Otra vez los profesores en la calle. Otra vez Madrid. Otra vez los sindicatos, las pancartas, los políticos indignados y las reivindicaciones salariales. Y, por supuesto, otra vez Isabel Díaz Ayuso haciendo de mala de la película. Porque, para que algunos puedan presentarse como los buenos, necesitan encontrar primero a alguien que haga de malo.
Se piden más salarios, menos horas lectivas, menos alumnos por clase y más recursos.
Y yo me pregunto una cosa bastante más incómoda.
¿Y cuándo vamos a salir a la calle para exigir que nuestros hijos aprendan más?
Porque llevamos dos décadas mejorando instalaciones, incorporando tecnologías, ampliando servicios y destinando enormes cantidades de dinero a la educación. Tenemos colegios climatizados, pizarras digitales, plataformas educativas, equipos psicopedagógicos y una oferta formativa que nuestros abuelos difícilmente habrían podido imaginar.
Y, sin embargo, los resultados educativos no acompañan esa transformación.
En PISA 2003 España obtuvo 485 puntos en matemáticas. En 2022, 473. En comprensión lectora, pasamos de 481 a 474. No estamos hablando de una catástrofe repentina, sino de un estancamiento prolongado con retrocesos preocupantes.
Madrid, por cierto, se sitúa por encima de la media española en las tres competencias evaluadas.
Y precisamente en Madrid tenemos ahora a los profesores manifestándose.
¡Qué casualidad!
No estoy diciendo que un profesor no tenga derecho a cobrar más. Faltaría más. Estoy diciendo que resulta extraordinariamente curioso que discutamos hasta la última hora de su jornada laboral y apenas dediquemos unos minutos a preguntarnos por qué nuestros hijos han perdido las ganas de aprender.
Quizá porque esa pregunta es mucho más difícil de responder.
O quizá porque responderla nos obligaría a reconocer algunas cosas que no queremos escuchar.
Hemos perdido la fe
Voy a decir algo que seguramente molestará a muchos profesores.
Creo que una parte importante del profesorado ha perdido la fe en el sistema educativo.
Y no estoy hablando necesariamente de vocación.
Durante mi infancia y juventud conocí a profesores extraordinarios. Personas que enseñaban porque creían profundamente en lo que hacían. También conocí a alguno que parecía haberse equivocado de profesión, naturalmente.
Hoy sigo tratando con docentes y centros educativos. Y tengo la impresión de que muchos profesores que seguramente comenzaron su carrera con una vocación auténtica han terminado resignándose a cumplir un programa, completar una jornada y cobrar una nómina.
No porque sean malas personas.
Sino porque han dejado de creer que su esfuerzo sirva para aquello que originalmente les llevó a enseñar.
Y cuando alguien pierde la fe en lo que hace, el dinero puede mejorar su situación económica, pero difícilmente recupera por sí solo el propósito perdido.
Tenemos dos crisis educativas simultáneas: una crisis de motivación y otra de confianza.
Los profesores han dejado de creer suficientemente en el sistema y muchos alumnos han dejado de encontrarle sentido a lo que estudian.
Mientras tanto, discutimos si deben trabajar una hora menos.
Fantástico.
La fábrica de clones mediocres y maleables
Hay algo profundamente absurdo en nuestra manera de entender la educación.
El ser humano nace con una extraordinaria disposición para aprender.
Un niño quiere tocarlo todo, desmontarlo todo, preguntarlo todo. Aprende a caminar cayéndose, aprende a hablar equivocándose y descubre el mundo mediante una sucesión interminable de experiencias.
Nadie necesita convencerlo de que aprender es interesante.
Lo verdaderamente sorprendente es que hayamos construido un sistema capaz de conseguir que, pocos años después, ese mismo niño considere aprender una obligación desagradable.
¿Cómo lo hemos logrado?
En mi opinión, confundiendo educación con uniformidad.
Todos deben aprender lo mismo, de la misma manera, aproximadamente al mismo ritmo y ser evaluados mediante procedimientos semejantes.
