El Espacio Cultural Serrería Belga, centro del Área de Cultura, Turismo y Deporte, presenta la exposición ‘Menchu Gal. Imágenes de una vida’, dedicada a esta artista pionera, que destacó por su fuerte personalidad artística.
Menchu Gal (Irún, 1919-2008), primera mujer en recibir el Premio Nacional de Pintura en 1959, creó un universo pictórico propio, que trascendió los convencionalismos de su época y reflejó su espíritu inquieto y cosmopolita.
La muestra, organizada junto a la Fundación Menchu Gal, se podrá visitar hasta el 28 de junio. Reúne una cuidada selección de medio centenar de piezas, las cuales permiten recorrer la evolución de su obra a través de paisajes, retratos, bodegones e interiores.
La propuesta, que se celebra veinte años después de su última exposición individual en Madrid, cuenta con obras de colecciones particulares, del Ayuntamiento de Irún y de la Fundación Menchu Gal.
Sus pinturas, que destacan por su paleta cromática, su luminosidad y expresividad, son el reflejo de un carácter independiente, forjado tanto por el contexto bélico como por los complicados avatares estéticos del siglo XX.
Aunque Menchu Gal estuvo en contacto con las vanguardias artísticas del siglo pasado, sus pinturas no se enmarcaron en ninguna corriente pictórica, adquiriendo un estilo “único y libre, que las hacen inconfundibles”, en palabras de Marisa Oropesa, comisaria de la exposición.
Algo en lo que profundizó el historiador y crítico de arte Francisco Calvo Serraller cuando afirmó que “Menchu Gal, una vez que maduró su lenguaje pictórico personal, no se dejó arrastrar por lo que sucesivamente estuviera en boga”.
Paisajista, retratista y pintora de interiores
El paisaje fue uno de los géneros más recurrentes en su trayectoria. Esta vocación surgió tras descubrir las tierras de Castilla, experiencia en la que tuvo un papel fundamental el artista Benjamín Palencia, quien le enseñó a apreciar estos parajes tan distintos a su tierra natal.
Pero Menchu Gal no dejó de lado los parajes del Bidasoa, en el País Vasco, ni los del valle de Baztán, en Navarra; también sobresalen sus vistas urbanas de Hondarribia, así como sus marinas, llenas de fuerza y color.
Fruto de sus más de 50 años viviendo en Madrid, en Serrería Belga también pueden contemplarse los lienzos en los que plasmó las azoteas y tejados madrileños, el Palacio Real o una visión nocturna de la capital.
En sus retratos utiliza una pincelada deliberada en los rostros, con el propósito de ir más allá de la apariencia física del personaje y capturar su esencia (la mayoría están representados por mujeres).
La luz, los elementos decorativos, los personajes o los animales se convierten en los verdaderos protagonistas de sus cuadros sobre interiores.
En estos casos, sus pinturas muestran la realidad cotidiana y la intimidad del hogar, logrando una sensación de sosiego y recogimiento.
En cuanto a sus bodegones, se aprecia con claridad la paleta luminosa tan característica de la artista. Libros, floreros o frutas adquieren vida propia gracias al uso del color y de arabescos.
No se dejó arrastrar por lo que sucesivamente estuviera en boga
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Menchu Gal, una artista con mirada propia
Siempre ávida de conocimiento, Menchu Gal se instala en París con solo 13 años para estudiar pintura. Allí recibió clases del maestro del cubismo Amédée Ozenfant.
En 1934 viaja a Madrid para completar su formación e ingresar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Tras el estallido de la Guerra Civil se refugia en Francia, donde se sumerge en los diferentes movimientos artísticos y continúa pintando durante un periodo inmensamente creativo.
Después de un viaje a Madrid, en el que el pintor José Gutiérrez Solana conoce su obra, en 1945 se instala de manera definitiva en la capital, entrando en contacto con los miembros de la Escuela de Vallecas, de la que formará parte.
A lo largo de su dilatada trayectoria -realizó 70 exposiciones individuales y 232 colectivas- participó además en numerosas muestras internacionales, como la Bienal Internacional de Venecia (1950 y 1956), la II Bienal Hispanoamericana de Arte en La Habana (1954) o la Exposición Universal de Bruselas (1958).
A pesar de los numerosos premios que recibió a lo largo de su carrera, algunos expertos, como la historiadora y crítica de arte estadounidense Barbara Rose, han afirmado que a Gal “no le preocupaba si sus obras le granjeaban o no la fama mundial. Las hizo por una necesidad interna, no por la necesidad de complacer, de cumplir con las convenciones o de acumular riqueza o estatus social”.
Esta muestra que recorre su evolución artística forma parte del eje expositivo del Espacio Cultural Serrería Belga, en alianza con destacadas entidades públicas y privadas.