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Campeones del Mundo
Un país capaz de unirse en el fútbol, pero aún sin rumbo común ante los retos del futuro.
MADRID |

Ya somos campeones de dar patadas a un balón.

Eso sí, campeones del mundo.

Y oye, que tiene mérito. No se lo voy a quitar a nadie. Que una selección española gane un Mundial es una alegría, une al país durante unas horas y nos permite salir a la calle con una bandera sin que inmediatamente aparezca alguien preguntándonos si somos rojos, azules, fachas, comunistas o mediopensionistas.

Durante noventa minutos hasta parecemos una nación normal.

Una mete el gol, la otra lo celebra y, por una vez, nadie pregunta a quién vota la delantera.

Qué maravilla.

El problema viene al día siguiente.

Cuando se apagan los focos, desaparecen las banderas de los balcones y volvemos a ser incapaces de juntar dos neuronas. Una roja y otra azul. Sentarlas frente a frente, ofrecerles un café y pedirles que se pongan de acuerdo en algo.

En cualquier cosa.

En la educación.

En la energía.

En la industria.

En la vivienda.

En el futuro de nuestros hijos.

Ahí ya no.

Ahí volvemos a dividir el campo en dos mitades, pero sin balón. Tú en un lado y yo en el otro. Y da igual lo que digas, porque antes de escucharte ya he decidido que estás equivocado. No por tus argumentos, sino por la camiseta que creo que llevas puesta.

Curioso país este.

Somos capaces de reunir a millones de personas alrededor de once futbolistas, pero no de reunir a once personas sensatas alrededor de una mesa para pensar qué queremos ser dentro de veinte años.

Será que pensar cansa más que animar.

O que pensar no da tantos titulares.

Mientras tanto, el mundo está cambiando a una velocidad brutal.

La inteligencia artificial generativa no es una moda, ni una aplicación para hacer dibujos graciosos, ni una especie de Google que contesta con frases completas. Es una nueva forma de producir conocimiento, de trabajar, de enseñar, de crear empresas, de prestar servicios y, posiblemente, de organizar buena parte de la economía.

Es la imprenta de nuestro tiempo.

Y nosotros, que tenemos uno de los idiomas más importantes del planeta, estamos mirando desde la grada.

Aplaudiendo.

Comentando el partido.

Discutiendo por el árbitro.

¿Cómo puede ser?

¿Cómo puede ser que España, con un idioma hablado por cientos de millones de personas, no esté liderando la inteligencia artificial generativa en español?

No hablo de colocar una bandera en una oficina extranjera ni de inaugurar un centro de innovación con cuatro políticos, tres pantallas gigantes y un robot que saluda.

Hablo de liderar de verdad.

De construir modelos.

De crear infraestructura.

De tener centros de datos.

De entrenar sistemas propios.

De desarrollar herramientas pensadas desde nuestra lengua, nuestra cultura, nuestras empresas y nuestra forma de entender el mundo.

Porque el lenguaje no es solo una colección de palabras.

El lenguaje es la forma en la que pensamos.

Y el español no es precisamente un idioma pequeño, simple o pobre.

Tenemos palabras para matizar una emoción hasta casi desmontarla. Podemos decir que alguien está triste, abatido, desolado, melancólico, apenado, hundido, mustio o simplemente jodido. Y todas significan algo parecido, pero ninguna significa exactamente lo mismo.

Podemos construir una frase de veinte maneras y cambiar completamente su intención sin cambiar apenas su contenido.

Podemos ser irónicos sin decir que estamos siendo irónicos.

Podemos insultar con cariño y elogiar con desprecio.

Podemos decir «ya veremos» y que signifique sí, no, nunca, quizá o déjame en paz, dependiendo únicamente de cómo levantemos una ceja.

¿Hay muchos lenguajes con una profundidad semántica mayor que el nuestro?

Seguramente habrá quien diga que sí. Perfecto. Que venga y lo discutimos.

Pero pocos idiomas tienen nuestra extensión, nuestra riqueza, nuestra historia, nuestra capacidad para incorporar matices y, además, una comunidad de hablantes repartida por medio planeta.

España debería estar liderando una gran alianza tecnológica en español.

España y toda Hispanoamérica.

No para enfrentarnos al inglés, porque esa no es la cuestión, sino para evitar que todo nuestro universo lingüístico, cultural y económico termine siendo interpretado por máquinas construidas desde fuera, entrenadas con prioridades ajenas y ajustadas a una forma de pensar que no siempre es la nuestra.

Pero aquí estamos.

Celebrando que somos campeones del mundo.

Dando patadas a un balón.

Y quizá el problema no sea el fútbol. Quizá el fútbol solo sea el espejo.

