Érase una vez una nación que se unió, con el corazón en las manos pintadas de blanco, para gritar: basta. Las voces se unificaban en las calles de todo un país al son de notas que cantaban a la libertad, a pesar de que el entorno solo sonara a caos, a muerte y a desesperación.
Había una vez una sociedad que encontró un motivo común para levantarse y regenerar aquello que llamaban “hogar”. Sin distinción de ideologías, procedencias o color de piel, todos se hallaban bajo un mismo sentir: restaurar España. Querían devolver a las víctimas de quienes tomaron las armas como bastón de mando la esperanza de que el sol volvería a salir; pero no para los verdugos, o al menos no en las aceras y casas que habían destrozado.
Érase una vez… un país que ya no existe. ¿Estamos condenados a recordar nuestra historia como si de un best seller se tratara mientras miramos en todas direcciones viendo cómo la democracia que tanto costó levantar se resquebraja? ¿Sacrificaremos exilios, desgarros y el esfuerzo titánico que hizo de esta tierra un referente del Estado del Bienestar?
¿Qué más necesitamos ver, aguantar y respirar para unirnos y decir basta? ¿Acaso no seremos esa excepción que rompe la norma del hombre como único ser que tropieza dos veces con la misma piedra? ¿De verdad tenemos que volver a vivir el terror para despertar? ¿No nos adentramos ya en una especie de capítulo de Black Mirror, Stranger Things o cualquier estrambótica saga distópica?
“El comisario de Alcalá, ¿un mafioso?”, “Denuncian al alcalde de Móstoles por presuntos abusos”, “VOX y PP rompen sus pactos de Gobierno” —añado que fue por ver quién tiene los mamelucos más grandes—, “Gran apagón en España”, “El suicidio, principal causa de muerte entre jóvenes”, “Independizarse antes de los 30: una utopía impensable”, la DANA, los muertos de Adamuz jamás recordados en los Goya, los ataques constantes por ideologías que no gustan... Por no hablar de la inagotable variedad de titulares que acompañan a nuestro querido presidente. Guerra, guerra, GUERRA.
Sin embargo, entro en las cafeterías y las conversaciones gritan ceguera: un mal expansivo y explosivo. Sí, explosivo porque, aunque aparentemente “todo está bien”, por dentro nos estamos pudriendo. Estamos haciendo honor a uno de los conceptos más sonados de la filosofía y, para ser exacta, de Karl Marx: la alienación del hombre.
Ya no es un falso concepto de Dios el que nos nubla el juicio; tampoco debería serlo una Guerra Civil de la que muchos ni fuimos testigos, ni una dictadura que resucita a muertos muy muertos. Ahora, nuestra mente se fragmenta en la moral que cada partido, desde su escaño, intenta inculcarnos. Hablamos de Donald Trump, de Milei, de Bad Bunny… Pero, ¿qué pasa con esa casa que no puedes comprar? ¿Con esa cesta de la compra que no llenas? ¿Con esa lavadora de la que prescindes para no ahogarte en facturas? ¿Qué pasa con esas citas ginecológicas que no llegan o esos cuidados paliativos que solo dicen: “Te vas a morir, no mereces la pena”?
Había una vez un hombre que luchó incansablemente por hacer de su país una nación grande a través de la acogida y el respeto a los marginados por su salud mental. Su pasión y amor hacia aquellos “hermanos” le hizo dedicar su vida a la dignidad humana. En su vejez, enfermó. Un cáncer consumió cada una de sus células; se vio despojado de todo, incluso de su intimidad. Y cuando fue a solicitar cuidados paliativos, una enfermera comentó en voz alta: “¿Qué más da? Si te vas a morir igual”.
Aquel hombre, que se dejó la piel en dignificar la vida, se encontraba frente a una persona incapaz de agacharse para curarle un dedo del pie gangrenado. Y aun así, siguió gritando a los cuatro vientos que cuidar merecía la pena. Que cuidar era la vida.
Esta es la sociedad que yo anhelo: la que cuida, la que encuentra puntos en común para crecer, la que distingue entre ideas y tareas. Una sociedad que avanza, que aprende y, sobre todo, que ama. Pero que ama bien.