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Las joyitas de Zapatero
Carta del Director Esteban Hernando
Regional |

Os voy a contar una historia.

Una de esas historias que empiezan hace más de treinta años con un chaval de Fuenlabrada, una empresa, un taxidermista, unas vísceras de cabra montesa y unas putas setas empanadas con miel...

...y terminan, de momento, con un expresidente del Gobierno, un rey de Arabia Saudí y unas joyas valoradas en más de un millón de euros.

Y digo de momento porque aquí faltan preguntas.

Muchas.

Pero empecemos por el principio.

OASIS, 3

Cuando yo era prácticamente un niño monté mi primera empresa en Fuenlabrada.

Debía de tener 17 o 18 años.

Estábamos en la calle Oasis, número 3, encima de una empresa de neumáticos.

Aquello era Mate97, S.L.

Poco después mis hermanos y yo alquilamos una nave bastante más grande a Pedro Mesonero, uno de aquellos grandes empresarios de Fuenla.

La nave venía con sorpresa.

Antes había estado allí un taxidermista que, según recuerdo, era buscado por el SEPRONA.

Y allí aprendimos una de esas enseñanzas empresariales que jamás aparecen en los MBA de Harvard:

cómo huele una víscera de cabra montesa después de llevar bastante tiempo descomponiéndose.

No os recomiendo la experiencia.

JAJAJA.


Pocos meses después apareció un vecino.

Pared con pared abrió un restaurante:

La Alhambra.

Y con La Alhambra llegó Jesús.

JESÚS Y LAS PUTAS SETAS

Jesús era un bonachón.

Granadino.

De mi tamaño.

Y más salao que las pesetas.

Con el paso de los años he llegado a una conclusión científicamente incontestable:

Jesús es uno de los principales responsables de que hoy yo sea gordito.

El cabrón hacía unas setas empanadas con miel que eran para llorar.

Aquello generaba una adicción al sopeo que debería haber sido estudiada por el Ministerio de Sanidad.

Parte de mis actuales tocinos ibéricos comenzaron probablemente a formarse en aquella cocina.


Pero Jesús guardaba un secreto bastante más interesante que la receta de las setas.

Jesús era Policía Nacional.

Y, según me contó durante aquellos años, había sido escolta de Felipe González.

Jesús murió hace ya tiempo.

Que en paz descanse.

Pero quedaron sus historias.

Y algunas eran cojonudas.

Historias que escuchábamos durante aquellas noches bajo los poderosos efectos nootrópicos de las setas empanadas con miel.

JAJAJA.

Y entre todas ellas había una que nunca olvidé.

PA

Jesús no estaba solo.

Había otro Policía Nacional muy próximo a él.

Sigue vivo y activo en la sociedad, así que voy a llamarlo simplemente:

Pa.

No voy a dar su nombre.

No hace ninguna falta.


Pa montó también un negocio en Fuenlabrada, muy cerca de la famosa fábrica de Coca-Cola.

Sí.

La misma Coca-Cola donde años después los espartanos de Fuenla consolidamos nuestra fama de brutotes al cuadrado durante aquellas protestas por el cierre.

Pero esa es otra historia.


Pa tenía, según las fuentes que he consultado, una estrecha relación con Felipe González.

Y entonces aparece una historia que nunca olvidé.

EL TALLER

Según aquellos testimonios, existió un taller de orfebrería relacionado con el entorno de Felipe González.

Allí se trabajaban metales.

Piedras.

Engastes.

Joyas.


Y no hablamos, según la información que he ido recabando, de una preciosa joyería con escaparates iluminados en la calle Serrano.

El taller estaba instalado en el hangar o instalaciones de una empresa dedicada a la formación.

Un lugar bastante menos evidente para encontrar orfebres trabajando piedras preciosas.


Todo el mundo recuerda una de las grandes aficiones de Felipe:

los bonsáis.

Pero según aquellas historias existía otra bastante menos conocida:

las joyas.


Durante muchos años guardé aquello en un cajón de mi cabeza.

Hasta que hice lo que hago siempre cuando algo no me cuadra.

Preguntar.

