Está dispersa.
Y quizá el gran problema de nuestro tiempo es que el bien todavía no sabe organizarse tan bien como se organiza el poder. La bondad existe, pero muchas veces está ocupada trabajando.
La gente decente está produciendo, cuidando, levantando empresas, pagando nóminas, educando hijos, sosteniendo familias, ayudando en silencio.
Mientras tanto, los mediocres organizan el relato.
Esa es la tragedia.
Y entonces me vino a la cabeza algo aparentemente absurdo: la película de Ferdi. Y luego Bichos. Y luego la fábula de Samaniego, la cigarra y la hormiga.
Y empecé a ver el patrón.
Muchas veces no mandan los mejores, ni los más buenos, ni los más sabios. Muchas veces manda quien organiza mejor el miedo, quien captura mejor la necesidad, quien entiende antes que los demás que una sociedad cansada, pobre o asustada no piensa en grande.
Sobrevive.
Y ahí está el patrón base.
No solo la pobreza económica, aunque esa es brutal.
También la pobreza de tiempo, de formación, de horizonte, de espíritu, de esperanza.
Cuando una persona vive en modo subsistencia, no puede inferir el universo. No puede mirar lejos. No puede construir pensamiento profundo. No puede preguntarse para qué está aquí si antes tiene que preguntarse cómo llega a fin de mes.
Por eso el sistema funciona como funciona.
Porque una humanidad ocupada en sobrevivir es una humanidad fácilmente gobernable.
Y entonces entendí algo más.
Para que Dios llegue de verdad a la humanidad —o para que la humanidad pueda expresar de verdad lo mejor que lleva dentro, lo llames Dios, propósito, conciencia o verdad— primero debemos liberar al ser humano de la cárcel básica de la subsistencia.
Mientras el hombre esté atrapado en sobrevivir, no podrá desplegarse del todo.
Y quizá eso está a punto de cambiar.
La tecnología, la inteligencia artificial y la computación cuántica van a abrir una etapa completamente nueva.
En pocos años, si no somos imbéciles, tendremos capacidad de generar riqueza suficiente para que ningún ser humano tenga que vivir aplastado únicamente por la necesidad de subsistir.
Ese será el verdadero momento de la verdad.
Si usamos la tecnología para controlar más, manipular más, concentrar más poder y fabricar una humanidad todavía más dócil, habremos creado una máquina enorme para seguir siendo pequeños.
Pero si la usamos bien, si reorganizamos la sociedad con inteligencia, justicia, propósito y libertad, podremos hacer algo que la humanidad nunca ha hecho de verdad: liberar tiempo, cuerpo y pensamiento para que millones de personas puedan pensar en grande.
Sino para dejar de ser esclavos de la mera supervivencia y empezar a producir otra clase de riqueza: conocimiento, belleza, ciencia, comunidad, familia, arte, verdad, pensamiento profundo, inferencia, propósito.
Ahí está la explosión que viene.
Algo mucho más grande.
Durante siglos, la mayoría de la humanidad ha vivido con el pensamiento encadenado por el hambre, el miedo, la guerra, la ignorancia o la necesidad.
Muy pocos han podido pensar de verdad en grande. Muy pocos han tenido tiempo, herramientas, educación y libertad para preguntarse qué somos, para qué estamos aquí y hacia dónde podemos ir.
La IA, la tecnología y la computación cuántica no son solo máquinas. Son palancas. Son multiplicadores. Son herramientas que pueden permitir que el propósito de cada persona deje de estar enterrado debajo de facturas, miedo y cansancio.
Pero la tecnología sola no salvará nada.
La tecnología puede liberar condiciones. Puede generar riqueza. Puede ordenar sistemas. Puede multiplicar capacidades. Pero después hará falta una decisión humana, moral y espiritual: qué queremos ser cuando ya no tengamos la excusa de estar simplemente sobreviviendo.
Ahí aparecerá la verdadera humanidad.
Y quizá por eso ayer, viendo al Papa, lo vi claro.
No era solo una imagen religiosa. Era una imagen de lo que todavía late dentro del ser humano. Cientos de miles de personas reunidas no por una nómina, ni por un contrato, ni por una subvención, ni por una campaña electoral, sino por algo que les supera.
Y la imagen de aquellos empresarios segovianos me completó la intuición.
Porque el propósito no siempre aparece con sotana, incienso o plaza llena. A veces aparece con una chaqueta vieja, una boina, una empresa levantada desde cero, una nómina pagada durante cuarenta años, un colegio mejorado, un trabajador cuidado, una comida compartida o una asociación pequeña que conserva una lealtad enorme.
Pero todos aportando una diversidad fecunda.
Y esa diversidad, cuando no se pudre en ideología ni se seca en egoísmo, genera propósito.
Este, el propósito, será el verdadero motor humano del próximo lustro.
La gran pregunta será otra:
De eso van mis libros.
Pronto publicaré mis diez libros. En ellos intento explicar, con más detalle, cómo creo que será el mundo dentro de diez años. Cómo convivirán el propósito tuyo, el mío, el de todos. Cómo la humanidad, la tecnología, la inteligencia artificial y Dios pueden encontrarse en una de las pulsiones más grandes de nuestra historia.
No hablo de una utopía blanda.
Hablo de una transformación real: una humanidad que, por primera vez, pueda dejar de vivir únicamente para subsistir y empiece a vivir para comprender, crear, amar, cuidar, pensar y construir.
La política actual parece enorme porque todavía estamos mirando desde abajo.
Pero quizá no sea más que el último ruido de un mundo viejo.
Ayer, viendo al Papa, viendo a la gente, viendo esa multitud reunida alrededor de una idea de amor, verdad y respeto, me quedó claro algo:
la humanidad no está vacía.
Y cuando deje de estarlo, cuando la pobreza deje de aplastar el pensamiento, cuando la tecnología libere tiempo y la conciencia encuentre propósito, entonces quizá entendamos por fin que no vinimos aquí solo a sobrevivir.