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Los perros que nos protegen
Artículo de Yisselle Vázquez
Pozuelo de Alarcón |

De rescatistas a guardianes silenciosos: lo que le debemos a su lealtad, en el Día Internacional del Perro

Cada 21 de julio celebramos el Día Internacional del Perro, y suele hacerse hablando de cariño, de compañía, de tardes de sofá. Esta vez quiero mirarlo desde otro ángulo, menos conocido pero igual de revelador: el de los perros que arriesgan la vida por la nuestra, que vigilan lo que no vemos y que, con su sola presencia, nos hacen sentir a salvo. Un rol que solo pueden cumplir si, antes, nosotros cumplimos con el nuestro: cuidarlos.

Cuando un perro se convierte en salvavidas

Los perros de búsqueda y rescate llevan décadas demostrando que su olfato puede llegar donde la tecnología aún no alcanza. En España existen ya más de 150 unidades de este tipo, entrenadas para localizar personas desaparecidas en montañas, derrumbes, inundaciones o incendios forestales. Su capacidad para detectar rastros de olor humano a más de 400 metros, o incluso a través de escombros de varios metros de profundidad, ha cambiado protocolos de emergencia en todo el mundo: tras el terremoto de México de 1985 se comprobó que estos perros podían localizar supervivientes hasta 96 horas después del colapso de un edificio, un hallazgo que redefinió las labores de rescate internacional.

Más recientemente, tras los terremotos de Venezuela de este verano, decenas de equipos caninos llegados de distintos países trabajaron codo con codo con bomberos y militares para localizar supervivientes entre los escombros. No son casos aislados: cada catástrofe reciente, de un terremoto a un incendio forestal, ha contado con perros como parte esencial del operativo.

Un sistema de alerta que nunca se apaga

Más allá de las grandes emergencias, muchos perros ejercen a diario un papel de protección mucho más silencioso: el de nuestra propia casa. Su oído y su olfato detectan movimientos, sonidos o presencias que a nosotros nos pasan completamente desapercibidos, y reaccionan antes de que la situación llegue a ser un peligro real. Esa capacidad de alerta temprana, sumada a la disuasión que supone su sola presencia, explica por qué durante siglos se ha confiado en ellos para resguardar hogares, rebaños y personas.

Este instinto no proviene de un entrenamiento agresivo, sino de un vínculo de apego: un perro protege aquello que siente como propio. Es la misma lealtad que lo lleva a acompañarnos al hospital sin que se lo pidamos, la que lo hace ponerse alerta cuando algo no encaja en su entorno familiar.

Lo que nos devuelven en salud emocional

Desde un enfoque integrativo, en el que la psicología y la medicina se complementan, el vínculo con un perro tiene efectos medibles: reduce el cortisol, la hormona del estrés, y aumenta la oxitocina, asociada a la confianza y al apego. Esto se traduce en menor presión arterial, mejor manejo de la ansiedad y una recuperación más rápida frente a situaciones difíciles. No es casualidad que cada vez más hospitales y centros terapéuticos incorporen perros de terapia como apoyo complementario en procesos de duelo, trauma o rehabilitación.

Su lealtad, además, tiene un componente que va más allá de lo biológico: nos ofrece un modelo de vínculo sin condiciones, algo que en la vida adulta, atravesada de exigencias y comparaciones, resulta profundamente reparador.

La otra cara: una lealtad que exige la nuestra

Todo este valor —el que salva vidas, el que protege hogares, el que sostiene emocionalmente— solo existe si, antes, garantizamos su bienestar. Los últimos datos de la Fundación Affinity muestran que en 2025 ingresaron en refugios españoles más de 169.000 perros, una cifra que apenas se mueve de un año a otro. Un dato importante: el propio estudio desmonta la idea de que el abandono se concentra en verano, y confirma que ocurre de forma constante durante todo el año. Eso no nos exime de responsabilidad en estas fechas: antes de unas vacaciones, adoptar o tener un perro exige planificar su cuidado con la misma seriedad con la que se planifica el de cualquier otro miembro de la familia.

Un perro que rastrea a un superviviente, que vigila una casa o que calma a quien atraviesa un duelo, actúa siempre desde la misma fuente: un vínculo genuino y sin condiciones. Corresponderle con cuidado, protección y compromiso no es solo justicia hacia ellos: es también la manera en que, gracias a su ejemplo, aprendemos a querer mejor.

Dra. Yisselle Vázquez Rosado

Psicóloga Clínica, Especialista en trauma, apego, psicología somática y duelo

Pozuelo de Alarcón, Madrid.