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Mononoke y Nausicaä: ecología y buen cine en uno
Ambas obras presentan visiones contrapuestas sobre la respuesta a la crisis ambiental. ¿Con cuál te quedas?
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El universo de la productora de animación Ghibli siempre ha sido una contraparte al dominio occidental del entretenimiento de Disney o Dreamworks. No sería del todo justo poner por encima un catálogo u otro, pues en los dos rincones del globo se han producido grandes obras maestras de la animación. Sin embargo, sí que se han se han escrito ríos de tinta sobre las diferencias artísticas y filosóficas entre ambos estilos, entre las mentes creativas de John Lasetter y Hayao Miyazaki. Quizá, y esto lo notará cualquier niño que se asome por primera vez a una obra del estudio japonés, las películas de Ghibli tengan un tono más pausado y un clima, en ocasiones, más crudo. Si en la factoría del ratón la muerte de la madre de Bambi o la de Mufasa conforman los picos históricos del drama y el trauma infantil, en El Viaje de Chihiro la transmutación de los padres de la protagonista en nauseabundos cerdos es tan solo el inicio del filme, repleto de espíritus, monstruos y engendros.

Entre las variadas temáticas que ha tratado el estudio - que ha hecho películas sobre la Segunda Guerra Mundial o el fascismo- destaca el tema recurrente de la ecología, quizá por la habitual presencia de espíritus y fuerzas de la naturaleza en las historias de la productora. La princesa Mononoke es una de las películas más célebres (y celebradas) del estudio, y no sin razón: esta cinta del año 1997 tiene un inspiradísimo apartado artístico, y una trama que enfrenta a los humanos y su industria contra los animales del bosque, que se rebelan y se enfrentan violentamente - muy violentamente- contra la raza humana.

Los humanos han establecido una próspera "ciudad del hierro" llena de fundiciones, pero su industria necesita consumir más y más recursos, talar más y más árboles. Los distintos clanes de animales, entonces, inician una sangrienta guerra en la que solo puede quedar uno: o la naturaleza o la civilización. Se trata de un planteamiento que, tal y como se va desarrollando, resulta interesante y novedoso con respecto a otras obras de esta temática, porque nunca se termina de establecer la armonía como solución a la tensión ambiental.

El decrecimiento sostenible es la doctrina que defiende que, para garantizar nuestra supervivencia, tenemos que pactar de manera democrática una nueva forma de producir, vivir y relacionarnos con el medio ambiente

Y es que, actualmente, vivimos en un mundo en el que la armonía climática es incompatible con el modelo de producción y la hiper-industrialización del mundo globalizado. Puede que los animales no se rebelen contra nosotros, pero pagaremos las consecuencias igualmente. La princesa Mononoke resuelve este conflicto, finalmente, con la aparición de un Dios del Bosque pacificador y la adquisición de conciencia por parte de los responsables de la ciudad. Sin embargo, este final nunca me ha convencido del todo: toda la riqueza de la ciudad del hierro dependía del crecimiento ilimitado y la apropiación de los recursos, ¿qué van a hacer ahora los humanos para mantener el equilibrio? ¿Están dispuestos a renunciar a la riqueza para vivir en paz con la naturaleza? En cierto modo la película, que cierra con un tono esperanzador, deja esta cuestión abierta, y por eso siempre me ha parecido más radical y cañera otra película ambientalista del estudio, Nausicäa del valle del viento.

Esta producción se ambienta en un futuro- quiero pensar que muy lejano- en el que ya hemos metido la pata hasta el fondo, y en el que los pocos humanos que quedan solo pueden vivir en algunos espacios que aún reúnen las condiciones mínimas para establecer asentamientos. Gran parte del mundo está ahora poblado por unos insectos grotescos que la antagonista de la película, Lady Kushana, quiere exterminar.

Resulta interesante que, en esta película - que te animo fervientemente a ver-, la villana es una científica que quiere restablecer el ecosistema mediante el uso de la ciencia, arriesgando aún más los pocos núcleos habitables que quedan. ¿No recuerda esta actitud a la de los líderes de las big tech que, sin querer renunciar a los privilegios y al consumo, pretenden ofrecer una fórmula mágica que multiplique los recursos y los panes y los peces? Al final de la cinta, los humanos asumen que el mundo que tienen es el mundo que les ha quedado, y que no pueden hacer más que adaptarse y cuidar de la vida que aún persiste, por más grotesca que sea. Intervenir en la naturaleza para alterar su equilibrio solo ha traído problemas. ¿No es más fácil cambiar nuestros ámbitos que el funcionamiento del resto de los seres de la existencia?

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Podríamos considerar que esta película termina por hacer apología del denominado decrecimiento sostenible o controlado, al proponer como solución regresar a modos de vida menos agresivos con la naturaleza. Y esto del decrecimiento sostenible, ¿qué es? No es más que la doctrina que defiende que, para garantizar nuestra supervivencia, tenemos que pactar de manera democrática una nueva forma de producir, vivir y relacionarnos con el medio ambiente, persiguiendo un impacto menor y una producción menor, en lugar de poner infinitos y costosos parches tecnológicos. Esta teoría del decrecimiento se enfrenta a la del desarrollo sostenible, mucho más mainstream, al igual que La princesa Mononoke. Tú, ¿con cual de las dos ideas te quedas? ¿Con seguir con lo mismo de siempre pero añadiendo molinos y paneles solares? ¿O prefieres replantearte de manera radical nuestra relación con el planeta que nos acoge? Yo lo tengo muy claro, y creo que Miyazaki también.