Y seguí preguntando.

Hasta llegar a personas que habían vivido directamente aquella época.

Entre ellas, alguien que ocupó responsabilidades políticas importantes en Fuenlabrada y conoció aquel entorno.

Y elementos sustanciales de aquella historia que llevaba treinta años escuchando y recordando empezaron a poder contrastarse.


Por eso ya no me interesa discutir si Jesús tenía demasiada imaginación después de servirnos las setas.

Me interesa otra cosa.

Qué se fabricaba allí.

Quiénes eran los orfebres.

Quién suministraba las piedras.

Quién encargaba las piezas.

Y dónde terminaron.


Hasta ahí llega aquella historia.

Ahora demos un salto de treinta años.

Y APARECEN LAS JOYAS DE ZAPATERO

Durante la investigación judicial del caso Plus Ultra aparecen numerosas joyas en una caja fuerte del despacho de José Luis Rodríguez Zapatero.

Una primera tasación de Ansorena sitúa el conjunto aproximadamente en 1,3 millones de euros.

Zapatero ha explicado ahora al juez que los tres juegos más valiosos —doce piezas con rubíes, esmeraldas y zafiros— fueron una «atención personal» del rey Abdalá de Arabia Saudí recibida en La Moncloa durante la visita oficial del monarca en junio de 2007.

Su defensa ha solicitado incluso cooperación de las autoridades saudíes para que confirmen esa versión.


Perfecto.

Puede ser completamente cierto.

Pero aquí aparece una diferencia que para mí es fundamental.


Una cosa es preguntar:

¿Quién regaló una joya?

Y otra muy distinta:

¿Quién fabricó esa joya?


Arabia Saudí puede regalar una joya fabricada en Riad.

En París.

En Londres.

En Bangkok.

En Madrid.

O en Pernambuco de Arriba.


Por eso quiero saber dónde nacieron estas.

Y APARECE YANES

El juez decide encargar una nueva pericial a Yanes.

Y ahí empiezan las preguntas que verdaderamente me interesan.

Porque la investigación ya no pretende limitarse a poner un precio.

Quiere profundizar en materiales, gemas y origen de las piezas.


Y Jesús Yanes hace unas declaraciones públicas sorprendentes después de examinar la documentación disponible.

Habla de rubíes manufacturados y zafiros tailandeses.

Y explica que, si aquello hubiera sido un regalo de la monarquía saudí, habría esperado una calidad muy superior.


Cuidado.

Eso no demuestra que el rey Abdalá no regalase las joyas.

Absolutamente no.

Pero abre una pregunta fascinante:

¿dónde coño se hicieron?


Y entonces la historia se vuelve todavía un poquito más divertida.

APARTEN A YANES

La defensa de Zapatero pide apartar a Yanes de la nueva pericial.

¿El motivo?

Yanes ya había hablado públicamente de las joyas antes de ser elegido.

En mayo, Juan Yanes había opinado a partir de las fotografías conocidas y aventurado que el conjunto podía valer «un par de millones».

La defensa entiende que aquel pronunciamiento compromete ahora la apariencia de imparcialidad de la firma.


Perfecto.

Ese debate se lo dejo a los abogados y al juez.

Pero permitidme hacer una pregunta.

Una pequeñita.

De esas que a mí me gustan.

¿Y SI YANES YA CONOCÍA LAS JOYAS?

Amigos...

¿y si Yanes habló con aquella seguridad porque las joyas no le resultaban completamente desconocidas?

¿Podría ser?

Claro que podría.

¿Significa que haya ocurrido?

Claro que no.


Existe además una explicación infinitamente más sencilla:

un profesional que lleva toda su vida entre alta joyería puede mirar fotografías y reconocer calidades, estilos, técnicas y épocas que cualquiera de nosotros sería incapaz de distinguir.

Precisamente por eso es experto.


Pero entonces aparecen otras preguntas.

¿Podría reconocer una determinada manera de engastar?

¿Una escuela?

¿Un taller?

¿Un fabricante?

¿Un país?

¿Podría conocer la procedencia de una determinada pieza?

¿Podría incluso haber visto alguna anteriormente?