Porque el fútbol no tiene la culpa de que nosotros hayamos decidido convertirlo en nuestra principal aspiración colectiva. El problema es que sabemos organizar estadios, retransmisiones mundiales, fichajes millonarios y celebraciones multitudinarias, pero luego parece imposible organizar una estrategia nacional de inteligencia artificial que dure más que una legislatura.

Para un delantero de dieciocho años hay cazatalentos recorriendo medio país.

Para un chaval de dieciocho años capaz de programar, diseñar un chip o entrenar un modelo, con suerte hay una beca, un contrato de prácticas y un billete de avión para que se marche.

Y después nos preguntamos por qué no lideramos nada.

Nos encanta decir que nuestros jóvenes son la generación mejor preparada de la historia. Luego, cuando alguno demuestra estar realmente preparado, lo mandamos a Alemania, a Estados Unidos, a Irlanda o a cualquier lugar donde alguien tenga la mala costumbre de pagarle por su talento.

Aquí preferimos hacerle una entrevista cuando triunfa fuera.

«Un español lidera no sé qué empresa en Silicon Valley».

Qué orgullo.

Orgullo sería que no hubiera tenido que marcharse.

También nos gusta mucho hablar de soberanía.

Soberanía energética.

Soberanía alimentaria.

Soberanía tecnológica.

Lo decimos con voz seria y cara de estadista. Pero luego nuestros datos, nuestras comunicaciones, nuestros programas, nuestros modelos y hasta las herramientas con las que redactamos los discursos sobre soberanía tecnológica dependen de empresas extranjeras.

Tiene mérito.

Para eso sí que hay que entrenar.

Y no será por falta de capacidad.

Tenemos universidades, ingenieros, matemáticos, lingüistas, investigadores, empresas y emprendedores. Tenemos sol para producir energía, territorio para instalar infraestructura y una posición geográfica que conecta Europa, África y América.

Tenemos casi todas las piezas.

Lo que no tenemos es la manía de ponerlas juntas.

Porque en cuanto alguien propone algo, lo primero que hacemos no es estudiar si tiene sentido. Lo primero es preguntar quién lo propone.

¿Es de los míos?

¿Es de los otros?

¿Quién se va a hacer la foto?

¿Quién se llevará el mérito?

¿Quién controlará el presupuesto?

¿A qué comunidad autónoma irá el centro?

¿Lo inaugurará el Gobierno central o el presidente regional?

Y cuando terminamos de discutir, el centro ya lo han construido en Francia.

Nosotros seguimos con la maqueta.

Quizá por eso España no lidera la inteligencia artificial generativa.

No porque nos falten neuronas.

Sino porque somos incapaces de conseguir que trabajen juntas.

Tenemos una neurona roja y otra azul, ambas convencidas de que la otra es el enemigo. Y mientras se insultan, una tercera neurona, probablemente extranjera, registra la patente, crea la empresa y nos vende después el servicio mediante una suscripción mensual.

Eso sí: nosotros regularemos su uso.

En regular lo que inventan otros también somos campeones del mundo.

Y no quiero que esto suene a desprecio hacia el fútbol. Me gusta el fútbol. Me gusta ganar. Me gusta ver a la gente celebrar junta y comprobar que todavía existe algo capaz de sacarnos por un rato de esta guerra civil de bolsillo en la que nos hemos instalado.

Precisamente por eso me da rabia.

Porque demuestra que podemos unirnos.

Podemos olvidar durante unas horas las siglas, las trincheras y los prejuicios. Podemos sentir que formamos parte de algo común.

La pregunta es por qué solo lo hacemos para perseguir un balón.

¿Por qué no sentimos el mismo orgullo cuando un investigador español hace un descubrimiento?

¿Por qué no llenamos una plaza para celebrar que una empresa española ha construido uno de los mejores modelos de inteligencia artificial del mundo?

¿Por qué un futbolista es patrimonio nacional y un científico tiene que explicar en Navidad a su cuñado que investigar también es trabajar?

Quizá alguien prefiera que sigamos mirando al césped.

Quizá pensar en grande resulte incómodo.

Un país que aspira a liderar deja de conformarse con sobrevivir. Empieza a exigir educación, estrategia, industria, energía barata, inversión y dirigentes capaces de mirar más allá de las próximas elecciones.

Un país así es más difícil de entretener.

Más difícil de dividir.

Más difícil de manejar.

Por eso a veces me pregunto si realmente somos nosotros los que no levantamos la cabeza o si alguien lleva demasiado tiempo poniéndonos la pierna encima.

Aunque quizá sea peor.

Quizá ya no haga falta que nadie nos la ponga.

Quizá nos hemos acostumbrado tanto a vivir agachados que confundimos levantarnos con hacer una ola en el estadio.

En cualquier caso, enhorabuena.

Ya somos campeones del mundo.

Ahora solo falta decidir si queremos seguir siendo los mejores dando patadas a un balón o si, alguna vez, nos atreveremos a darle una patada al tablero.

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