Y, en nuestro afán por evitar desigualdades, hemos terminado confundiendo la igualdad de oportunidades con la necesidad de reducir las diferencias individuales.
El talento incomoda. La excelencia genera comparaciones. El esfuerzo produce resultados diferentes. Y la frustración, que forma parte imprescindible del aprendizaje, parece haberse convertido en un enemigo del que debemos proteger a nuestros hijos.
Pero hay un pequeño problema.
El error no es el fracaso. El error es uno de los mecanismos fundamentales del aprendizaje.
Hasta una inteligencia artificial aprende ajustando sus parámetros a partir de señales de error.
Y nosotros, que presumimos de estar preparando a nuestros hijos para el futuro, parecemos empeñados en construir un entorno donde equivocarse resulte cada vez menos tolerable.
No se trata de humillar al que se equivoca ni de abandonar al que tiene dificultades. Se trata precisamente de enseñarle a superarlas.
Un niño que descubre que puede resolver algo que parecía imposible recibe una recompensa extraordinaria: la certeza de que es capaz de progresar.
Eso vale bastante más que muchas notas.
Pero claro, resulta más sencillo adaptar las exigencias que descubrir cómo despertar el talento.
Y así corremos el riesgo de convertir nuestras escuelas en fábricas de clones mediocres y maleables.
Ciudadanos preparados para cumplir instrucciones, pero no necesariamente para cuestionarlas.
¿Y si dejamos de enseñar materias y empezamos a enseñar a pensar?
Recuerdo una de las maneras en que desperté el interés de mis hijos por la tecnología.
Uno estaba jugando a Minecraft cuando, misteriosamente, desaparecía la conexión a Internet.
—¡Papá, que no funciona!
—Vaya, hijo. Se habrá roto el firewall. Habrá que reiniciarlo y volver a configurarlo.
Otro se encontraba con que su ordenador había dejado de funcionar correctamente. Una conexión de alimentación de su tarjeta gráfica RTX 2060 se había soltado durante la noche.
Qué cosas más raras pasan en esta casa.
Y con el pequeño, antes de dormir, la propuesta era otra:
—Gonza, cariño, vamos a ver si conseguimos engañar a la calculadora con las multiplicaciones.
No eran accidentes.
Eran situaciones deliberadamente diseñadas para despertar la curiosidad, provocar una dificultad y convertir el conocimiento en la herramienta necesaria para superarla.
No les estaba enseñando informática ni matemáticas como quien recita un temario.
Estaba intentando que necesitaran aprender.
Y hay una diferencia gigantesca.
Si un niño adora programar videojuegos, ¿por qué no proponerle desarrollar uno sobre el pretérito pluscuamperfecto?
Uno de los videojuegos puede ser el que le apasiona. El otro, el que le permite descubrir que la lengua también puede formar parte de aquello que le gusta.
No se trata de sustituir el esfuerzo por diversión.
Se trata de encontrar un propósito que haga que el esfuerzo merezca la pena.
Naturalmente, no todos los niños tienen los mismos intereses, las mismas capacidades ni las mismas circunstancias.
¡Precisamente por eso necesitamos profesores!
Para descubrirlos, estimularlos y acompañarlos.
No simplemente para comprobar si han memorizado correctamente la página 47.
Los pasillos son más importantes que las aulas
Voy a decir otra cosa que probablemente moleste.
Una clase no termina cuando suena el timbre.
Una buena clase termina cuando el profesor ha conseguido que sus alumnos sigan hablando de lo aprendido después de salir por la puerta.
Cuando discuten entre ellos.
Cuando uno plantea una pregunta que otro intenta resolver.
Cuando buscan información por su cuenta.
Cuando el conocimiento sale del aula y empieza a circular por los pasillos.
En un colegio, los pasillos pueden ser mucho más importantes que las aulas.
Porque el aula es donde organizamos la enseñanza, pero fuera de ella podemos descubrir si hemos despertado realmente el deseo de aprender.