No lo sé.

Y que nadie diga mañana que estoy afirmando que Yanes conocía previamente las joyas de Zapatero.

No lo estoy afirmando.

Estoy preguntando.


Porque precisamente quiero saber algo que considero mucho más importante que su tasación:

su trazabilidad.

EL BASTIDOR DE UNA JOYA

Una joya puede tener marcas.

Contrastes.

Grabados.

Técnicas de fabricación.

Materiales.

Características de engaste.

Piedras cuya naturaleza y procedencia pueden proporcionar información.


Es decir:

puede contar una historia.


Por eso me da prácticamente igual que finalmente valgan 800.000 euros, 1,3 millones o dos millones.

Quiero saber:

¿Quién las hizo?

¿Dónde?

¿Cuándo?

¿Quién compró las piedras?

¿Quién hizo los engastes?

¿Existen piezas similares?

¿Quién las encargó?

¿Quién las pagó?

¿Quién fue su primer propietario?

¿Y por qué?


Porque entonces aparece una pregunta mucho más incómoda.

UNA JOYA NO ES UN BILLETE

Volvamos durante un momento a aquel viejo taller.

Imaginemos un taller de orfebrería fuera del circuito comercial convencional.

Sin escaparate.

Sin clientes entrando por la puerta.

Sin necesidad de que cada pieza termine expuesta con una etiqueta y un precio.

Y pensemos qué se puede fabricar allí.


Si yo fabrico clandestinamente un billete de 500 euros tengo un problema bastante serio.

El billete es falso.

El papel prácticamente no vale nada.


Pero si un orfebre toma oro auténtico, diamantes auténticos y piedras preciosas auténticas y fabrica una joya...

la joya sigue siendo una joya.

Puede no tener factura.

Puede carecer de certificado.

Puede resultar dificilísimo reconstruir su historia.

Pero el oro sigue siendo oro.

El diamante sigue siendo diamante.

Y la piedra sigue teniendo valor.

El valor está físicamente dentro del objeto.


Y entonces comprendí algo que cambia completamente mi forma de mirar esta historia.

UNA PEQUEÑA CAJA FUERTE PORTÁTIL

Una joya no es solamente decoración.

Puede ser también una extraordinaria forma de almacenar valor.

Muchísimo valor.

En poquísimo espacio.


Y esto no es una teoría conspirativa de este gordito de Fuenla.

Los organismos internacionales contra el blanqueo llevan años advirtiendo precisamente de las características especiales del oro y las piedras preciosas.

Son pequeños.

Transportables.

Tienen mercados internacionales.

Pueden almacenar grandes cantidades de valor.

Y determinadas operaciones pueden dejar una trazabilidad inferior a la de los instrumentos financieros convencionales.


Entonces aparece la pregunta verdaderamente incómoda.

¿Y SI LAS JOYAS SON TAMBIÉN DINERO?

No estoy hablando exclusivamente de Zapatero.

Ni de Felipe.

Ni siquiera exclusivamente de España.

Estoy hablando del poder.


¿Se han utilizado joyas para trasladar valor entre personas relacionadas con el poder?

¿Para pagos?

¿Para favores?

¿Para patrimonio oculto?

¿Para financiación política?

¿Para mover riqueza entre países?


La posibilidad técnica existe.

Otra cosa completamente diferente es demostrar que haya sucedido en este caso.

Y yo hoy no tengo esa prueba.


Pero precisamente por eso quiero conocer la trazabilidad.

Porque existe una diferencia gigantesca entre un billete falso y una joya sin historia documental.

El billete falso pretende representar un valor que no existe.

Una joya auténtica puede contener valor real aunque nadie pueda explicar fácilmente por dónde pasó.


Y ahí aparece una característica fascinante.

Una transferencia bancaria deja una cuenta.

Un banco.

Un ordenante.

Un beneficiario.

Una fecha.

Un concepto.


Mover grandes cantidades de efectivo también genera problemas evidentes.

Pero una piedra de enorme valor puede caber en un bolsillo.

Una joya puede cruzar una frontera.

Puede cambiar de propietario.

