Vamos a empezar por lo obvio.
6,3 millones de euros por un ático.
Joder.
¿Un ático?
¿Pero qué coño haces comprando un ático por 6,3 millones?
Por ese dinero, puestos a ponerse finos, te buscas una mansión en Somosaguas, plantas unos cipreses, metes una garita en la puerta y hasta te sobra sitio para que aparque el consejero cuando venga a verte.
¡Y que pase el jardinero!
Y encima resulta que Planifica Madrid tenía otro inmueble vacío de prácticamente el mismo tamaño.
No uno.
Dos.
Uno para lunes, miércoles y viernes.
Y el otro para martes, jueves y finde.
¡No vaya a ser que te acostumbres a las vistas!
Pues claro que hay que preguntar.
¿Quién decidió comprarlo?
¿Por qué ese?
¿Por qué por ese precio?
¿Para qué coño necesitaba la Comunidad de Madrid un ático?
¿Se hizo todo correctamente?
¿Había alternativas?
¿Hay documentos?
¿Quién los firmó?
¿Quién tomó la decisión?
Eso es periodismo.
Hasta aquí, ni Ayuso, ni izquierdas, ni derechas, ni gaitas feijonianas.
El dinero público se vigila.
Se fiscaliza.
Se traza.
Y se huele.
Incluso cuando huele a azufre.
Todo.
Siempre.
Aunque gobierne el que te cae de puta madre.
Precisamente entonces, más.
Pero ahora viene lo divertido.
Porque una cosa es investigar un ático...
y otra muy distinta es mudarte periodísticamente a vivir dentro de él.
Y ahí es donde empiezo a mirar a algunos compañeros de profesión y pienso:
¿Pero todavía seguís en el puto ático?
España mirando a Ceuta.
Llorando a Ceuta.
Gritando por Ceuta.
Encabronada con Ceuta.
Una crisis migratoria.
Una frontera reventando por las costuras.
Europa pidiendo explicaciones.
Militares heridos.
Migrantes denunciando agresiones.
Y mujeres ceutíes apareciendo en televisión contando algo que no necesita metáfora alguna:
pimienta entre las tetas.
Sí.
Pimienta entre las tetas.
No en un informe perdido en el cajón de algún ministerio.
En televisión. Contándolo ellas.
El Gobierno anunciando investigaciones.
Jueces interviniendo.
Europa mirando.
Gobierno y oposición tirándose Ceuta a la cabeza.
Un problema fronterizo, diplomático, humanitario, policial y político ocurriendo delante de nuestras narices.
Y tú abres determinados medios y parece que el acontecimiento histórico de la semana en España es que Ayuso tiene una terraza muy grande.
Coño.
Que son 485 metros.
No las Cuevas de Altamira.
Y entonces aparece la pregunta verdaderamente interesante.
¿Es tan importante el ático... o es tan importante que usted siga pensando en el ático?
Porque ahí cambia completamente la película.
Los periodistas tenemos un poder bastante más grande del que nos gusta reconocer.
No necesitamos decirle a usted qué tiene que pensar.
Eso sería demasiado burdo.
Tenemos algo mucho mejor:
podemos intentar decidir sobre qué va a pensar.
Ese es el truco.
No hace falta escribir:
«ODIE USTED A AYUSO».
Queda feísimo.
Basta con:
Ático.
Ático.
Ático.
Ático.
Ático.
Hoy, la terraza.
Mañana, la licencia desde el siglo XII.
Pasado, el consejero y la trama.
Fuego amigo.
Ha sido el que vive en la Sierra.
¡Nooooo!
El que vive donde a Cervantes se le perdió el mechero.
Después, quién abrió el sobre.
Luego, quién cerró el sobre.
Y finalmente...
el buzón.
¡Pobre buzón!
A este paso acaba imputado.
Y el domingo, si nos hemos quedado sin material:
«EXCLUSIVA: descubrimos hacia dónde mira el ático de Ayuso cuando amanece».
Con gráfico solar y todo.
Y ojo.
Que enfrente hacen exactamente lo mismo cuando les toca.
Porque esta enfermedad no tiene ideología.
Tiene línea editorial.
Unos convierten cualquier gilipollez de Sánchez en el hundimiento del Imperio romano.
Una pequeña cátedra de su mujer.
Algunas putas de vez en cuando.
Y ya tenemos la caída de Constantinopla.
Otros encontrarían mañana a Ayuso ayudando a una anciana a cruzar la calle y titularían:
«Ayuso desplaza a una pensionista de la acera pública y la obliga a cruzar por un puente privado».
Y todos tan contentos.