Hace poco, uno de mis hijos decidió apuntarse por iniciativa propia a las Olimpiadas Matemáticas de la Comunidad de Madrid.
Habló con su profesor fuera de clase, le preguntó por ellas y el docente se interesó y le ayudó a encontrar el camino.
Eso también es enseñar.
Y quizá sea una de las funciones más valiosas de un profesor: reconocer una inquietud y convertirla en una oportunidad.
Pero me pregunto cuántos talentos se pierden porque nadie escucha aquella pregunta que un niño hace en un pasillo.
Y cuántos se perderían definitivamente si sus familias no tuvieran recursos para ayudarles a encontrar otra puerta.
Para eso también deberían estar nuestros equipos de orientación y psicopedagogía.
No solamente para intervenir cuando aparece un conflicto, una dificultad o un problema de convivencia.
También para descubrir capacidades, reconocer la neurodiversidad, acompañar el talento y ayudar a cada niño a encontrar su camino.
Porque las sociedades avanzan gracias a personas que no siempre piensan igual que las demás.
Y una escuela que no sabe reconocer esas diferencias está desperdiciando una parte extraordinaria de su riqueza.
Pero los principales culpables estamos en casa
Y ahora viene la parte que menos nos va a gustar.
Porque resulta comodísimo criticar a los profesores, a los sindicatos, a Ayuso, al ministro de turno o a la última ley educativa.
Lo verdaderamente desagradable es mirarnos al espejo.
Creo que las familias tenemos una responsabilidad enorme en lo que está ocurriendo.
Cuando descubrimos que nuestro hijo no aprende, ¿qué hacemos?
Le compramos más libros.
Le buscamos un profesor particular.
Le apuntamos a otra academia.
Le instalamos una aplicación educativa.
Y, si nada funciona, exigimos explicaciones al colegio.
Todo menos preguntarnos cuándo fue la última vez que nos sentamos con él a pensar.
Recuerdo a mi padre sentado con nosotros durante las cenas o las sobremesas. Hablábamos, discutíamos, hacíamos preguntas. Nos obligaba a razonar.
No necesitaba una pizarra digital.
Ni una plataforma de aprendizaje.
Ni un informe psicopedagógico para cada conversación.
Necesitaba tiempo, interés y ganas de hacernos pensar.
Naturalmente, hay padres que trabajan jornadas interminables y apenas disponen de tiempo. No voy a juzgar sus circunstancias.
Pero también hay otros que encuentran dos horas para Instagram y no encuentran veinte minutos para conversar con sus hijos.
Y después se sorprenden de que el niño no tenga interés por nada.
La escuela es el método. La familia es el porqué.
Una sociedad que pierde esa transmisión entre generaciones corre el riesgo de perder mucho más que unos puntos en PISA.
Pierde vínculos, referencias, curiosidad y sentido de pertenencia.
Una sociedad sin familia es una sociedad muerta.
Y mientras tanto, Europa se duerme
Todo esto tiene consecuencias que van mucho más allá de las notas escolares.
Europa lleva años debatiendo cómo recuperar competitividad, innovación, capacidad industrial y protagonismo tecnológico.
Hablamos de inversiones, subvenciones, regulación, inteligencia artificial y transición energética.
Pero quizá deberíamos preguntarnos también qué clase de relación con el esfuerzo, el riesgo y el conocimiento estamos transmitiendo a las nuevas generaciones.
No pretendo explicar todos los problemas económicos de Europa mediante la educación. Sería absurdo.
Pero sí creo que una sociedad que pierde su capacidad para aprender de los errores, reconocer el talento y estimular la iniciativa termina debilitando uno de los fundamentos de su prosperidad.
No podemos pretender liderar la innovación mientras enseñamos a nuestros hijos a temer la frustración.
Ni construir una sociedad extraordinariamente productiva si confundimos permanentemente la igualdad de oportunidades con la igualdad de resultados.
Ni pedir pensamiento crítico mientras premiamos fundamentalmente la obediencia.