Puede permanecer veinte años en una caja fuerte.

Puede venderse posteriormente en otro país.

Puede desmontarse.

Puede volver a engarzarse.

Y continúa conteniendo valor.


Eso no convierte a las joyas en algo sospechoso.

Millones de personas compran, venden, heredan y regalan joyas perfectamente legítimas.

Pero explica por qué cuando aparecen determinadas piezas alrededor del poder la trazabilidad importa muchísimo.

Y ENTONCES VUELVO AL TALLER

Y ahora quizá entendáis por qué aquella vieja historia vuelve a interesarme.

Si existió un taller privado de orfebrería en aquellas condiciones, quiero saber:


¿Qué fabricaba?

¿Cuántas piezas?

¿Quién llevaba las piedras?

¿Quién compraba el oro?

¿Quiénes eran los orfebres?

¿Quién encargaba las joyas?

¿Se facturaban?

¿A quién?

¿Dónde acababan?

¿Existen todavía?

¿Podemos localizar alguna?


Porque si fabricas una joya auténtica utilizando materiales auténticos, el objeto tiene valor independientemente de que treinta años después resulte fácil o difícil reconstruir documentalmente su nacimiento.

Y aquí aparece la pregunta que más me interesa de todas:

¿para quién coño fabricaba aquel taller?

DOS HISTORIAS QUE TODAVÍA NO HE UNIDO

Quiero dejar esto cristalino.

Tenemos dos historias.


Una está siendo investigada por la Justicia:

las joyas de Zapatero.


La otra procede de testimonios y de una investigación que he ido realizando sobre acontecimientos de hace décadas:

aquel taller.


No tengo hoy una prueba que permita unir ambas historias.

Por tanto, no las uno.


Pero tampoco voy a mirar hacia otro lado cuando aparece una pregunta que puede comprobarse.

Porque quizá la nueva pericial determine que las joyas fueron fabricadas en Oriente Medio.

Perfecto.

Quizá fueron fabricadas en Francia.

Italia.

Tailandia.

Suiza.

Historia terminada.


Volveré tranquilamente a Fuenlabrada e intentaré encontrar la receta de las putas setas de Jesús.

Pero...

¿y si fueron fabricadas en España?

¿Y si fueron montadas en Madrid?


Entonces quizá haya llegado el momento de abrir aquel viejo cajón.

Buscar talleres.

Buscar sociedades.

Buscar orfebres.

Buscar proveedores.

Buscar joyerías.

Buscar piezas.

Y hablar con quienes todavía viven.


Quizá incluso haya llegado el momento de volver a llamar a Pa.

LAS PIEDRAS NO SABEN DE PRESIDENTES

Porque hay algo maravilloso en todo esto.

Las personas tienen memoria.

Intereses.

Lealtades.

Miedos.


Las piedras no.


Un rubí no sabe quién es Felipe González.

Un zafiro no sabe quién es Zapatero.

Una esmeralda no sabe quién era el rey Abdalá.

Y un punzón no entiende de PSOE, PP, derechas, izquierdas ni presidentes del Gobierno.

Está ahí.


Así que quizá llevemos días formulando mal la pregunta.

No quiero saber solamente:

¿Quién regaló las joyas a Zapatero?


Quiero saber:

¿Quién las fabricó?

¿Dónde?

¿Quién compró las piedras?

¿Quién las pagó?

¿De dónde proceden?

¿Quién pudo haberlas visto anteriormente?


Y ahora añado una última pregunta.

Probablemente la más incómoda de todas:

¿cuántas joyas han circulado durante décadas alrededor del poder sin que nadie haya preguntado nunca de dónde salieron?


No tengo la respuesta.

Todavía.


Pero tengo una historia que comenzó hace más de treinta años.

Un chaval de 18 años.

Una empresa en Oasis, 3.

Una nave de Pedro Mesonero.

Un taxidermista.

Una cabra montesa podrida.

Un policía convertido en tabernero.

Unas putas setas empanadas con miel.

Un taller.

Unos orfebres.

Unas piedras.


Y una conversación que treinta años después se niega a desaparecer.