Pero quizá los ciudadanos deberían empezar a hacerse una pregunta cada vez que abren un periódico:
¿Me están contando lo más importante que está ocurriendo... o lo más importante para el relato de quien me lo cuenta?
Porque no es lo mismo.
Ni de lejos.
Y esto no significa que el ático no sea noticia.
Claro que lo es.
Se gastaron 6,3 millones de euros de dinero público.
Pregunten hasta saber dónde está el último euro.
Si hubo una irregularidad, cuéntenla.
Si hubo responsabilidades, identifíquenlas.
Y si alguien metió la mano donde no debía, que responda.
Hasta el final.
Pero cuando un asunto empieza a ocupar portadas, noticias, seguimientos, columnas, reacciones, contrarreacciones y dentro de poco hasta la previsión meteorológica de la terraza...
igual la noticia empieza a ser otra.
La noticia empieza a ser el propio periódico.
Plural, plural...
No.
Monotema, monotema.
Porque todos los medios tenemos agenda.
Nosotros también.
Quien diga que no la tiene seguramente acaba de descubrir otra manera de mentir.
Elegimos qué contamos.
Elegimos dónde lo colocamos.
Elegimos el titular.
Elegimos la fotografía.
Elegimos cuánto dura.
Pero existe una decisión todavía más poderosa:
elegimos qué dejamos debajo.
Ahí está el verdadero poder.
No en mentir.
Mentir es de aficionados barriobajeros.
Eso está al alcance de cualquiera.
El verdadero arte está en contar hechos ciertos hasta construir con ellos exactamente el paisaje que quieres que vea el lector.
No hace falta esconder la realidad.
Basta con elegir qué parte de la realidad ocupa toda la pantalla.
Ático.
Tú, pobre.
Ático.
Tú, sin casa.
Ático.
Tú, sin trabajo.
Ático.
La gasolina a dos pavos.
Ático.
Carreras de ricos por Madrid.
Ático.
Y Fúster y Moniño diciéndonos la semana pasada, delante de nuestras cámaras, que en Madrid «sobran dos millones de extranjeros».
Ático.
Ceuta.
Ático.
Pimienta entre las tetas.
Ático.
Militares en el hospital.
Ático.
Una frontera que arde.
ÁTICO.
Joder.
Al final ya no sé si estamos informando sobre un ático...
o si nos hemos ido todos a vivir dentro.
Porque esto es precisamente lo que deberíamos discutir quienes nos dedicamos a contar lo que pasa.
No si una noticia nos gusta.
No si beneficia a los nuestros.
No si perjudica a los otros.
Sino algo bastante más incómodo:
¿por qué esta noticia está aquí arriba y aquella está allí abajo?
¿Por qué esta merece cinco titulares?
¿Por qué aquella dura veinte minutos?
¿Por qué esta fotografía abre portada?
¿Por qué aquella desaparece?
Y, sobre todo:
¿quién decidió que usted hoy pensaría en un ático?
Porque quizá el ático más interesante de toda esta historia no esté en Chamberí.
Está bastante más cerca.
Está en las redacciones.
Es esa planta privilegiada donde los periodistas guardamos los asuntos que queremos colocar arriba del todo.
Y no nos engañemos:
todos tenemos una.
El Plural.
Los de enfrente.
Los de al lado.
Y nosotros.
La diferencia no consiste en presumir de no tener agenda.
Consiste en que el lector pueda reconocerla.
Porque el periodismo no debería consistir en decidir qué tiene usted que pensar.
Pero tampoco deberíamos hacernos los gilipollas:
tenemos una capacidad enorme para decidir sobre qué va usted a pensar.
Ese poder merece tanta vigilancia como los 6,3 millones del ático.
Porque el dinero público pertenece a los ciudadanos.
Pero hay otra cosa que también les pertenece:
su atención.
Y quizá llevamos demasiado tiempo hablando de cómo los políticos gastan lo primero...
y demasiado poco de cómo los medios administramos lo segundo.
El ático de Chamberí tiene 485 metros cuadrados.
El ático de una línea editorial es bastante más grande.
No tiene paredes.
No paga comunidad.
No tiene límite de superficie.
Y, por lo que estamos comprobando estos días...
tampoco parece tener techo.
Está directamente instalado en el cielo.
Cerca del santo ministerio.
A la izquierda, naturalmente.
Con vistas al mismísimo ministro.
Y probablemente con una terraza de puta madre.
Eso sí:
si algún día sale a la venta...
que alguien pregunte primero quién coño la paga.
Porque ahí sí hay tela.
Telita, tela.