Y, sobre todo, no podemos esperar que nuestros hijos crean en el esfuerzo si los adultos hemos dejado de transmitirles por qué merece la pena esforzarse.
Ayuso, los sindicatos y la película de siempre
Volvamos a Madrid.
Tenemos una comunidad con resultados PISA superiores a la media española, una amplia oferta educativa y profesores que reclaman mejores condiciones laborales.
Reivindicaciones que pueden ser perfectamente legítimas.
Pero también tenemos partidos políticos encantados de convertir cada conflicto educativo en un nuevo capítulo de su enfrentamiento.
Ayuso tiene que ser la mala de la película para que alguien pueda presentarse como el bueno.
Y ya tenemos el espectáculo organizado.
Los sindicatos defienden sus reivindicaciones. El Gobierno defiende su gestión. La oposición denuncia el deterioro de los servicios públicos. Y todos encuentran argumentos para alimentar sus respectivos discursos.
Mientras tanto, ¿quién está hablando de recuperar la curiosidad de nuestros hijos?
¿Quién propone evaluar la capacidad de los colegios para descubrir talento?
¿Quién exige que los profesores dispongan de herramientas para enseñar a pensar?
¿Quién está preguntando a las familias qué responsabilidad están dispuestas a asumir?
Parece que es mucho más sencillo discutir sobre nóminas.
No tengo nada contra quien quiera cobrar más. Yo también quiero que los buenos profesionales estén bien remunerados.
Pero me gustaría escuchar, con la misma intensidad, una reivindicación colectiva por conseguir que los niños aprendan mejor.
Porque un sistema educativo no existe para garantizar la comodidad de los adultos que trabajan en él. Existe, fundamentalmente, para desarrollar las capacidades de los niños que confían en nosotros.
Y eso debería estar por encima de cualquier batalla política.
Quizá el gilipollas sea yo
Seguramente más de uno habrá llegado hasta aquí pensando que soy un gilipollas.
Que no entiendo las dificultades de los profesores.
Que es muy fácil hablar de educación desde fuera de un aula.
Que las familias no tienen tiempo.
Que los niños de hoy son diferentes.
Que la sociedad ha cambiado.
Que todo es mucho más complicado.
Y seguramente tendrá razón en algunas cosas.
Yo tampoco he sido un padre perfecto.
He cometido errores, me habré equivocado cientos de veces y seguramente podría haber hecho mucho más.
Pero algo he intentado hacer.
He procurado que mis hijos encuentren motivos para aprender, que se enfrenten a dificultades, que descubran sus capacidades y que comprendan que equivocarse no significa fracasar.
Y no pretendo convertir mi experiencia en una receta universal.
Lo que me niego a aceptar es que hayamos construido un sistema educativo cada vez más complejo, más costoso y mejor equipado, y que nuestra principal respuesta ante sus dificultades sea seguir discutiendo exclusivamente sobre cuánto dinero necesita.
Porque quizá el problema no esté solamente en los presupuestos.
Ni en los profesores.
Ni en los políticos.
Ni siquiera en los alumnos.
Quizá esté en todos nosotros.
En los padres que delegamos.
En los profesores que se resignan.
En los políticos que instrumentalizan.
En las instituciones que confunden administrar con educar.
Y en una sociedad que ha empezado a considerar la frustración un problema, el esfuerzo una molestia y el talento una diferencia incómoda.
Así que sí.
Es posible que después de leer esto sigas pensando que soy un gilipollas.
Pero antes de cerrar el artículo, hazte una última pregunta.
¿Cuándo fue la última vez que conseguiste que un niño quisiera aprender algo sin que nadie se lo ordenara?
Y si no recuerdas la respuesta, quizá deberíamos dejar de buscar culpables durante cinco minutos.
Porque a lo mejor el problema no es que nuestros hijos hayan dejado de aprender.
A lo mejor es que nosotros hemos dejado de enseñarles por qué merece la pena hacerlo.
Esteban Hernando